Mi abuela solía citar la parábola de «El buen samaritano» como ejemplo de humanidad, y cada vez que la buscaba en la Biblia la encontraba en el Evangelio de Lucas. Si la pregunta es sobre quién escribió el libro donde aparece ese relato, la tradición atribuye el tercer evangelio a Lucas, autor que reunió relatos, enseñanzas y posiblemente fuentes orales para componer su obra.
En términos sencillos: Jesús es quien cuenta la parábola, pero la versión escrita que conocemos fue puesta por Lucas. Me agrada pensar que la combinación de la voz de Jesús y el trabajo de Lucas permitió que esa historia siguiera llegando a nuevas generaciones.
Te lo digo sin rodeos: el relato conocido como «El buen samaritano» está recogido en el Evangelio de Lucas, y por tradición se atribuye a Lucas. Jesús es el narrador dentro de la historia, pero el texto tal como lo leemos fue registrado por el autor del tercer evangelio.
Me gusta pensar que esa colaboración —entre la enseñanza viva y la mano que la dejó por escrito— es lo que hace que el cuento siga tocando fibras hoy en día.
Siempre me sorprende cómo un texto tan breve puede hacerse tan memorable: el relato de «El buen samaritano» aparece en el Evangelio según San Lucas, concretamente en Lucas 10:25-37. Tradicionalmente se atribuye a Lucas, que habría recogido esa parábola tal como la transmitió la tradición cristiana. En la práctica, la historia es una enseñanza de Jesús sobre la compasión y el prójimo, pero la versión escrita que muchos consultamos hoy viene del autor del tercer evangelio.
He pasado tardes enteras leyendo distintas traducciones y comentarios sobre ese pasaje; algunos estudiosos hablan de fuentes orales que Lucas pudo usar y de cómo enlazó esa historia para reforzar su mensaje sobre la inclusión y la misericordia. Personalmente, siempre me ha gustado cómo una narración tan corta sigue generando debates y reflexión: el autor registrado es Lucas, pero la fuerza del texto la da quien lo contó y quienes lo transmitieron antes de que quedara por escrito.
Me interesa mucho la crítica textual, así que suelo mirar tanto la tradición como el contexto académico: «El buen samaritano» forma parte del Evangelio según Lucas (capítulo 10), y la autoría tradicional corresponde a Lucas. Los estudios modernos sugieren que Lucas escribió en griego y que recurrió a diversas fuentes —relatos orales, tal vez documentos comunes con Mateo— para componer su evangelio hacia finales del siglo I.
Desde una perspectiva analítica, es importante separar al narrador original (Jesús, que cuenta la parábola) del escritor que la recopiló y editó: ese escritor, según la tradición y la mayoría de los especialistas, es Lucas. Me fascina cómo esa combinación de relato oral y redacción cuidadosa ha permitido que la parábola conserve su poder a lo largo de los siglos.
2026-02-05 15:47:58
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Kaugnay na Mga Aklat
El Arquitecto De Mi Refugio
Ámbar O.
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Vanessa León tuvo un noviazgo de cinco años que fue el tema de conversación en todo Cartaluz por lo apasionado que era. Sin embargo, el día que debían presentarse en el registro civil, la dejó plantada.
Vanessa se hartó.
Hizo la promesa de terminar con todo y convertir a su prometido en un simple exnovio.
Pero, tras recibir una llamada y por impulso, terminó casándose con Rafael Cisneros, el hermano mayor de su ex. Él era alguien con quien ella siempre había tenido una relación distante y poco frecuente.
***
Rafael era el heredero más respetado de Cartaluz. Fundó un imperio financiero en el extranjero y se convirtió en un tiburón de los negocios al que todos temían.
Tras la boda, él se dedicó a consentir a Vanessa al máximo, cumpliendo cada uno de sus caprichos.
En una ocasión, su ex intentó humillarla y dijo que ella no valía nada.
Rafael le dio un golpe que lo mandó al suelo.
—Mi esposa es lo más valioso que tengo y mi mayor tesoro. No me importa cómo sea, yo la voy a adorar siempre. Si te atreves a decirle una sola palabra más, te largas de la familia y te borro de la historia de los Cisneros.
Mucho tiempo después, Vanessa descubrió que aquel hombre al que tanto respeto le tenía, llevaba diez años enamorado de ella en secreto. Todo lo que había pasado fue parte de un plan que él había preparado con paciencia.
Natalia Cantú conoció a Samuel Ximénez al borde de la muerte.
Como un caballero gentil, le hizo creer que estarían juntos de por vida.
Hasta que, engañada por él para que llevara el caso de divorcio de su primer amor, descubrió por accidente que cinco años de amor eran falsos, que el esposo obsesionado con mimarla era falso, ¡incluso su parálisis de las piernas era falsa!
Él sabía engañar y mentir, y ella también.
El día que obtuvo el divorcio, Natalia se convirtió en tendencia por las críticas. Ella aprovechó la situación y ganó notoriedad.
Un obsesivo magnate que la buscó durante cinco años voló esa misma noche, se arrodilló en un gesto solemne y, sosteniendo un anillo, le suplicó por su amor:
—Mi princesa, si ya me salvaste una vez, ¿cómo podrías abandonarme tan fácilmente?
Me llamo Ignacio Pérez.
Soy un hombre pobre, acorralado por las deudas y al borde de la desesperación.
Cuando ya no veía salida, apareció un hombre que me enseñó otro camino...
Y desde ese momento, mi vida cambió por completo.
Empecé a salir con el desgraciado de Iker Díaz, y todos creían que lo amaba más que a mi propia vida.
Cuando se metía en peleas y faltaba a clases, yo le pasaba mis apuntes.
Cuando coqueteaba con otras, yo le cubría las espaldas.
Me pasé tres años arrastrándome por él. Me desviví ayudándolo hasta que consiguió entrar a una universidad de élite, pero justo antes de que comenzaran las clases, me dejó.
Del otro lado de la línea, con la arrogancia de siempre, soltó:
—Sé que llevas años enamorada de mí, pero no haces más que estudiar. Al lado de Alicia, eres demasiado aburrida. Mejor dejémoslo aquí. Quiero estar con ella.
Todos esperaban que me derrumbara.
Miré el saldo de mi cuenta bancaria, donde acababan de depositarme cinco millones de dólares, y respondí con toda sinceridad:
—Está bien. Felicidades.
Nadie más sabía que había aceptado aquel trato sin poner una sola objeción solo porque su madre me había ofrecido demasiado dinero.
Ahora que el dinero ya estaba en mi cuenta, aunque él no me hubiera dejado, yo habría terminado con él de todos modos.
Tres días después de mi muerte, mi prometido Alberto recibió una llamada identificando mi cadáver.
Con impaciencia, dijo,-No me importa su muerte. Avísenme cuando la entierren.
La policía, impotente, llamó al segundo contacto de emergencia: mi amigo de la infancia, Luis.
Él se burló con indiferencia,-¿De verdad muerta? Pero no me toca recoger el cuerpo. Entonces quémenlo. Hagan lo que quieran con las cenizas.
Hasta que publicaron el acta de defunción en línea.
Solo una noche, el pelo de mi prometido y mi amigo se volvió gris.
Durante una delicada operación de trasplante de corazón, mi esposo insistió en que su amiga de la infancia, Sofía Sánchez, una simple estudiante en prácticas, fuera su asistente.
Solo porque la reprendí por llevar las uñas artificiales durante la cirugía, salió furiosa del quirófano.
Mi esposo, sin importarle el paciente en cirugía, la siguió para consolarla.
Le supliqué que volviera para terminar la operación, pero me respondió:
—Sofi está triste. ¿Puedes no hacer un escándalo en este momento? La operación puede esperar. ¿Qué importa eso comparado con Sofi?
Al final, el paciente fue abandonado en la mesa de operaciones durante cuarenta interminables minutos, muriendo de dolor.
Después descubrimos que el paciente era nada menos que el alcalde de nuestra ciudad, un hombre muy respetado.
Mi esposo y Sofía decidieron echarme la culpa del accidente médico:
—¡Si no hubieras hecho un escándalo en el quirófano y nos hubieras echado, el alcalde no habría muerto desangrado! ¡Todo es culpa tuya!
Al final, no pude defenderme. Fui condenada a cadena perpetua sufriendo en prisión hasta morir en prisión.
Mientras tanto, mi esposo y su amante caminaron hacia el altar y se casaron.
Al abrir los ojos de nuevo, me encontré de regreso en el día de la operación del alcalde en nuestro hospital.
Una imagen de la parábola se me quedó pegada: el hombre tirado en el camino, dos figuras religiosas que pasan y luego alguien inesperado que se baja del caballo. Cuando contemplo esa escena me viene lo esencial: la historia no es solo sobre bondad individual, sino sobre romper categorías sociales. Yo pienso en cómo muchas veces ponemos el respeto a la ley o las normas por encima del auxilio humano; el relato obliga a elegir la compasión sobre la rutina moral.
Desde mi experiencia tratando con gente diversa, veo la parábola como un empujón para actuar. No basta sentir pena, hace falta tocar, vendar, pagar por la curación. El samaritano se arriesga, gasta dinero y tiempo, y eso es lo que transforma la ley en vida concreta. En mi día a día, esto me recuerda que a veces los gestos pequeños —llevar a alguien al médico o acompañarlo en un momento difícil— tienen el mismo valor que grandes discursos.
Al final, lo que me deja la historia es una pregunta práctica: ¿a quién estoy dispuesto a reconocer como prójimo fuera de mi círculo? Esa pregunta me interpela cada vez que veo a alguien que necesita ayuda, y me empuja a responder con actos reales, no con palabras bonitas.
He observado que la historia del «Buen Samaritano» se ha colado en el cine de maneras muy distintas, aunque no existe una única versión canónica llamada exactamente «El buen samaritano» que todos reconozcan como la adaptación definitiva.
Yo, que voy coleccionando referencias de cine religioso y cortometrajes, he visto montones de piezas: desde cortos dramáticos que recrean la parábola de Lucas casi palabra por palabra, hasta reinterpretaciones contemporáneas que trasladan el acto de auxilio a barrios urbanos o carreteras modernas. Muchas de esas obras son producciones independientes, educativas o hechas por iglesias y festivales de cine religioso, no por los grandes estudios.
Si buscas una película larga de estudio con ese título, no es algo habitual; lo normal es toparse con episodios de series, cortos y montajes temáticos. En lo personal me fascina cómo, en cada versión, cambia el contexto pero sigue latente la pregunta sobre quién es el prójimo, y por eso esas adaptaciones pequeñas me parecen más frescas y potentes que una gran producción demasiado literal.
Siempre me ha llamado la atención cómo una misma frase —«El buen samaritano»— puede referirse a cosas tan distintas según el contexto.
Si hablas de la historia clásica, se trata de una parábola del evangelio de Lucas: es breve, con intención moral y funciona como cuento didáctico más que como novela. No tiene la extensión ni la complejidad de tramas de una novela; su fuerza está en la alegoría y en la imagen poderosa del acto de ayuda. En bibliotecas y estudios religiosos suele clasificarse entre parábolas o relatos breves.
Por otra parte, hay libros, relatos cortos y obras contemporáneas que han tomado ese título para explorar la idea desde nuevos ángulos. En esos casos es importante fijarse en el formato: si el texto desarrolla arcos de personajes largos, subtramas y cientos de páginas, entonces será una novela; si se concentra en un episodio compacto y en un golpe narrativo, será cuento o relato. Personalmente, prefiero las versiones cortas cuando quiero impacto inmediato, y las novelas cuando quiero perderme en matices; ambas funcionan, dependiendo de la intención del autor.