Me sorprendió lo polarizado que fue el recibimiento crítico hacia «Surrogates»; yo recuerdo leer reseñas que celebraban la idea pero le achacaban a la dirección una frialdad narrativa. En mi experiencia como aficionado al
cine de ciencia ficción, la mano de Jonathan Mostow se ve competente: las escenas están bien encuadradas, el ritmo intenta mantener la tensión y las secuencias de acción son
limpias. Aun así, muchos críticos apuntaron que la película cae en lo funcional, sin encontrar una voz autoral clara. Eso hizo que la dirección pareciera más interesada en mover la trama que en explorar las consecuencias humanas del concepto.
Sobre los efectos, siento que hubo un doble filo: por un lado la estética pulida y la integración de prótesis, maquillaje y CGI consiguieron un mundo creíble y visualmente atractivo; por otro lado, varios reseñistas mencionaron el llamado “
valle inquietante”: los rostros de los surrogates a veces se sienten plásticos, lo que aumenta la distancia emocional. Algunos elogios vinieron para la dirección artística y la ambientación, que sí funcionan como argumento visual, pero la crítica técnica detectó una dependencia del efecto por el efecto, más que de una intención expresiva.
Al final, yo coincido con quienes dicen que «Surrogates» es más eficaz como espectáculo conceptual que como reflexión profunda: la dirección mantiene el interés y los efectos son honorables, pero la suma no siempre explora el corazón de la idea con la ternura o la brutalidad que merecía.