Tengo una caja de trucos llena de ejercicios de pensamiento positivo para niños que siempre me gusta compartir cuando veo a peques con ganas de intentar algo nuevo.
Empiezo con afirmaciones cortas y juguetonas: les pido que elijan 3 frases que suenen reales para ellos, por ejemplo ‘soy curioso’, ‘puedo intentar otra vez’ o ‘hago lo mejor que puedo hoy’. Las decimos en voz alta frente al espejo como si fueran hechizos: primero con voz de monstruo (para soltar el miedo), luego normal, y por último susurradas antes de dormir. Es un ejercicio que cambia la energía y enseña que las palabras importan.
Otro ejercicio es la visualización con detalles sensoriales: les pido que cierren los ojos e imaginen una escena donde ya han conseguido algo pequeño (colocar una ficha, terminar un dibujo). Les pregunto qué ven, qué huele, qué sienten en las manos; cuanto más concreto, mejor. Completo con un juego de reframing: cada vez que dicen “no puedo”, les reto a añadir “aún” y a pensar en un paso pequeño para acercarse a eso.
Me encanta terminar con una actividad creativa: un tarro de gratitud donde cada día dejan un papelito con algo bueno que pasó. Ver el tarro llenarse funciona como comprobante físico de progreso y optimismo. Al final siento que estos ejercicios hacen que los niños manejen mejor sus emociones y disfruten del proceso, no solo del resultado.
Hay rituales cortos que siempre vuelvo a recomendar porque ocupan poco tiempo y son potentes: en mi casa probamos uno antes de dormir llamado ‘cuento de lo bueno’. Cada niño dice una cosa que hizo bien y una cosa que le gustaría intentar mañana; lo narramos como si fuera parte de una historia.
Otro ejercicio rápido es la ‘mirada amable’: frente al espejo, se buscan un rasgo que les guste (una sonrisa, unas manos) y lo agradecen en voz alta. También practico el anclaje con los cinco sentidos: encuentro 5 cosas que ver, 4 que tocar, 3 que oír, 2 que oler y 1 que saborear; ayuda a volver al presente cuando la ansiedad aparece.
Por último, recomiendo pequeñas misiones de bondad: escribir una nota positiva para un amigo o ayudar a recoger juguetes. Estas acciones refuerzan la idea de que pensar en positivo no es automático, se construye con hábitos simples. Me quedo con la sensación de que, con juegos cortos y repetidos, los niños hacen suyo el optimismo sin sentir presión.
En tardes largas con niños, descubro que convertir los ejercicios en mini-juegos hace que el pensamiento positivo se practique sin que lo noten.
Por ejemplo, el juego de las cinco cosas buenas: antes de acostarse cada niño dice cinco cosas que fueron bien ese día, pero con una condición: una debe ser sobre sí mismo. Lo hace divertido pedirles que lo digan con voz de presentador de programa. Otro ejercicio útil es la respiración tridimensional (manos en caja torácico y barriga): inhalan contando hasta 3, sostienen 2, exhalan 4; repiten tres veces y describen cómo cambió su cuerpo. Es ideal para momentos de estrés o antes de un examen escolar.
También empleo historias donde el héroe empieza con dudas y usa pensamientos positivos para avanzar. Después les pido que dibujen la solución que usó el héroe; eso les da herramientas concretas para aplicar en su vida. Para niños más pequeños, uso tarjetas con dibujos de emociones y les pido que las reemplacen por tarjetas de acción (respirar, pedir ayuda, abrazar a un peluche). Al ver cómo responden, me convenzo de que estos ejercicios son fáciles de introducir y ofrecen recursos reales para que los niños gestionen la frustración con creatividad y calma.
2026-04-21 12:49:22
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Otro pilar es el palacio de la memoria. Al principio parecía una técnica de magos, pero creando rutas mentales y anclando información en habitaciones imaginarias logré memorizar listas largas y argumentos de libros con relativa facilidad. Complemento esto con prácticas de recuperación activa: en lugar de releer, intento recordar todo lo posible de lo que estudié y luego corrijo errores. También uso ejercicios de trabajo de atención sostenida, como sesiones de 25 minutos de tarea concentrada seguidas de pausas breves (la técnica Pomodoro), y alterno con juegos que desafían la memoria de trabajo, por ejemplo dual‑n‑back o puzles lógicos.
No olvido el cuerpo: correr, nadar o simplemente caminar rápido mejora mi claridad mental al día siguiente. Dormir bien y mantener una alimentación que incluya grasas saludables y verduras marca una diferencia visible en mi capacidad de concentración. Al final del día, escribo un breve resumen de lo aprendido; ese hábito refuerza la consolidación y me da una sensación real de progreso. Me encanta cómo estos ejercicios, combinados, transforman la sensación de tener una mente más flexible y resistente.
Me doy cuenta de que cambiar el chip hacia una actitud más positiva no siempre requiere grandes gestos, sino hábitos pequeños y repetidos. Una práctica que me funciona es el diario de gratitud: cada noche anoto tres cosas concretas que salieron bien (aunque sean pequeñas, como un paseo agradable o un café caliente). Lo hago en 5 minutos y, con el tiempo, mi cabeza busca esos momentos buenos durante el día. Para hacerlo más social, he empezado retos de 30 días con amigos del barrio: cada uno comparte una foto o una frase positiva en un grupo y eso crea una energía contagiosa.
Otro ejercicio práctico es el reencuadre cognitivo: cuando surge un pensamiento negativo lo detengo con una pausa de 10 segundos, lo escribo y lo reformulo en al menos dos versiones alternativas más realistas o útiles. Por ejemplo, cambiar «nunca me sale bien» por «esta vez fallé, pero aprendí qué ajustar». Complemento esto con actividad física ligera: paseos de 30 minutos, bicicleta o una clase de baile; el movimiento mejora el estado de ánimo y facilita ver las cosas con más distancia.
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