LOGINPor supuesto, tendría que investigar todo eso a fondo. Pero, por el momento, Vanessa no podía pensar en eso. Aunque quien estaba en el quirófano era Édgar, Vanessa recordó todo lo que Rafael había hecho por ella.No importaba si Rafael había sido sincero o si lo había fingido todo. Vanessa caminó decidida hacia él, con ganas de abrazarlo.—Rafael, ¿no te cansas de estar parado?Vanessa se detuvo frente a él; le dolía verlo así. Para el mundo, Rafael era el diablo en persona, implacable y decidido. Pero también era humano.También era hijo y nieto de alguien, un hombre de carne y hueso. Al escuchar a Vanessa, Rafael creyó haberla imaginado; se quedó inmóvil unos segundos y luego levantó la cabeza. En cuanto vio a Vanessa, su cara reflejó un torbellino de emociones.Alegría, asombro.—¿Por qué no te fuiste? ¿No te pedí que descansaras?Vanessa bajó la mirada y, al alzarla de nuevo, le sonrió.—Vine a acompañarte.Rafael la observó, reconfortado; un brillo fugaz cruzó sus ojos oscuros.—Y
—Que Daniel te lleve a casa a descansar. No pienses en nada. No importa cómo termine Édgar. Ya recibió el castigo que se merecía.Vanessa asintió.—Está bien.Rafael dio media vuelta y se fue. Aunque caminaba erguido, la desolación parecía empequeñecerlo. Vanessa lo siguió con la mirada, presa de la angustia y la amargura. No sabía qué pasaba por la mente de Rafael.Primero había sido Yolanda; ahora, Édgar. Entre los dos parecía alzarse siempre una barrera invisible. Podían verse. Podían tocarse.Pero nunca lograban acercarse del todo. Aun así, Vanessa no se arrepentía de haberse enfrentado a ellos. Ellos solos se lo buscaron.Aceptaría las consecuencias de enfrentarlos, fueran cuales fueran. Aunque eso significara separarse. Rafael llegó hasta el quirófano, donde Ricardo seguía esperando.Ricardo llevaba ya dos horas ahí. Cuando vio a Rafael, se acercó para informarle:—Señor Cisneros, todo lo de hoy quedó resuelto.Rafael asintió y se frotó el entrecejo con la cabeza baja. A pesar de
Rafael la recorrió con la mirada de arriba a abajo; tenía la cara ensombrecida y un tono reprobatorio, aunque sin ánimo de ser demasiado duro con ella.—¿Este era el final que querías? ¿Morir juntos? ¿Qué te hace pensar que tu vida es solo tuya? ¡Recuerda que me debes una vida!Después de gritarle eso, la estrechó entre sus brazos. Vanessa se acurrucó en sus cálidos brazos; todo le parecía un sueño y apenas lograba reaccionar. El resplandor del barril en llamas iluminaba su piel clara y le daba un tono rojizo.Recordó la vez que Rafael recibió una puñalada por protegerla, pero intuía que él no se refería a eso. Pero estaba tan agotada que, entre sus brazos, no podía articular palabra.Rodrigo llegó tarde, acompañado de Daniel. Cuando Daniel vio que los hombres del otro bando ya estaban sometidos, por fin respiró aliviado.Rodrigo miró a los dos abrazados; entrecerró los ojos y su expresión se entristeció.Mientras tanto, Alexis recibió la llamada de los matones. Al enterarse de que la
Fuera como fuera, ¡ella tenía que morir ese día!—¡Édgar! Me atacaste muchas veces; ahora quiero ver si eres capaz de matarme. Y si no puedes, ¡ajustaremos las cuentas de una vez por todas!Vanessa sentía que el odio la desbordaba. Entre quince y veinte hombres respaldaban a Édgar. Los cuchillos que empuñaban destellaban bajo el sol y resultaba difícil mirarlos de frente.—¡Ataquen!Édgar dio la orden y de nuevo intentó arrojar la grabadora de voz al barril en llamas. El guardaespaldas más cercano se abalanzó sobre él, le aferró la mano y sujetó la grabadora. En un instante, los demás ya estaban peleando.El hombre corpulento arrojó a Emilia a un lado y fue a ayudar a Édgar.Susana, con lágrimas en los ojos, corrió a abrazar a su hija, que estaba tan aterrada que ni siquiera podía llorar.Édgar forcejeaba con todas sus fuerzas, pero el guardaespaldas era mucho más fuerte. Le fue abriendo los dedos uno por uno y estaba a punto de arrebatarle la grabadora.En ese momento, el hombre corpu
Vanessa siguió las indicaciones hasta llegar en auto a los terrenos de una escuela abandonada. Susana miraba nerviosa por la ventanilla; cuando el auto se detuvo, empezó a temblar.—Señorita León...—No tenga miedo. Yo la acompaño.Vanessa le dio unas palmaditas en la mano. Susana aferraba la tela con el puño; debajo llevaba escondida la grabadora de voz. Susana bajó del auto detrás de Vanessa.La explanada desierta estaba cubierta de polvo y basura. Un grupo de hombres las esperaba; todos empuñaban cuchillos. La niña del vestido blanco lloraba con la cara cubierta de lágrimas y tierra, y temblaba de miedo.—Mamá...—¡Emilia!La niña estaba tan asustada que apenas tenía voz, pero en cuanto vio a su madre logró gritar, entre el terror y la esperanza.Quiso correr a refugiarse en los brazos de su mamá, pero la sujetaban por el cuello del vestido y, por más que forcejeaba, no lograba zafarse.—Mamá, mamá...Emilia lloraba cada vez con más fuerza; las lágrimas no paraban de rodar por sus m
—Levántese primero.Vanessa se apresuró a ayudarla a incorporarse. Después de todo, ella había tenido algo que ver con la muerte de Marta.—Yo me encargo de rescatarla, pero, señorita Aguirre, ¿y la grabadora?Susana titubeó; no terminaba de confiar en Vanessa.—Mi mamá sí me dejó una grabadora, y me pidió que, si algo pasaba, acudiera a usted o al señor Cisneros.Susana la sacó de un bolsillo interior y dijo:—Si logra rescatar a mi hija y ella sale sana y salva, le juro que se la entrego.Era su condición para el intercambio. Vanessa clavó la mirada en la grabadora; los ojos le brillaron. No tenía motivos para negarse.Ayudó a Susana a sentarse.—Está bien, acepto.—Gracias. —Susana se animó y volvió a guardar la grabadora.En un mensaje de voz, su mamá le había advertido que esa cosa no solo podía salvarle la vida, sino también darle dinero.Para salvar a su hija, Susana tuvo que mostrársela a Vanessa. Cuando rescataran a la niña, quizá todavía podría obtener una buena suma por la g






