Me maravilla cómo un instante astronómico puede tener tantas interpretaciones en la vida cotidiana.
El equinoccio es, en esencia, el momento en que
el sol cruza el ecuador celeste y la Tierra recibe luz de manera casi igual en hemisferios opuestos: el día y la noche tienen duraciones muy parecidas. Astronómicamente, ese cruce marca el inicio de la primavera en el hemisferio norte (el llamado equinoccio vernal, alrededor del 20 o 21 de marzo) y, al mismo tiempo, el comienzo del otoño en el hemisferio sur. Es una
definición muy clara si la miras desde la geometría del sistema Tierra-Sol.
Sin
embargo, la experiencia humana no siempre sigue esa exactitud. Por un lado, la atmósfera terrestre y la manera en que definimos amanecer y ocaso hacen que el día «exactamente igual» y la noche no coincidan al segundo con el equinoccio; por otro lado, la temperatura y la vegetación respondan con retardo —el famoso desfase estacional—, así que muchas personas sienten la llegada de la primavera semanas después. Además, hay definiciones culturales y meteorológicas: meteorólogos suelen dividir las estaciones por meses (primavera: 1 de marzo a 31 de mayo en el norte), y tradiciones como «Nowruz» celebran el equinoccio como inicio de un nuevo ciclo.
En resumen, sí: el equinoccio marca el inicio de la primavera desde el punto de vista astronómico en el hemisferio correspondiente, pero en la práctica esa fecha convive con otras maneras de contar las estaciones y con lo que el clima y la naturaleza realmente nos muestran; personalmente me gusta pensar en él como un punto de partida simbólico más que como la primera flor que brota.