Me pierdo con gusto en las secciones de literatura extranjera y, al buscar «Quer pasticciaccio brutto de via Merulana», suelo seguir una ruta mixta entre tiendas grandes y librerías de barrio.
Si quieres algo inmediato y seguro, reviso primero Casa del Libro y Fnac España: suelen tener tanto ediciones en español como opciones en italiano, y permiten pedir ejemplares que no estén en stock. Amazon.es y su marketplace también son recursos útiles, sobre todo para encontrar reimpresiones o ediciones nuevas. Para ejemplares de segunda mano consulto IberLibro (AbeBooks), eBay España y Todocolección, donde aparecen ediciones antiguas o difíciles de localizar.
Cuando necesito algo más raro voy a librerías independientes y les pido que lo pidan al distribuidor; muchas veces pueden traer ediciones italianas o traducciones concretas bajo pedido. También he recurrido al préstamo interbibliotecario de la red de bibliotecas públicas para leer antes de comprar. Al final, cada ruta tiene su encanto: comprar en una librería de barrio me da una satisfacción distinta a recibir un paquete en casa, y ambos funcionan bien si te apetece hincarle el diente a «Quer pasticciaccio brutto de via Merulana».
No exagero cuando digo que «Quer pasticciaccio brutto de via Merulana» es como meterse en un rompecabezas verbal que a la vez es una radiografía de una ciudad. Empiezo por lo básico: la trama parte de un suceso criminal —un robo que deriva en un crimen— y de ahí la historia se ramifica en mil direcciones, con interludios, personajes coros y anécdotas que parecen desviarse pero que siempre vuelven a tensar la misma red.
Lo que más me atrapa es el lenguaje: Gadda mezcla dialecto, erudición, ironía y poesía callejera. No es una lectura cómoda; pide atención y cierta disposición a dejarse perder. Aun así, detrás del arte lingüístico hay una intención clara: mostrar la complejidad moral y social de la Roma de la época, con su hipocresía, sus placas y sus contradicciones.
Al acabar, me quedé con la sensación de haber asistido a un gran tapiz donde cada hilo cuenta algo distinto —un retrato crítico, desordenado y vital de la ciudad y sus gentes—. Es desafiante, divertido y, sobre todo, profundamente humano.
Me sorprende lo evocador que es ese título: «Quer pasticciaccio brutto de via Merulana». Yo lo asocié desde siempre con una Roma polvorienta y llena de detalles, y el responsable de esa mezcla de crónica social y enredo detectivesco es Carlo Emilio Gadda.
Lo leí hace años y me fascinó cómo Gadda mezcla dialecto, registros altos y bajos, y una ironía cáustica que convierte una investigación policial en un retrato caótico de la sociedad. No es una novela fácil; la prosa se enreda, se deleita en giros sintácticos y juega con el lector, pero precisamente ahí está su encanto. Si buscas solo una trama limpia y lineal, te frustrará; si disfrutas del lenguaje y de una visión crítica de la posguerra italiana, es un festín. En mi estantería sigue ocupando un lugar especial por eso, por la densidad y por la manera en que Gadda transforma el crimen en comentario social.