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Capítulo 2

Author: Bagel
La imponente figura de Luca se tensó. Un destello de sorpresa asomó a sus ojos hundidos, y frunció aún más el ceño.

Mia se quedó estupefacta, al punto de olvidar forzar el llanto.

Saqué un pañuelo de seda, me limpié la cera de la yema de los dedos con displicencia y me arrodillé.

Agaché la cabeza y parpadeé con fuerza para contener las lágrimas.

Sin siquiera ponerme guantes, empecé a recoger con las manos desnudas los trozos de cera aún caliente y los cristales afilados para arrojarlos en una papelera de latón cercana.

Un fragmento de vidrio se me clavó en la palma de la mano, pero no me inmuté.

Al terminar, me levanté y miré a Luca.

—Me manché el vestido. Subiré a mi habitación para limpiarlo.

Di media vuelta y caminé hacia la escalera, con la espalda recta.

La mirada de Luca me siguió durante todo el trayecto.

Abrí la puerta del dormitorio y le pasé el seguro al cerrar.

Me deslicé por la pesada madera hasta el suelo; allí, oculta en la oscuridad, dejé que mis lágrimas cayeran en silencio.

Jamás imaginé que siete años de amor y devoción terminarían con semejante frialdad.

En ese instante, la pantalla del teléfono encriptado que reposaba sobre mi mesita de noche se iluminó. Era un mensaje de Lorenzo, mi hermano mayor.

«Lo que los Bellini te deben, se lo haré pagar con intereses».

Observé las palabras y me ardieron los ojos. De pronto, la puerta de roble se abrió de una violenta patada.

Luca irrumpió en el cuarto irradiando un aura glacial; clavó la mirada afilada en el teléfono que yo sostenía en la mano.

Se acercó a grandes zancadas y me lo arrebató.

Por suerte, la pantalla se apagó justo cuando lo tomó, y ni siquiera se molestó en probar la contraseña; solo lo lanzó sobre la gruesa alfombra. Luego me agarró por la barbilla y me obligó a levantar el rostro para mirarlo.

—¿Qué fue ese numerito allá abajo? —Su voz sonó grave y acusadora—. ¿Estás probando una nueva táctica?

Le sostuve la mirada y respondí con voz neutra:

—¿No te quejabas siempre de que era demasiado asfixiante y me pedías que fuera más independiente? Le entregué el anillo y los rubíes. ¿No es justo lo que querías? ¿Estás satisfecho?

Un atisbo de una emoción indescifrable le cruzó por los ojos.

Me soltó la barbilla de golpe; una de sus enormes manos me agarró por la parte baja de la espalda, y me acorraló contra la pared.

Su camisa desprendía un penetrante olor a ron, mezclado con el dulzor empalagoso del perfume de rosas de Mia.

Ambos aromas se fundieron en mis fosas nasales, y crearon una combinación asfixiante que me hizo querer escapar con desesperación.

Se me acercó, rozando el lóbulo de mi oreja con sus labios finos y cálidos, y dijo, con una voz que no fue más que un susurro grave y ronco:

—Elara, sé que esta noche te sentiste humillada. Pero el hermano de Mia murió por pasarme información. Estoy en deuda con ella, y tengo que protegerla.

»Mientras te portes bien y dejes de ser tan demandante, nadie te quitará el puesto de Donna. Siempre serás la mujer que más ha durado en mi cama. La más especial.

Pronunció aquella promesa con un tono condescendiente y caritativo.

Estaba convencido de que yo volvería arrastrándome por esas migajas de afecto.

De pronto, unos golpes urgentes resonaron al otro lado de la puerta, y la voz frágil de Mia se filtró a través de la madera:

—Luca, me está doliendo otra vez el corazón. ¿Puedes venir a verme?

La mano que me sujetaba por la cintura me soltó al instante.

Sin dudarlo ni un segundo, él dio media vuelta para marcharse.

Justo cuando agarró el picaporte, se detuvo y me miró por encima del hombro.

—Mañana por la noche hay una partida clandestina de altas apuestas. Voy a llevar a Mia para enseñarle cómo funciona el negocio. Quítate esa medalla de San Cristóbal del cuello y dásela a ella. Deja que la use para que le dé buena suerte.

Por un instante, creí haber escuchado mal, porque esa medalla de San Cristóbal…

Tres años atrás, luego de recibir una bala por él y sobrevivir a la cirugía, su madre, la anterior Donna, me la había colgado del cuello con sus propias manos.

Con lágrimas en los ojos, me dijo:

—Elara, a partir de hoy, eres parte de la familia Bellini.

El amuleto estaba impregnado de mi sangre y de mi lealtad hacia él. Siempre lo había considerado más sagrado que mi propia vida; jamás me lo quitaba, ni siquiera para ducharme.

Una vez, una empleada nueva lo había guardado en un sitio que yo desconocía, y rompí a llorar aterrorizada, creyendo haberlo perdido.

En aquel entonces, Luca me sentó en su regazo, me besó y, entre risas, me llamó su «frágil gatita».

—Nadie tiene permitido tocar tus cosas —había dicho.

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