Mientras repasaba escenas y páginas de «Juego de Tronos», me sorprendió volver a notar cuánto depende Melisandre del fuego como vehículo de poder. Desde mi punto de vista más joven y un poco obsesionado con teorías, su principal atributo es la visión en llamas: mira fuego y extrae símbolos, rostros y
presagios. Eso la convierte en profeta, pero también en intérprete. Lo que ve no siempre es literal; muchas veces proyecta deseos propios sobre esas visiones y eso la lleva a decisiones catastróficas.
También tengo muy presente su uso de la sangre y los rituales. En ambos medios aparece la idea de que la
sangre real o de personajes importantes otorga eficacia a sus
hechizos: quemas, sacrificios y pócimas que buscan torcer la fortuna. En la serie, su famosa habilidad de revivir a Jon Snow muestra que su fe y sus rituales tienen resultados palpables, aunque se apoye en una mitología mayor (R'hllor). Por último, su capacidad de cambiar su aspecto mediante una joya es un recurso narrativo potente: la transforma en un símbolo de belleza y tentación, pero bajo esa fachada hay edad, fatiga y duda.
Me encanta cómo todo esto la convierte en alguien tan ambivalente: poderosa, imperfecta y constantemente en combate con la propia fe.