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Capítulo 2

Author: Mangonel
¡Carajo, esto era mejor que coger! Cuando por fin me relajé, vi la mancha espesa en la ropa interior y me sentí culpable.

Pedro, Pedro… es la compañera de universidad de tu hija y todavía es joven.

¿Cómo pude hacer algo tan sucio?

Si mi hija se enteraba, ya no me vería como un buen padre. Pero jamás imaginé que al día siguiente Karina volvería a ponerse esa ropa interior.

—Salí con tanta prisa que no traje ropa para cambiarme —dijo—. Tendré que usar la misma ropa otra vez.

Verla usando las prendas impregnadas de mi esencia me excitó de una forma inesperada. Sabía que aquellos pensamientos eran perversos, así que traté de quitármelos de la cabeza.

—Vas a quedarte unos días en nuestra casa; no puedes pasar todo el tiempo con la misma ropa —le dije a Karina—. Más tarde le pediré a mi hija Emilia que vaya a tu cuarto por tus cosas.

Karina le dijo entonces a mi hija qué ropa necesitaba. Después de comer, mi hija fue a donde ella vivía a buscar la ropa. Karina y yo nos quedamos solos en casa.

Estando solos nosotros dos juntos, los pensamientos perversos volvieron a rondarme. El deseo me quemaba. Tuve que hacer un gran esfuerzo para conservar la compostura.

En ese momento, Karina se acercó con una sonrisa pícara.

—¿Usted dejó esa cosa pegajosa en mi ropa interior? Lleva mucho tiempo solito, ¿no está desesperado por tener sexo?

Al escucharla, me dio tanta vergüenza que me ardió la cara. No podía creer que me hubiera descubierto tan pronto; quería que me tragara la tierra.

—Pues… yo tampoco sé qué pasó —balbuceé—. Tal vez sea… detergente.

Al verme tan nervioso, Karina no pudo contener la risa.

—Jajaja, no se ponga así. No lo culpo. Lo entiendo, así son los hombres. Después de todo, lleva mucho tiempo sin una mujer. Si ya no aguanta, yo puedo ayudarlo…

Mientras me decía esto, deslizó una mano dentro de mis pantalones. Cuando sentí que su mano suave y delicada me agarraba la entrepierna, me sobresalté y retrocedí.

—¡No, no! Eres la mejor amiga de mi hija. Lo que hice estuvo muy mal. Perdóname.

Cuando la rechacé, Karina pareció decepcionada un instante, pero enseguida recuperó su desenfado.

—Ay, no se ponga así. Solo estaba jugando con usted. Tranquilo, no le voy a decir a nadie.

Seguía tan alterado que no lograba calmarme. No había sido mi imaginación. Acababa de agarrarme la entrepierna. Karina era muy atrevida. No le daba nada de vergüenza y hasta tomaba la iniciativa.

Cada vez estaba más excitado. Al poco rato, mi hija volvió con un bolso lleno de ropa de Karina. Cuando Emilia volvió, la tensión entre Karina y yo empezó a disiparse.

El día pasó volando. Por la noche, Karina se puso la ropa limpia que Emilia le había traído y, al ver el montón de prendas usadas, tuve sentimientos encontrados. Creí que nadie descubriría lo que había hecho, pero al día siguiente Karina me lo preguntó sin rodeos.

Menos mal que era muy tranquila y no se enojó por lo ocurrido. Logré calmarme y metí la ropa sucia de Karina en la lavadora. Al salir, vi que la puerta de su cuarto estaba entreabierta y escuché unos jadeos tenues en el interior.

No tenía mucha experiencia con eso del sexo, pero supe qué significaban esos sonidos.

¿Karina estaba…?

La curiosidad pudo más que yo y decidí averiguarlo.

Me acerqué en silencio a su puerta y miré por la rendija. Karina se estaba masturbando con un plátano. Carajo, ¿tan desesperada estaba esta muchachita? ¿Hasta un plátano le servía? Pero lo que menos esperaba era que también tuviera en la mano los calzoncillos que yo acababa de quitarme.

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