Me engancha pensar en cómo Judith Malina veía el acto de representar: lo describía como algo vivo, colectivo y políticamente comprometido, más que una técnica fría para imitar comportamientos. Yo, que llevo décadas mirando obras y participando en montajes comunitarios, siempre recuerdo que Malina quería derribar la barrera entre la vida y el escenario. Para ella el actor no era sólo alguien que fingía; era una
persona que se exponía, se vinculaba con los otros y con el público, y convertía la actuación en una forma de resistencia y conversación abierta.
En los relatos de sus talleres se percibe que su método ponía
el cuerpo y
la respiración primero: improvisación, ejercicios físicos, trabajo en grupo que busca la verdad del
momento. Yo he probado ejercicios parecidos y sé lo liberador que es ese enfoque: se busca la presencia, la improvisación consciente y el riesgo compartido en escena. Malina insistía en que la obra surgiera del colectivo, que la
jerarquía desapareciera y que la creatividad fuera una práctica diaria, casi ritual.
Al final, lo que más me golpea es esa mezcla de ética y estética: actuar para Malina era un acto de vida y una forma de intervenir en la sociedad. No se trataba sólo de dominar técnicas, sino de comprometerse con la honestidad y la acción política. Eso me inspira cada vez que subo a un ensayo: que el teatro puede ser una comunidad viviente y una herramienta para cambiar algo, aunque sea un poco.