Me fascina la forma en que Verbitsky convierte piezas sueltas en una trama clara y punzante: lee documentos como si fueran pistas y arma conexiones que otros pasan por alto.
He suele trabajar con paciencia de largo aliento: revisa causas judiciales, actas públicas, contratos y balances, y busca vínculos financieros que expliquen decisiones editoriales o silencios mediáticos. No se queda en los titulares; rastrea sociedades, conexiones entre empresarios y funcionarios, y recurre a testimonios de exejecutivos, periodistas y denunciantes para ir armando la historia desde varios ángulos. Su columna y reportajes en «Página/12» le brindaron un espacio para exponer esos entramados con detalle y contexto, lo que multiplica el impacto público.
Además, me llama la atención cómo combina la crónica periodística con la investigación documental: alterna entrevistas personales con pruebas documentales verificables, y cuando puede, sigue los hilos hasta los registros contables o las audiencias judiciales. También asume riesgos, porque tocar intereses concentrados casi siempre provoca respuestas fuertes, incluso acciones legales o campañas en contra.
Creo que esa mezcla de tenacidad, rigor documental y narración clara es lo que hace que sus investigaciones sobre poder y prensa no solo informen, sino que obliguen a repensar quién controla la información y por qué. Al final me queda la sensación de que su trabajo recuerda que la prensa no es solo emisora de noticias, sino un campo de batalla por la transparencia.
Siempre me sorprende la capacidad que tiene para seguir el rastro del dinero y de las influencias, como si estuviera armando un rompecabezas financiero.
Lo que veo en su método es una insistencia en el cruce de fuentes: coteja notas técnicas, contratos de publicidad estatal, registros societarios y declaraciones judiciales, y a partir de ahí busca testimonios que confirmen o desmientan las hipótesis. No se apoya en una sola voz; busca múltiples confirmaciones, lo cual es clave cuando se investigan vínculos entre poder político, empresarios y medios. Eso le permite mostrar no solo que existe una relación, sino cómo opera concretamente.
Otro rasgo que destaco es su manejo del contexto histórico y político: no presenta los hechos como episodios aislados, sino como parte de patrones reiterados. Así la investigación gana profundidad y permite entender por qué ciertos medios se posicionan de determinada manera frente a decisiones de gobierno o negocios. Me quedo con la impresión de que su trabajo fuerza a la sociedad a mirar con más cuidado la relación entre quien tiene poder y quien informa sobre ese poder.
Lo que más me llama la atención es el estilo directo y persistente con que trabaja, como quien desarma un mecanismo para mostrar sus engranajes.
Verbitsky suele construir sus investigaciones a partir de documentos públicos y privados, declaraciones judiciales y entrevistas con actores dentro del sistema mediático o político; luego cruza toda esa información para detectar patrones de influencia, financiamiento o censura. También explora la propiedad de los medios, la pauta oficial y las concesiones comerciales que pueden condicionar líneas editoriales. En mi experiencia leyendo sus piezas, lo valioso es que no se queda en la denuncia: explica el cómo y el porqué, lo que ayuda a entender mejor las dinámicas de poder en juego, y me deja pensando en la importancia de la independencia periodística.
2026-03-23 21:50:28
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«Los secretos del Multimillonario» es una creación de Amelie Bergen, una autora de eGlobal Creative Publishing.
Recuerdo con nitidez cómo, en varias ocasiones, las investigaciones periodísticas terminaron empujando expedientes que antes estaban estancados. He seguido a Horacio Verbitsky desde hace años y, si estoy honesto, su trabajo tuvo un peso real en el imaginario judicial argentino: sus notas y denuncias sobre violaciones a los derechos humanos y casos de corrupción encendieron focos que la prensa y la sociedad no dejaban apagar. En más de una causa, lo publicado por él sirvió para desenterrar documentos, armar cronologías y darle voz a víctimas que luego fueron testigos en tribunales.
También hay que decirlo con claridad: ese empuje mediático no siempre significó una investigación impecable desde el punto de vista judicial. Sus textos obligaron a la justicia a mirar, pero muchas veces hubo que complementar o verificar su trabajo con peritajes, testimonios oficiales y diligencias formales. Además, su vínculo histórico con organizaciones de derechos humanos le dio un lugar central, tanto para bien —por exponer atrocidades— como para mal, ya que también fue objeto de críticas por supuesta parcialidad política.
En mi experiencia, la fuerza de Verbitsky estuvo en transformar historias fragmentadas en relatos coherentes que la sociedad y los jueces no pudieron ignorar. No siempre fueron el punto final, pero sí fueron detonantes: ayudaron a que causas avanzaran, que se abrieran audiencias y que se discutieran públicamente verdades que antes estaban ocultas. Esa mezcla de denuncia, persistencia y polémica es parte del legado que dejó en la investigación judicial argentina.
Recuerdo claramente cómo su nombre fue apareciendo en los artículos que devoraba en la universidad: Horacio Verbitsky comenzó a publicar relatos periodísticos a fines de los años sesenta y consolidó su presencia durante la década de 1970. Yo era muy joven cuando empecé a seguir la prensa argentina y noté que su trabajo ya circulaba en revistas y diarios alternativos de la época, con textos que mezclaban investigación, denuncia y un estilo personal bastante directo.
Más adelante, en los ochenta y con el regreso de la democracia, su voz se volvió aún más visible: amplió la cantidad y el alcance de sus investigaciones y pasó a estar presente con columnas y libros que recogían años de investigación sobre corrupción y violaciones a los derechos humanos. También lo asocié siempre a organizaciones y entornos vinculados a la memoria y la defensa de derechos; eso potenció la recepción de sus relatos periodísticos. Personalmente, me impresionó cómo un trayecto que arrancó en la prensa de los sesenta fue transformándose en una carrera larga y polémica, siempre marcada por una fuerte voluntad de investigar y contar.