Siempre me ha atrapado la manera en que Tolkien convierte un concepto casi abstracto como la 'luz' en una genealogía mítica y emotiva; en «El Silmarillion» la luz no es solo física, sino un símbolo de creación, pérdida y anhelo. La explicación comienza en lo más profundo del mito: la creación misma. Ilúvatar (Eru) trae al mundo la «Llama Imperecedera» o «Fuego Secreto», que en los textos es lo que otorga a la creación la capacidad de tener vida y voluntad. Antes incluso de que las formas se concreten, está la Música de los Ainur, y cuando esa música se hace realidad en Eä, la luz nace en distintos momentos y formas, según la obra y la intervención de los Valar y de los seres más poderosos.
En el devenir de Arda, uno de los primeros tipos de luz fueron las estrellas, obra de Varda, que iluminó la temprana oscuridad creada por Ilúvatar y contrarrestó la sombra que Melkor había sembrado. Más tarde, cuando los Valar llegaron a modelar el mundo, erigieron dos grandes luminarias: las Lámparas Illuin y Ormal, que proporcionaron luz al mundo durante la época de los primeros trabajos de los Valar. Melkor, en su ansia de poder, las destruyó; esa catástrofe marca una primera gran caída de la armonía original y obliga a los Valar a retroceder hacia el oeste, donde fundan Valinor.
En Valinor surge la creación de la luz más legendaria: las Dos Árboles, Telperion y Laurelin. Yavanna, con la colaboración de los demás Valar, hace que crezcan y den una luz viva y cambiante, una plata y un oro que se alternan en ritmo, bendiciendo la tierra de los Valar. Es de esa luz pura que nace el deseo de los Noldor: Fëanor modela las Silmarils, tres gemas que contienen la esencia de la luz de los Árboles. La destrucción de Telperion y Laurelin por obra de Melkor y Ungoliant convierte esa luz en objeto de codicia y tragedia: unas pocas porciones sobreviven en las Silmarils y, tras la muerte de los Árboles, en los últimos frutos y flores que los Valar emplean para crear las luminarias del cielo. Con los restos del fruto y de la flor, los Valar forjan la Luna y el Sol, los ponen en naves y les confían a los Maia Tilion y Arien la tarea de guiarlos por los cielos, de manera que la luz vuelve a dominar Arda, pero ya en una nueva forma y con la huella de las pérdidas previas.
Lo que me parece más potente de todo esto no es solo la explicación cosmológica, sino la carga simbólica: la luz comienza como don divino, se fractura, es atesorada en joyas que causan conflicto, y finalmente se transforma en el cotidiano Sol y Luna. Tolkien teje así una historia en la que la belleza y la creación están siempre mezcladas con el riesgo de pérdida y con la responsabilidad del subcreador. Cada fuente de luz —las estrellas de Varda, las Lámparas, los Árboles, las Silmarils, el Sol y la Luna— tiene su propia historia y peso emocional, y eso convierte a la simple idea de 'luz' en un hilo narrativo que atraviesa todo «El Silmarillion» y resuena con la nostalgia que tiene la obra por lo perdido y por lo que queda para iluminar el mundo.
2026-06-02 15:55:17
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