Siempre me ha llamado la atención cómo una
definición oficial puede clarificar algo que sentimos tan vivo en el teatro: la RAE define el texto dramático como el texto que está concebido para ser representado por actores ante un público. En mi experiencia, eso quiere decir que no es solo lo que se dice, sino también cómo se organiza la acción: diálogos, acotaciones y las indicaciones de puesta en escena forman parte esencial del cuerpo del texto.
Al leer obras, me fijo en esas acotaciones (didascálias) que la RAE considera relevantes porque orientan la representación: movimientos, entradas, salidas, gestos, atmósfera. Eso diferencia al texto dramático de la novela o la poesía: mientras la novela narra y la poesía canta, el texto dramático actúa y se construye para ser visible y audible en escena. Además, suele presentarse en actos y escenas, con una estructura pensada para el ritmo escénico.
Personalmente, cuando hojeo un guion me emociono por las posibilidades que esconden esas indicaciones; la RAE lo resume bien al subrayar su finalidad representativa. Me parece una definición clara que ayuda tanto a lectores noveles como a quienes trabajamos en montaje a entender que el texto dramático es, ante todo, un plano para la convivencia entre palabra, cuerpo y espacio.