Me interesa mucho la claridad con la que Kevin DeYoung aborda la
justificación; lo hace como quien quiere que la gente entienda el corazón del evangelio sin tecnicismos innecesarios.
Explica la justificación como una declaración legal que Dios hace sobre el creyente: no es que deje de ser pecador de inmediato, sino que Dios lo declara justo por la obra de
cristo y no por méritos propios. DeYoung insiste en la idea de imputación: la justicia de Cristo se le atribuye al creyente, y la culpa d
el pecado queda cubierta por la penalidad pagada por Cristo. Esta explicación no minimiza la santificación, pero sí distingue claramente ambos conceptos: la justificación se da una vez como acto judicial, mientras que la transformación del carácter es un proceso.
Además, DeYoung enfatiza las implicaciones pastorales: la justificación trae consuelo y seguridad, y al mismo tiempo exige frutos de
gratitud. Critica las mezclas que convierten
la fe en una especie de rendimiento moral o en simple afiliación social; para él, la fe es el medio por el cual recibimos la obra terminada de Cristo. Al final, su explicación suena como una invitación a descansar en lo que Cristo logró y a
vivir en respuesta a esa gracia, algo que siempre me reconforta y me pone en movimiento.