Me quedé enganchado desde el momento en que introdujeron a «Bagman», y su evolución a lo largo de la temporada es de esas que te pellizcan el estómago. Al principio lo presentan como un tipo eficiente, algo cínico y muy pragmático: se mueve entre sombras, cumple encargos y parece no mirar atrás. Esa fase inicial sirve para que lo entendamos como un engranaje funcional, casi deshumanizado por la rutina. Yo lo veo como la máscara que se pone para sobrevivir, y las escenas donde guarda silencios largos son las que más hablan de su conflicto interno.
A mitad de temporada el ritmo cambia y empiezan a abrir su pasado con pequeñas claves: una conversación mal filmada, una
cicatriz que vuelve a doler, una vieja promesa que lo persigue. Ahí comienza una transformación menos de golpes y más de matices. Empiezo a notar que sus decisiones dejan de buscar solo beneficio y empiezan a pesarse por lealtad y culpa. En varias ocasiones se sacrifica por otro personaje sin que nadie lo aplauda, y eso lo humaniza de golpe.
Al final de la temporada la imagen de «Bagman» se redefine: ya no es solo el repartidor de malas noticias, sino alguien que empieza a asumir consecuencias y a pagar por errores pasados. Mi sensación final fue agridulce: creció, sí, pero no se volvió perfecto. Terminó siendo más real, y eso me gustó porque lo convertía en alguien con quien me importaba quedarme.