Me encanta cómo los cómics plantean el origen de «Howard el Pato» con una mezcla de locura y melancolía que todavía funciona. En las páginas originales creadas por Steve Gerber y Val Mayerik, Howard proviene de un mundo poblado por
patos antropomórficos —a menudo referido simplemente como el mundo de los patos— y, por un giro absurdo del destino, es arrastrado hasta nuestro planeta a través de un portal interdimensional. Aparece por primera vez en «Adventure into Fear» #19 (1973) y poco después tuvo su propia serie donde se explora esa condición de forastero permanente.
La narrativa no se queda en la explicación técnica del viaje: lo interesante es cómo Gerber usa ese traslado para poner a Howard como un espejo irónico de la sociedad humana. En la Tierra se convierte en un «hombre pato» desubicado que termina en Cleveland y entabla amistad con personajes mortales como Beverly, lo que da pie a un cóctel de sátira social, humor oscuro y reflexiones extrañas sobre la identidad. A lo largo de los años otras cabeceras y guionistas han matizado o retocado detalles —hablando de
multiversos y realidades alternas— pero la idea central se mantiene: un pato fuera de su mundo, obligadamente visitante de la Tierra.
Me sigue pareciendo fascinante que un concepto aparentemente simple abra tanto espacio para crítica y ternura; esa mezcla es la que, para mí, hace que «Howard el Pato» no sea solo un gag, sino un personaje con alma.