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Capítulo 3

Author: Echo
Unos días después, se celebró el evento más importante de la familia Valenti, el banquete del Festival del Santo.

Los capos de todas las familias importantes de la ciudad y los aliados mafiosos de Enzo se reunieron en el salón principal del casino.

Con Sofia a mi lado, entré sin prisa hacia el interior del deslumbrante y opulento salón de baile. En cuanto crucé las puertas, el bullicio de la celebración se apagó. Un jefe mafioso del Distrito Sur se burló entre una nube de humo de puro:

—¿Así que esta es la loca de Solaria que Enzo exhibe como trofeo?

Enzo intervino desde su sitio, despreocupado.

—Mide tus palabras, amigo.

El jefe se echó a reír.

—¿Dije algo malo? Una forastera es una forastera. Por mucho dinero que tenga su familia, siguen siendo nuevos ricos de algún puerto de mala muerte, y toda la ropa de diseñador del mundo no alcanza a disimular la peste. Además, siempre lleva ese velo negro, tratando de esconder su mirada de loca con tanto dramatismo.

Sofia tembló de rabia y amagó con sacar su arma, pero le coloqué la mano encima para detenerla.

Clara se acercó despacio, enfundada en un deslumbrante vestido blanco de alta costura.

—Donna, por fin llegaste. Hay muchos escalones, mejor siéntate.

Clara fingió estar muy preocupada e intentó tomarme del brazo. La esquivé como a una víbora.

—No quisiera molestarla, señorita Clara. Sofia me acompañará hasta mi lugar.

Fui hasta la mesa principal y tomé la silla de respaldo alto junto a Enzo, el asiento reservado para la Donna de la familia.

Clara se quedó de pie, pálida. Enzo se puso serio.

—Stella, Clara solo quería ayudar, ¿por qué te pones así?

Respondí con sequedad:

—No me gusta que me toquen desconocidos.

La voz de Enzo se tensó.

—No es una desconocida. ¡Es mi hermana adoptiva! ¡Y la tuya también!

No le hice caso y tomé la copa de champaña que estaba frente a mí.

El jefe del Sur echó más leña al fuego.

—Puede que Clara sea una bastarda de los Russo, pero al menos es de aquí. Con la familia Russo respaldándola, ella sí tiene derecho legítimo. En cambio, esta mujer ni siquiera tiene acta de matrimonio y ya actúa como la Donna de los Valenti.

Estrellé la copa contra la mesa. Todo el casino quedó en silencio. Me arranqué el velo de un tirón. Ya no quedaba rastro de la mirada vacía y perdida. Con los ojos afilados y lúcidos, recorrí cada rostro del salón.

La copa de vino que Enzo tenía en la mano se estrelló contra el suelo y el líquido rojo le arruinó su traje hecho a medida.

Sostuve su mirada sin vacilar.

—Gracias a ti, por fin tengo la mente clara. ¿Qué pasa, mi querido Don? ¿No te alegra verme cuerda otra vez?

Enzo tragó saliva y ensayó una sonrisa desencajada.

—Me alegra, Stella. Me alegra mucho. ¿Por qué no me dijiste antes que habías recobrado la lucidez?

Le repliqué:

—Si te lo hubiera dicho antes, me habría perdido el espectáculo, ¿no crees?

Me volví hacia el jefe del Distrito Sur.

—¿Qué fue eso de que no tengo acta?

El jefe se envalentonó y alzó la voz.

—¿Qué, me equivoco? No eres más que la hija de un comerciante de Solaria. ¿Qué derecho tienes al fideicomiso familiar de los Valenti?

Me volví de nuevo hacia Enzo.

—Enzo, ya que aquí todos creen que no estoy a la altura, resolvámoslo ahora mismo, con todas las familias como testigos. Que traigan el acta de matrimonio del registro civil y que cada uno lo compruebe con sus propios ojos.

Enzo se levantó de golpe, pálido.

—Stella, ¿te volviste loca? ¡Esta es la reunión más sagrada de la familia!

Lo miré de frente.

—No perdí la cabeza. Solo quiero saber una cosa. Durante tres años arriesgué la vida y gasté mi fortuna para ayudarte a levantar este imperio. ¿Qué lugar ocupo aquí, exactamente?

Clara se aferró a la manga del traje de Enzo, presa del pánico.

—Enzo…

Por instinto, él la jaló detrás de sí y la cubrió con su cuerpo. Ese gesto protector me resultó repulsivo. Enzo bajó la voz, intentando negociar:

—Está delicada, no la asustes. Podemos hablar del acta de matrimonio en privado.

Alcé la voz, confrontándolo ante todos:

—¿En privado? ¿Como cuando usas mi dinero para mantenerla en esa mansión de Lago Plateado? ¿En privado? ¿Como cuando el acta de matrimonio del ayuntamiento está a nombre de ella, de Clara?

El salón estalló. Los jefes mafiosos empezaron a cuchichear y a señalar. Con el rostro descompuesto de rabia y humillación, Enzo alzó la mano y me cruzó la cara de una bofetada. El golpe resonó entre las paredes y me viró la cabeza de lado. El sabor a hierro se me extendió por la boca mientras un hilo de sangre me bajaba por el labio.

Enzo me señaló y gritó:

—¡Loca de mierda! ¿Qué estupideces estás diciendo? Clara tiene una reputación intachable. ¿Cómo te atreves a humillarla así?

Me llevé la mano a la mejilla ardiente y me limpié la sangre de la boca.

—Enzo Valenti, ¡qué descarado eres! Con esa cachetada rompiste lo último que nos unía.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida.

Enzo rugió:

—¡Alto ahí! ¡Si cruzas esa puerta hoy, nunca volverás a poner un pie en la casa de la familia Valenti!

No me volví. Sofia siguió pegada a mí, protegiéndome. Al pasar junto a Clara, me detuve. Se escondía detrás de un muro de guardaespaldas, con una sonrisita engreída y triunfal.

Tomé una copa de vino tinto de una mesa cercana y se lo arrojé a la cara. El vino escarlata le empapó el vestido blanco de alta costura. Clara chilló y se llevó las manos al vientre. Solté la copa y salí con paso firme del salón lleno de humo.

—Considéralo un regalo de despedida.

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