Me sorprendió lo mucho que el actor principal cargó la película sobre sus hombros. Vi «65» un viernes por la noche y, aunque la premisa pueda sonar típica —astronautas, planeta hostil, criaturas prehistóricas—, Adam Driver convierte al protagonista en alguien reconocible y atractivo. Su personaje, Mills, no es el héroe perfecto; muestra cansancio, culpa y una responsabilidad que pesa, y Driver lo expresa con pequeños detalles: la postura, el silencio, la manera de invoicar esperanza.
Además, la película juega con la relación entre Mills y la joven Koa, interpretada por Ariana Greenblatt, y eso le da capas emocionales que el actor principal explota muy bien. Me pareció un trabajo convincente, alejado del estereotipo del héroe invencible, y por eso recuerdo especialmente su nombre después de ver los créditos.
Tengo en la memoria la escena de apertura de «65»: ahí fue imposible no fijarme en el protagonista. Yo me quedé pegado al asiento no solo por la acción, sino por la manera en que el personaje transmite agotamiento, miedo y determinación al mismo tiempo. El actor que interpreta a ese protagonista es Adam Driver; da vida a Mills, un astronauta atrapado en un planeta prehistórico, y su actuación sostiene gran parte del ritmo emocional de la película.
No puedo evitar comparar sus gestos y su forma de mirar con papeles anteriores que le vi, pero en «65» hay menos grandilocuencia y más desgaste real, como si cada decisión fuera una elección a vida o muerte. Al mismo tiempo, la química con Ariana Greenblatt, que interpreta a Koa, funciona muy bien y humaniza la trama. Salí con la sensación de haber visto a alguien que se arriesga a mostrar vulnerabilidad dentro de una película de ciencia ficción y supervivencia, algo que me gustó mucho y me quedó dando vueltas.
No imaginé que reconocer al protagonista fuera tan sencillo: es Adam Driver quien encarna a Mills en «65». Lo supe apenas comenzó la película, por la forma en que maneja la tensión silenciosa y la presencia física en escenas de riesgo. Vi la película con ganas de evasión y terminé apreciando la carga emocional que el protagonista aporta a la historia.
También noté que la química con la joven actriz Ariana Greenblatt ayuda a humanizar la odisea, y eso hace que el papel de Driver tenga más matices. Salí pensando que, aunque la película mezcla acción y efectos, el corazón late gracias a la interpretación del protagonista, y eso me dejó con una buena sensación general.
Al salir del cine pensé en el actor que llevaba todo el peso emocional de la historia y me vino a la cabeza Adam Driver inmediatamente. En «65» interpreta a Mills, un tipo perdido en un mundo que no entiende y obligado a tomar decisiones duras para sobrevivir; Driver hace creíble ese desgaste físico y psicológico, con momentos de silencio que hablan más que cualquier diálogo.
No soy de analizar cada interpretación, pero aquí me llamó la atención la mezcla de ternura y dureza que aporta al personaje. La relación con la joven Koa, interpretada por Ariana Greenblatt, funciona como contrapunto y revela distintas facetas del protagonista, desde la fragilidad hasta la determinación. Al final, lo que más me quedó fue la sensación de que el actor no sólo actúa: está viviendo esa experiencia, y eso siempre suma puntos para mí.
2026-04-30 13:25:32
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Kaugnay na Mga Aklat
52 Veces Despedida
María José Martínez López
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Después de cinco años de relación, mi novio, abogado, canceló nuestra boda… ¡52 veces!
La primera vez, me dejó plantada en la playa porque su pasante —una joven que trabajaba con él en el bufete— cometió un error llenando unos formularios, y él volvió corriendo a la oficina.
La segunda, justo cuando estábamos por casarnos, se enteró de que otro abogado estaba haciendo pasar un mal rato a la misma pasante y se fue a «ayudarla», dejándome sola ante las risas de todos los invitados.
Desde entonces, no importaba cuándo planeáramos la boda, ella siempre tenía un nuevo problema urgente que lo requería.
Hasta que un día, me harté.
Con el corazón roto pero la frente en alto, decidí terminar con todo.
Y ese día que me fui de Santa Lucía del Valle…
Él se volvió loco, buscándome por toda la ciudad.
El día de mi boda, mi hermana menor regresó al país de improviso.
Mis papás, mi hermano y mi prometido me dejaron sola y se fueron al aeropuerto a recibirla.
Mientras ella subía a sus redes una foto grupal, presumiendo que todo mundo la adoraba, yo marqué una y otra vez: me colgaron todas las llamadas.
El único que contestó fue mi prometido:
—No hagas un drama; la boda se puede volver a celebrar.
Ese día me convirtieron en el hazmerreír de la boda que tanto había esperado. La gente señalaba, se burlaba, y yo tragué en seco.
Respiré hondo, arreglé todo yo sola y, en mi diario, escribí un número nuevo: 99.
Era la decepción número noventa y nueve. Entendí que no iba a seguir esperando su amor.
Completé la solicitud para estudiar en el extranjero y empaqué mi maleta.
Todos creyeron que, por fin, me había calmado. No sabían que ya me iba.
Yo, con mi trastorno cognitivo, entré a un juego de terror. Para los demás, lo grotesco y espantoso es puro horror, pero en mi percepción, se transforma en belleza y pureza.
Así que, mientras todos luchan por sobrevivir, yo vivo esto como un juego de citas y crianza.
Trato al duende con apariencia de niña como una hija, al conde Vampiro de las tinieblas como a un esposo guapo, y a los espectros ancianos como a padres a los que venerar.
La primera vez que vi al conde, cubierto de sangre seca y con el rostro desfigurado, se me sonrojaron las mejillas.
—¡Qué guapo eres!
El conde se quedó desconcertado y preguntó en voz baja:
—¿De… de verdad soy guapo?
Me metí en una novela.
Y no como la protagonista ni como la villana, sino como una extra bonita, sin nombre, de esas que solo aparecen de fondo para rellenar escenas.
El problema es mi hermano mayor: de todos los personajes, es el único que se comporta como una persona normal, y justo por eso, en la novela lo pintan como el “amor imposible” de la protagonista: un dios frío, reservado, casi intocable, al que ella jamás logra conquistar.
Cuando ella se le declara entre lágrimas, él responde que está estudiando.
Cuando le promete entregarle todo, él dice que anda montando un negocio.
Cuando ella se deja caer y se pierde entre galanes, él ya está en la cima, con un éxito brutal y diez mil millones de dólares al año.
Yo, de verdad, pensé que iba a vivir en paz, sin deseos, sin tentaciones, así para siempre.
Hasta que una noche, ya de madrugada, lo encontré con una prenda que yo reconocería en cualquier parte entre sus manos… y, en voz baja, casi obsesivo, repitiendo un nombre una y otra vez.
Un nombre demasiado familiar, demasiado cercano.
Renací.
Volví a los 18 años, justo antes del examen de admisión a la universidad. Era el año en el que Diego Alonso más me amaba, y también el último.
Porque ya había conocido a su verdadero amor, Valeria Reyes, la mujer por la que se enamoraría de verdad.
Por ella, fue capaz de todo, al punto de que me pidió ser su novia, solo para distraerme de mis estudios.
Así que en lugar de la universidad de élite en la que hubiera podido entrar, terminé en una simplemente ordinaria.
Hasta fingió un accidente para retenerme y que me perdiera el concurso; todo para que Valeria ganara esa medalla de oro.
En otra ocasión, cuando Valeria perdió mucha sangre, él me manipuló para que donara una cantidad excesiva.
Esto arruinó mi salud para siempre, dejándome con dificultades para quedar embarazada.
Al final, Diego se vio forzado a casarse conmigo, pero pasaba los días sumido en la depresión, obsesionado con las fotos de su amor.
El día que supo que Valeria se casaba, me abandonó sin piedad y se quitó la vida por amor.
En esta vida, por fin estoy despierta. No volveré a amarlo.
Solo quiero ser egoísta, y amar únicamente a mí misma.
Entonces cuando Diego me preguntó con arrogancia:
—Renata, ¿quieres ser mi novia?
Yo, tranquilamente, negué con la cabeza.
—No.
Gemí su nombre. "Damien, todavía no te esfuerzas por conquistarme..."
Sonrió con sorna y me susurró al oído: "Me gusta ser duro, no esforzarme demasiado".
Cuando la madre de Lila Sinclair es condenada a cadena perpetua, su mundo se derrumba de la noche a la mañana. Sin otro lugar a donde ir, es acogida por Sebastian Blackwood, el antiguo amante de su madre. Un hombre poderoso y reservado que acepta darle refugio bajo estrictas condiciones.
Lila se instala en su casa... y en una vida que jamás pidió, compartiendo techo con dos hermanastros que lo cambian todo.
Damien es peligro envuelto en encanto... intenso, controlador e imposible de ignorar. Ethan, por otro lado, es estable, amable y le da estabilidad... el único lugar donde se siente segura cuando todo lo demás parece desmoronarse.
Pero la situación de Lila tiene una cláusula oculta: su estancia en el país es temporal. En 365 días, su protección legal expira. Para quedarse, debe casarse con uno de los herederos de los Blackwood.
Una casa. Dos hermanos. Doce meses de límites difusos, secretos enterrados y emociones que jamás debió sentir.
Mientras el deseo choca con la seguridad y la pasión lucha contra la paz, Lila se ve obligada a tomar una decisión que podría asegurar su futuro... o destruirlo por completo.
Me imagino este biopic como un carrete íntimo y vibrante: 65 minutos de cortes rápidos, silencios largos y risas que se cuelan entre escena y escena. Yo sería interpretado por Gael García Bernal porque tiene esa mezcla de fragilidad y fuego que necesito: puede sostener un monólogo en una cocina y también perderse en una multitud sin esfuerzo. En mi versión joven pondría a un actor emergente con esa mirada curiosa, alguien tipo Xolo Maridueña para las partes más impulsivas y de descubrimiento, y para la versión mayor escogería a un intérprete con rostro marcado por la vida, alguien como Javier Cámara que aporta ternura y resignación a partes más lentas.
Los papeles secundarios son igual de importantes: mi mejor amiga sería interpretada por Úrsula Corberó, con energía explosiva y sarcasmo afilado; mi madre por Penélope Cruz, cargando todo el peso emocional con elegancia; y el antagonista suave —esa voz interna que me sabotea— por un actor menos obvio, quizá Fernando Tejero, que sabe transformar la ironía en amenaza. Me gusta la idea de un cameo final de una directora famosa, alguien que en pocos minutos haga entender las capas del personaje.
Visualmente lo veo mitad road movie, mitad diario personal: planos cerrados, música que entra y sale, y saltos temporales que convierten 65 minutos en varias vidas comprimidas. Al final, lo que me interesa es que quien vea la película sienta que ese tiempo fue suficiente para conocerme, pero también para quedarse con ganas de más; esa sensación imperfecta es exactamente lo que quiero transmitir.