El Corán aborda la paz y el perdón como pilares fundamentales de la vida espiritual y social. En su esencia, promueve la reconciliación y la compasión, especialmente en versículos como 49:10, donde insta a los creyentes a «reconciliarse entre hermanos». La paz no es solo ausencia de conflicto, sino un estado activo de justicia y equilibrio. El perdón, por otro lado, se ejemplifica en historias como la de José, quien perdonó a sus hermanos pese a su traición. Esto refleja cómo el Corán vincula el perdón divino con el humano, como en 64:14: «Si perdonáis... Dios os perdonará». La paz interna y externa surge de este círculo virtuoso.
Además, el Corán distingue entre paz superficial y la llamada «paz justa». Sura 8:61 advierte que si el enemigo inclina hacia la paz, los creyentes deben responder igual. Pero también establece límites: no se debe confundir perdón con permisividad ante la opresión. Sura 42:40-43 equilibra esto, sugiriendo que la retribución debe ser proporcional, pero «perdonar es mejor». La paz aquí es dinámica, requiere esfuerzo colectivo e individual, mientras el perdón libera tanto al ofendido como al ofensor. Al final, el Corán propone una paz arraigada en la memoria de Dios, no en el olvido.
El Corán enseña que la paz verdadera nace del corazón que perdona. Versículos como 3:134 hablan de «aquellos que reprimen su ira», mostrando autocontrol como acto de fe. El perdón no es debilidad, sino fortaleza espiritual. Sura 24:22 incluso pide excusar a los ancianos o necesitados, integrando misericordia en lo cotidiano. La paz coránica no es pasiva: exige acción, como mediación (4:128) o generosidad. Pero también reconoce emociones humanas—no reprimirlas, sino trascenderlas. Así, perdón y paz son prácticas, no solo ideales.
2026-01-07 15:35:49
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Kaugnay na Mga Aklat
A ella la salvó, a mí me abandonó
Ignacia Fabara
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Si tú y el primer amor de tu esposo sufren un accidente al mismo tiempo, ¿a quién rescataría él?
Alejandro García alzó a su primer amor en brazos y se marchó. La vida se desvaneció: el hijo se había perdido y, con él, murió por dentro Sofía Herrera.
Un acuerdo le había dado a Sofía la oportunidad de casarse con el hombre al que más quería.
Todos sabían que había conseguido ese matrimonio luego de romper la relación entre Alejandro y su primer amor. Todo para quedárselo.
Ella creyó que el tiempo lo haría valorarla, que eventualmente llegaría el momento en que él la mirara de verdad.
Hasta el día en que tuvo que enterrar con sus propias manos los restos del bebé de tres meses que nunca llegó a nacer. Fue entonces cuando finalmente abrió los ojos.
—Divorciémonos.
Un acuerdo sencillo, para quedar a mano.
Tres meses más tarde, bajo las luces brillantes y entre el murmullo de la multitud, ella subió al escenario a recibir un reconocimiento. Él la miró con sorpresa por algunos segundos antes de voltearse hacia los presentes con calma y decir:
—Así es, ella es mi esposa.
—¿Esposa?
Sofía dibujó una sonrisa en sus labios mientras le pasaba el acuerdo de divorcio.
—Disculpe, señor García, ahora soy su exesposa.
Ese hombre siempre tan sereno y frío perdió el control en ese instante. Con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada, gritó:
—¿Exesposa? ¡Yo jamás acepté eso!
Tras morir, desperté dentro de un juego de conquista amorosa. El sistema me asignó tres objetivos de conquista.
Si seguía las instrucciones del sistema y lograba conquistar a cualquiera de ellos, podría volver a mi mundo original y revivir.
A partir de mi experiencia, preparé para cada uno una ruta de conquista impecable. Sin embargo, creí que no había logrado conquistar a ninguno.
Porque, a mis ojos, todos habían terminado atraídos por la protagonista de ese mundo, la protegida de todos.
Los vi decirme cosas cada vez más crueles, como si quisieran verme muerta cuanto antes.
Y tal como ellos querían, cuando fallé la misión, el sistema me eliminó.
Pero cuando me vieron morir, todos se arrepintieron.
Y rogaron al cielo que me devolviera a su lado.
Diego Pinto organizó sesenta y seis viajes solo para pedirme matrimonio.
Y fue recién en el intento número sesenta y siete que logró de verdad tocarme el corazón.
El día después de la boda, le preparé sesenta y seis tarjetas de perdón.
Teníamos un trato: cada vez que me hiciera enojar, podía usar una para ganarse mi perdón sin discusiones.
Durante seis años de matrimonio, cada vez que me enojaba por su amiga de toda la vida, él venía y me pedía que le quitara una tarjeta.
Pero cuando usó la tarjeta número 64, Diego se dio cuenta de que algo en mí ya había cambiado.
Cuando el primer amor de mi esposo descubrió que estaba embarazada, me empujó deliberadamente por la borda del crucero.
Pero en lugar de gritar pidiendo ayuda, agarré a Camila —mi suegra, la madre de León— que también había caído al agua, y juntas luchamos por sobrevivir.
En mi vida anterior, había gritado desesperadamente en el mar, por lo que mi esposo organizó de inmediato un equipo de rescate que nos salvó a ambas.
Pero las manchas de sangre de su primer amor atrajeron tiburones que la devoraron viva.
Después de que ella muriera, mi esposo dijo que no merecía ninguna lástima por haberme empujado al agua, y aunque yo estaba aterrorizada, él accedía a todos mis caprichos.
Sin embargo cuando nuestro hijo nació, ocurrió que él usó la tablilla conmemorativa de su primer amor para golpear al bebé hasta matarlo.
—¡Todo es culpa tuya, maldita, por hacerme perder a mi verdadero amor! ¡Ahora sabrás lo que se siente al perder a alguien!
Con todas mis fuerzas, hice que él y yo muriéramos juntos. Cuando volví a abrir los ojos, descubrí con asombro que había regresado a ese mismo mar.
Como la única hija de Carlos Navarro, el rey de las apuestas, mi vida desde siempre estuvo marcada por la sombra del caos y el peligro.
Desde que era pequeña, mi papá me rodeó de nueve guardaespaldas leales para protegerme, listos para sacrificarse por mí.
Ya de adulta, él me hizo una petición: que eligiera a uno de ellos como mi prometido.
Pero tomé una decisión muy clara: alejé de mi lado a Alberto Oliveira, el único hombre que realmente había ocupado mi corazón por tanto tiempo.
Lo hice por esto: en mi otra vida, justo el día de la ceremonia de compromiso, unos enemigos me secuestraron.
Mientras me estaban clavando agujas envenenadas en las manos, temblando del dolor más terrible, llamé a Alberto, suplicándole que viniera. Pero su respuesta fue helada, sin una pizca de empatía.
—Andrea Navarro, ya deja de hacer tus teatros. ¿Tu ubicación no miente, no? ¡Sigues cómodamente instalada en la suite del hotel! Qué asco, usar un truco tan bajo solo para intentar atraparme...
Al escuchar aquellas risas de mujer al otro lado de la línea, sentí un golpe mortal. Cerré los ojos, totalmente consumida por la derrota.
Cuando la jaula metálica se hundió en el mar y el agua gélida me invadió, llenándome la nariz y la boca, sentí cómo la vida se me escurrió del cuerpo, gota a gota.
Volví a despertar... Esta vez, era el día en que mi padre me pidió que eligiera a mi prometido. Y esta vez, no dudé ni un segundo en borrar el nombre de Alberto de la lista.
Sin embargo, durante mi compromiso con Leonardo Pinto, ¿por qué era él quien estaba suplicándome entre lágrimas que me casara con él?
Cuando descubrí que estaba embarazada, Miguel Michaus gastó una fortuna en contratar a un médico de renombre para que me prescribiera medicamentos para proteger al bebé.
Él, que jamás fue creyente, se arrodilló en una iglesia durante horas, rogando que yo pudiera dar a luz sana y salva.
—Amor, has sufrido mucho. Cuando nazca el bebé, te lo voy a compensar como te lo mereces.
Ese mismo día, por accidente, contesté una llamada en su lugar.
—Señor Michaus, tal como indicó, a los medicamentos de la señora ya se les añadió el fármaco esterilizante. Cuando llegue el momento, el bebé nacerá sin vida. En cambio, el hijo de la señorita López está perfectamente sano; nacerá sin complicaciones y se convertirá en el heredero del Grupo Michaus. La señora Santerbás no notará nada, ni se dará cuenta; no se verá afectada su relación con usted. Esté tranquilo.
Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Jamás imaginé que su amor fuera tan falso.
Así que ya no tenía nada que me retuviera.
Firmé los papeles del divorcio y elegí marcharme.