Las excusas en el romance juvenil son como puertas secretas hacia momentos memorables. Pienso en «To All the Boys I’ve Loved Before», donde Lara Jean envía cartas por accidente y eso desencadena todo el conflicto. No es una excusa deliberada, pero funciona igual: crea caos y oportunidades para el romance. Yo prefiero excusas que involucren terceros, como un amigo que «obliga» al protagonista a asistir a un evento donde está su interés amoroso.
También me gusta jugar con malentendidos, como que alguien interprete mal una acción simple («creí que me habías invitado a salir») y luego ambos personajes se vean arrastrados a una situación graciosa. Lo importante es que la excusa no sea solo un plot device, sino que revele algo sobre los personajes: su inseguridad, su creatividad o incluso su terquedad.
Me encanta cómo las excusas creativas pueden añadir capas de humor y tensión en las historias de romance juvenil. Recuerdo una escena en «Eleanor & Park» donde los protagonistas inventan razones absurdas para sentarse juntos en el autobús, como «mi mochila ocupa mucho espacio» o «necesito ayuda con esta tarea». Estos pequeños pretextos reflejan la timidez y el deseo de conexión, algo que cualquier adolescente puede relacionar.
En mis propias historias, suelo usar excusas basadas en errores cotidianos, como confundir clases o perder objetos importantes. Por ejemplo, un personaje podría «olvidar» su libro en el casillero del crush solo para tener una excusa de volver. Lo clave es mantenerlo orgánico; si la excusa parece forzada, pierde su encanto. Las mejores excusas son aquellas que podrían pasar en la vida real, pero con un toque de exageración cómica o ternura.
¿Escusas creativas? Claro que sí. Imagina a un personaje que «pierde» su teléfono solo para pedirle al crush que llame al suyo y así obtener su número. Es simple, pero efectivo. En «The Sun Is Also a Star», los protagonistas pasan el día juntos bajo la excusa de una apuesta, lo que les da libertad para explorar su química sin presión. Las excusas deben sentir como pasos naturales en el baile del enamoramiento adolescente, llenos de torpeza y sinceridad a medias.
2026-01-10 09:40:20
8
View All Answers
Scan code to download App
Related Books
El imperio que elegí por encima del amor
Jasmine Flower
5.7
12.1K
Cuando abrí los ojos, mi hermana, Serena Shaw, estaba arrodillada frente a mí, llorando con un cuchillo de frutas presionado contra su muñeca.
—Nora, te juro que no fue intencional. Había bebido demasiado. Ni siquiera sé cómo Lucas y yo...
Casi me reí.
Porque ya había visto esa escena antes.
En mi vida pasada, Serena lloró como una víctima después de acostarse con mi prometido, Lucas Arden.
Todos la consolaron.
Lucas se casó con ella para salvar su reputación.
Y a mí me obligaron a casarme con Graham West, el prometido que Serena había abandonado.
Antes de la boda, Lucas me mostró mi nombre tatuado en su muñeca y me prometió que solo me amaría a mí.
Y yo le creí.
Desperdicié cinco años al lado de un esposo que amaba a mi hermana, esperando a un hombre que ya se había casado con ella.
Luego Serena murió.
Pensé que Lucas por fin volvería conmigo.
Pero, en lugar de eso, lo encontré en la funeraria, abrazando su fotografía como si hubiera perdido al amor de su vida.
—Ella era mi esposa —me dijo—. Déjalo ir, Nora.
En mi fiesta de cumpleaños, Lucas y Graham se pelearon por Serena en la azotea.
Uno se había casado con ella.
El otro nunca había dejado de amarla.
Mientras luchaban por ella, alguien me empujó hacia el tráfico y morí bajo las luces de los autos.
Cuando volví a abrir los ojos, regresé al principio.
Esta vez, pensé que yo era la única que recordaba todo.
Estaba equivocada.
Lucas recordaba.
Graham recordaba.
Y aun con una segunda oportunidad, ambos seguían eligiendo a Serena.
Pero esta vez no permitiría que me cambiaran, me eligieran o me desecharan.
Esta vez, iba a construir algo que ninguno de ellos pudiera arrebatarme.
Mi familia es humana. Sin embargo, se nos concedió una larga vida por el clan Thorne, algo cercano a la inmortalidad. Durante generaciones, hemos sido sus guardianes más leales.
Y yo me enamoré de Cedric, el Lord vampiro al que juré proteger.
Durante cien años, fui su secreto. Su pecado. Su única compañera de lecho. Fui su escudo contra la magia oscura. La protectora jurada de su vasto clan.
Pensé que me ganaría la marca de un vínculo eterno. Incluso estaba lista para que me transformara.
Después de todo, en cada luna de sangre, él reclamaba mi cuerpo. Y en el punto álgido de un placer agonizante, hundía sus colmillos en mi cuello y bebía mi sangre.
Luego presionaba sus fríos labios contra mi piel y susurraba que yo era su única y verdadera. Que ninguna otra sangre, ningún otro cuerpo, podía hacerle perder el control de la forma en que yo lo hacía.
Pero esta vez, en el momento en que terminó conmigo, anunció su vínculo eterno con Elsie, la princesa de sangre pura del clan Valerius.
Por si fuera poco, sonrió con suficiencia ante el shock en mi rostro.
—Tú eres solo una humana, bendecida con una larga vida por mis ancestros. Mi calentadora de cama. No creíste de verdad que podrías ser mi compañera, ¿verdad?
En ese momento, lo entendí.
Yo solo era una bolsa de sangre renovable. Una herramienta con un propósito.
Por una alianza, por ella, me sacrificó. Me arrojó al abismo y dejó que la oscuridad me devorara por completo.
Pensó que el Pacto del Guardián me encadenaría a él por la eternidad. Pero olvidó algo.
Todo pacto tiene una brecha.
Así que destruí todo lo que alguna vez me dio. Y luego, con la ayuda de mi familia, desaparecí.
Pero cuando el Lord de la Noche Eterna no pudo encontrar a su juguete favorito… enloqueció.
Me metí en una novela.
Y no como la protagonista ni como la villana, sino como una extra bonita, sin nombre, de esas que solo aparecen de fondo para rellenar escenas.
El problema es mi hermano mayor: de todos los personajes, es el único que se comporta como una persona normal, y justo por eso, en la novela lo pintan como el “amor imposible” de la protagonista: un dios frío, reservado, casi intocable, al que ella jamás logra conquistar.
Cuando ella se le declara entre lágrimas, él responde que está estudiando.
Cuando le promete entregarle todo, él dice que anda montando un negocio.
Cuando ella se deja caer y se pierde entre galanes, él ya está en la cima, con un éxito brutal y diez mil millones de dólares al año.
Yo, de verdad, pensé que iba a vivir en paz, sin deseos, sin tentaciones, así para siempre.
Hasta que una noche, ya de madrugada, lo encontré con una prenda que yo reconocería en cualquier parte entre sus manos… y, en voz baja, casi obsesivo, repitiendo un nombre una y otra vez.
Un nombre demasiado familiar, demasiado cercano.
Noventa y Nueve Brazaletes de Esmeralda y un Divorcio
Victoria Guerra
0
3.9K
Cada vez que mi esposo me era infiel, me regalaba un brazalete de esmeralda.
En cuatro años de matrimonio, reuní noventa y nueve brazalete. Lo perdoné tantas veces.
Esta vez se fue de viaje tres días. Al volver, me trajo una con esmeraldas AAAA, valuado en millones.
Entonces lo supe: era hora de pedir el divorcio.
Después de renacer, fui yo quien cambió el nombre en mi vínculo de sangre con el príncipe Mortlock. Escribí [Isabella], la otra vampira a la que él siempre había adorado, a la que siempre había protegido.
Cuando Isabella quiso el collar de rubíes, aquel que marcaba a la Consorte del Príncipe, dejé que se lo quedara. ¿El vestido de novia que Mortlock había preparado para mí? También se lo entregué a Isabella.
Lo hice todo porque, en mi vida pasada, obtuve lo que deseaba. Me convertí en la compañera de Mortlock, pero viví cada momento bajo la sombra de Isabella. Al final, durante una batalla contra los cazadores de vampiros, Mortlock corrió primero hacia una Isabella herida. Fui yo a quien dejaron abandonada para recibir una estaca de plata directamente en el corazón.
Así que, esta vez, decidí dejarlos en paz. Mantenerme lo más lejos posible de Mortlock. Sin embargo, en esta ocasión, el príncipe frío y distante lloró y me suplicó que volviera a ser su compañera.
—Tío, por favor, te lo suplico… ayúdame a quitarme esta cosa…
En cuanto la mejor amiga de mi hija se levantó el vestido, vi algo que parecía sacado de otra época: un cinturón de castidad con un candado que solo un hombre podría abrir.
Justo cuando la jovencita se lanzó hacia mí con los ojos llorosos, su compañera de departamento de treinta años llegó a la casa y se puso celosa al vernos.
Con unas copas encima, se quitó la chaqueta y también se lanzó hacia mí.
—Hazte a un lado, niña, deja que los adultos… tengan una buena charla...
Una era una jovencita dulce y la otra era una mujer madura con un cuerpo increíble. Ya no pude contenerme…
Me encanta cómo algunos autores logran que las excusas de sus personajes sean tan reales que casi puedo sentirlas. En «Los Juegos del Hambre», por ejemplo, Katniss justifica sus acciones con una mezcla de supervivencia y amor por Prim, y eso le da profundidad. Creo que el truco está en que la excusa no sea solo un parche, sino que esté arraigada en el trasfondo del personaje. Si el protagonista miente para proteger a alguien, su historia previa debe mostrar ese patrón de protección.
Otro aspecto clave es la consecuencia. En «Maze Runner», Thomas esconde información, pero eso luego afecta sus relaciones. Las excusas creíbles tienen ramificaciones, no desaparecen sin más. Los lectores perdonan una mentira si entienden el peso emocional detrás y si el personaje asume las consecuencias más tarde. Eso es lo que convierte una excusa barata en un giro narrativo poderoso.