Recuerdo con claridad la primera vez que leí sobre su vida y me quedé pegada a cada detalle: Amy Carmichael llegó a la India y, en lugar de limitarse a dar discursos, se instaló en los lugares donde la gente la necesitaba. Yo me imagino que vivía como alguien con pocas comodidades pero con mucha determinación, y así fue como
protegió a muchas niñas. Fundó la «Dohnavur Fellowship» y convirtió ese lugar en un
refugio real, no solo un albergue: allí daba techo, comida, atención médica y educación básica.
Lo que más me llega es cómo desmontó la lógica del sistema devadasi; en vez de grandes campañas políticas inmediatas, ofrecía una alternativa cotidiana. Rescataba a niñas de situaciones de explotación proporcionándoles anonimato cuando hacía falta, cambiando nombres, integrándolas en una comunidad que las cuidaba como familia y enseñándoles
oficios para que pudieran sostenerse. Además escribió y habló fuera de la India para que otras personas supieran lo que ocurría, y con eso consiguió apoyo y recursos. Me quedo con la imagen de una mujer que, sin grandes poderosos a su alrededor, fue construyendo
un lugar seguro paso a paso y con mucha paciencia.