Me encanta cómo «El maestro de esgrima» te atrapa desde la primera página. Arturo Pérez‑Reverte es el autor: un narrador que mezcla misterio, elegancia y un sentido del honor muy marcado en sus personajes. La novela respira un Madrid decimonónico lleno de sombras y códigos antiguos, y la prosa de Pérez‑Reverte consigue que todo eso se sienta cercano y contundente.
Recuerdo haberla leído con una mezcla de curiosidad y respeto por la ambientación; hay escenas de esgrima que funcionan tanto a nivel físico como simbólico, y la intriga se va desplegando con paciencia. El autor, antes periodista, sabe cómo dosificar la información y mantener la tensión sin recurrir a trucos fáciles.
Al cerrar el libro me quedó la imagen de una época y de personajes complejos, y también la certeza de que fue Arturo Pérez‑Reverte quien lo escribió. Me dejó con ganas de volver a revisar algunos pasajes y de reencontrarme con ese Madrid tan bien dibujado.
Hace años que recomiendo «El maestro de esgrima» en tertulias literarias, y siempre digo lo mismo: fue escrito por Arturo Pérez‑Reverte. Me gusta traer a la conversación no solo el hecho del autor, sino cómo su experiencia periodística y su interés por lo histórico moldean la obra. La novela se siente estudiada, con una estructura que sostiene el suspense mientras explora temas como el honor, la decadencia social y la violencia soterrada.
Al analizarla con amigos, solemos detenernos en la ambientación: el Madrid que dibuja Pérez‑Reverte no es idealizado, sino lleno de matices, y eso hace que la intriga funcione mejor. Además, la manera en que plantea los duelos y la esgrima tiene un componente casi metafórico que me fascina. En definitiva, cuando menciono «El maestro de esgrima» siempre vinculo el título al nombre del autor con cierto orgullo lector: Arturo Pérez‑Reverte supo crear una novela que perdura.
En mi estantería hay un ejemplar gastado de «El maestro de esgrima» y siempre recuerdo que fue escrito por Arturo Pérez‑Reverte. Lo leí cuando buscaba novelas con misterio histórico y su nombre apareció una y otra vez; su estilo directo, con pinceladas de ironía y mucho pulso narrativo, es muy reconocible.
La novela no solo destaca por el misterio, sino por cómo retrata códigos de honor y una ciudad llena de contrastes. Pérez‑Reverte, con su bagaje como cronista, consigue que la trama avance al mismo tiempo que describe costumbres y ambientes, y eso le da mucha verosimilitud. Si alguien me pregunta por el autor, lo nombro sin titubear: Arturo Pérez‑Reverte, uno de los escritores españoles contemporáneos más hábiles en ese cruce entre historia y novela negra.
Al pensar en novelas que combinan misterio e historia, «El maestro de esgrima» viene a la mente inmediatamente y, claro, su autor es Arturo Pérez‑Reverte. Lo digo de forma sencilla porque el nombre se ha vuelto casi sinónimo de ese tipo de relatos: tramas donde el investigador improvisado enfrenta códigos antiguos y secretos personales.
Leí el libro con ganas de entender esa mezcla de investigación y atmósfera; la firma de Pérez‑Reverte se nota en la precisión del lenguaje y en la forma en que dosifica la información. Me dejó con la sensación de haber conocido un Madrid muy distinto y con personajes que no se olvidan fácil, así que siempre lo recomiendo cuando surge la conversación sobre buenos thrillers históricos.
2026-04-08 11:35:35
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Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre
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Después de descubrir que mi esposo, Leonardo Marchetti, no lograba olvidar a su primer amor, empecé a enseñarle a nuestra hija Sofia a llamarlo “tío Leonardo”.
Un día, Sofia se torció el tobillo en la escuela. En plena madrugada, Leonardo recibió una llamada: era Valentina quien lloraba al otro lado de la línea porque su hija, Lily, había tenido una pesadilla y no paraba de gritar que quería un padre. Leonardo se fue sin decir una palabra.
Mientras le ponía una compresa de hielo en el tobillo hinchado a Sofia, le susurré:
—Di “Adiós, tío Leonardo”.
Leonardo prometió ir al día deportivo de la escuela de Sofia. Entonces llamó Valentina, sollozando que Lily no tenía un padre que corriera con ella la carrera de tres piernas. Él se largó sin pensarlo dos veces.
En esa ocasión, solo le pasé el celular a Sofia y le dije que avisara a su maestra:
—El tío Leonardo dice que no va a poder venir.
Cada vez que pasaba, Sofia dudaba. No entendía por qué la obligaba a hacer eso.
Hasta que, un día, Leonardo por fin se dio cuenta de lo mucho que nos había fallado. Dejó de lado todos sus asuntos de la mafia para asistir al recital de piano de Sofia y juró que no se lo perdería.
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Empecé a salir con el desgraciado de Iker Díaz, y todos creían que lo amaba más que a mi propia vida.
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Cuando coqueteaba con otras, yo le cubría las espaldas.
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Del otro lado de la línea, con la arrogancia de siempre, soltó:
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Mi familia es humana. Sin embargo, se nos concedió una larga vida por el clan Thorne, algo cercano a la inmortalidad. Durante generaciones, hemos sido sus guardianes más leales.
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Todo esto era porque en mi vida pasada, había pasado toda mi existencia desesperada por la aprobación de mis hermanos, solo para terminar siendo despreciada por todos.
Cuando morí en el fuego cruzado de un tiroteo entre bandas, mi propio hijo empujó mi cuerpo con asco.
—Mamá, ¿de verdad desperdiciaste toda tu vida en una pelea tan insignificante con la tía Vivi? Morir por la familia hubiera sido un final más digno. Al menos así no habrías deshonrado nuestro nombre.
Dejé este mundo llena de resentimiento, solo para abrir los ojos y encontrarme de vuelta en el momento en que puse un pie por primera vez en la mansión Rogers.
Esta vez, he terminado de luchar.
El poder, el nombre y el honor. Les dejo que lo tengan todo.
Ya me aceptaron en un proyecto médico a puerta cerrada. Pronto no volverán a verme.
Me fascina cómo las adaptaciones españolas le dan vida a la prosa, y en la versión cinematográfica de «El maestro de esgrima» el personaje titular aparece muy bien trabajado en pantalla. En la película, el maestro de esgrima es interpretado por Héctor Alterio, cuya presencia veterana y voz grave le dan ese aire de autoridad y misterio que pide la historia. La manera en que mira las escenas, sus silencios y el gesto de las manos transmiten la experiencia de un hombre que vive entre sables y secretos.
Viendo la cinta ahora, se nota que Alterio no solo actúa al maestro, sino que lo encarna: su dobleces emocionales —entre la rectitud profesional y una vida privada compleja— quedan reflejadas en planos cortos que funcionan gracias a su interpretación. Me quedó la impresión de que fue una elección acertada para darle al personaje peso y credibilidad; ver sus escenas me hizo apreciar la sutileza con que se puede mostrar la tirantez entre técnica y honor en la esgrima.
El relato que despliega «El maestro de esgrima» me dejó una mezcla de nostalgia y suspense que todavía me acompaña cuando pienso en sus escenas.
La novela gira en torno a un maestro de esgrima mayor que representa un mundo de códigos, rituales y honor que ya no encaja en la ciudad cambiante que lo rodea. A partir de un crimen —un asesinato rodeado de misterio— se va tejiendo una trama donde la investigación y el recuerdo se entrelazan. No es tanto una novela policial clásica como una historia sobre la pérdida: de tiempos, de certezas, de una forma de entender la vida.
Lo que más me atrapó fue cómo el autor usa la esgrima no sólo como acción física, sino como metáfora de enfrentamientos sociales y personales; cada duelo o clase tiene ecos en las relaciones humanas y en la política de fuera. Al final, la sensación es de una época que se apaga y de personajes que resisten con dignidad y contradicciones, lo que me dejó con la impresión de que la verdadera lucha es mantener la propia identidad cuando todo cambia.
No puedo quitarme de la cabeza la mezcla de nostalgia y misterio que rodea a «El maestro de esgrima». En esa novela, el maestro Jaime Astarloa está siempre acompañado —en lo emocional y en lo narrativo— por una joven de presencia inquietante: Adela. Ella entra en su vida con un halo de secretos y ambigüedad, y su relación con él no es la típica de maestro y alumno; es más bien una tensión entre afecto, desconfianza y obligación social que impulsa gran parte de la trama.
Desde mi punto de vista, Adela funciona como el motor que saca a Astarloa de su rutina: no solo lo acompaña físicamente en escenas clave sino que también lo obliga a enfrentarse a sus principios y a la decadencia moral del entorno. Esa dualidad —compañera y detonante— es lo que me parece más fascinante, porque convierte a Adela en un personaje tan protagonista como el propio maestro.
Al cerrar el libro me quedó la imagen de ambos caminando por calles grises, con la espada y el silencio como únicos testigos; una pareja disfuncional, compleja y muy humana, que demuestra cómo a veces el acompañante principal no necesita ser un alumno formal para cambiar la vida del maestro.
Recuerdo con mucha claridad la atmósfera oscura y detallista que rodea a «El maestro de esgrima», y al hablar de esa película siempre me viene a la cabeza el nombre Pedro Olea. Él fue el director que llevó la novela de Arturo Pérez-Reverte a la pantalla grande, creando una adaptación que subraya la tensión política y personal del texto original.
Me sorprendió cómo Olea supo mantener el pulso de la época: los encuadres, la iluminación y el ritmo reflejan una España finisecular algo opresiva, donde los secretos y las pasiones se esconden tras una aparente respetabilidad. La película no es un espectáculo de acción, sino más bien un drama con atmósfera, y eso se nota en la dirección, que privilegia la economía de recursos y la precisión en los gestos.
Al salir del cine (o al verla más tarde en casa), me quedé pensando en lo bien que funcionan las adaptaciones cuando respetan el espíritu del libro sin intentar copiarlo al pie de la letra. Pedro Olea logró eso: una versión cinematográfica inteligentemente contenida, que me dejó con ganas de volver a leer la novela y descubrir detalles que en la película solo se insinúan.