Nadie se movió ni respiró.Julián me miró fijamente, con la mano presionada contra la mejilla y los ojos muy abiertos, incapaz de creer lo que acababa de suceder.En treinta años, jamás le había levantado la voz, y mucho menos le había pegado. En ese momento, yo era una completa desconocida para él.Desde la puerta, mi padre rugió, lleno de furia.Me tomó del brazo y me arrastró escaleras arriba; me empujó dentro de mi habitación y giró la llave.—¡Saldrás cuando entres en razón! —gritó a través de la puerta, antes de que sus pasos retumbaran escaleras abajo.Muy tarde en la noche, alguien abrió la cerradura desde afuera.Era Lidia. Se plantó en medio del cuarto, sonriendo como si fuera la dueña del lugar.—Julián me ama —susurró—. Siempre lo ha hecho. Pero es demasiado correcto como para dejarte plantada después de tantos años.Se acercó un paso más. Su voz era suave, pero destilaba veneno.—Así que se casará contigo. Te dará su apellido, su casa, sus hijos. Y para compensar lo que yo
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