Me encanta recordar lo que escuché sobre la preparación de Jonathan Pryce para «The Two Popes» porque fue un trabajo de capas y sutilezas que le permitió convertirse en algo más que una imitación: construyó una presencia. Yo, que llevo años viendo actuaciones transformadoras, noté que su proceso incluyó mucha investigación directa: devoró entrevistas, homilías y apariciones públicas de Jorge Bergoglio para captar no solo las palabras, sino los silencios, las pausas y ese modo de hablar tranquilo que transmite cercanía.
Además, Pryce trabajó de cerca con el director y con coaches de dialecto y movimiento para ajustar el ritmo de su voz y su postura. No se trató solo de adoptar un acento; buscó entender la formación jesuita y el trasfondo humano del personaje, lo que se traduce en decisiones pequeñas —un gesto con la mano, una inclinación de la cabeza— que hacen creíble la bondad y la tensión interna del Papa. También hubo maquillaje y caracterización para aproximar rasgos y edad sin convertirlo en una caricatura.
Lo que más me quedó fue que Pryce quería evitar la sensación de estar simplemente “imitando” a una figura real. Se dedicó a encontrar la verdad emocional del hombre detrás del título, dialogando con Anthony Hopkins para crear complicidad y contraste. Y sí: después del estreno ambos actores incluso tuvieron una audiencia con el verdadero Papa Francisco, un gesto que cerró el círculo entre la investigación y la vida real. En mi opinión, ese enfoque respetuoso y detallista es lo que hace que su interpretación funcione tan bien en «The Two Popes».
Me resultó conmovedor ver cómo Pryce tomó la humanidad de Bergoglio como punto de partida: en lugar de construir una máscara, buscó la sencillez detrás del cargo. He leído que pasó mucho tiempo viendo videos y escuchando entrevistas para captar el tono, la cadencia y esas pausas que hacen creíble a una figura tan compleja.
También noté en pantalla el trabajo físico: postura más recogida, movimientos medidos y un uso muy cuidado de la mirada, detalles que se apoyan en la labor del equipo de caracterización y en el entrenamiento vocal. En conjunto, su preparación mezcla investigación documental, práctica con coaches y una intención clara de respetar y entender al hombre que interpretaba, lo que al final se siente honesto y cercano en «The Two Popes».
No puedo dejar de pensar en lo técnico y a la vez íntimo que fue el enfoque de Pryce; desde mi punto de vista de alguien que ha hecho teatro aficionado, lo que hizo fue estudiar el material como si fuera partitura. Leyó discursos, cartas y testimonios para entender el trasfondo pastoral y humano de Bergoglio, y luego lo tradujo a acciones concretas en escena: maneras de mirara, respiración, tempo del habla. Esa clase de trabajo fino le permite a un actor reaccionar en el momento sin perder la coherencia del personaje.
También sé que hubo apoyo profesional: coaches de acento para suavizar el inglés con matices sudamericanos, ensayos extensos con Anthony Hopkins para forjar esa química de diálogo que es el corazón de «The Two Popes», y sesiones con el equipo de maquillaje y vestuario para que la estética reforzara la interpretación sin eclipsarla. Pryce no hizo un gesto grande para decir “este es Bergoglio”; optó por modulación y economía.
Como espectador que admira la artesanía actoral, valoro que Pryce se esforzara por conservar la dignidad humana del personaje y evitar la parodia. La reunión posterior con el Papa Francisco también me parece significativa: es un reconocimiento público de que la representación fue hecha con respeto. En suma, su preparación fue una mezcla de estudio documental, trabajo corporal y creación de relación dramática, todo al servicio de la verdad del personaje.
2026-07-13 10:00:52
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sonnyiswriting
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—Vas a correr a la cuenta de tres, Janice Cross —susurró—. Y asegúrate de que no te encontremos.
—No… Lucian. —Dirigí mi mirada hacia los hombres a ambos lados de él, suplicándoles que dijeran algo. Que me ayudaran. —Calder, por favor… Aiden…
Ambos giraron la cabeza. Ni siquiera pudieron mirarme a los ojos mientras elegían a su hermano.
—Uno.
—Lucian…
—Dos.
—No fue mi intención.
—Tres.
***
Tras perder al hombre con el que creía que se casaría y a sus padres en una semana, Janice solo quiere cuidar de su hermana enferma. No quiere un hombre. No quiere tres hombres.
Pero una noche basta para cambiar su vida y guiarla hacia un nuevo camino.
Aiden Grant. Calder Vaughn. Lucian Graves.
Ella no espera que la línea divisoria se difumine cuando se trata de estos hombres mayores. Y cuando la relación termine, no espera que estos hombres sigan deseándola con la misma intensidad con la que ella los desea a ellos.
Cuando abrí los ojos, mi hermana, Serena Shaw, estaba arrodillada frente a mí, llorando con un cuchillo de frutas presionado contra su muñeca.
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Casi me reí.
Porque ya había visto esa escena antes.
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Todos la consolaron.
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Y yo le creí.
Desperdicié cinco años al lado de un esposo que amaba a mi hermana, esperando a un hombre que ya se había casado con ella.
Luego Serena murió.
Pensé que Lucas por fin volvería conmigo.
Pero, en lugar de eso, lo encontré en la funeraria, abrazando su fotografía como si hubiera perdido al amor de su vida.
—Ella era mi esposa —me dijo—. Déjalo ir, Nora.
En mi fiesta de cumpleaños, Lucas y Graham se pelearon por Serena en la azotea.
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El otro nunca había dejado de amarla.
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Cuando volví a abrir los ojos, regresé al principio.
Esta vez, pensé que yo era la única que recordaba todo.
Estaba equivocada.
Lucas recordaba.
Graham recordaba.
Y aun con una segunda oportunidad, ambos seguían eligiendo a Serena.
Pero esta vez no permitiría que me cambiaran, me eligieran o me desecharan.
Esta vez, iba a construir algo que ninguno de ellos pudiera arrebatarme.
Soy una mujer lobo, con ocho meses de embarazo del cachorro híbrido de mi compañero vampiro.
Cuando comenzaron las contracciones, mi compañero vampiro, Justin, me encerró en un ataúd de hielo tallado con runas destinadas a suprimir el parto.
Grité. Le supliqué. Y él solo dijo: —Espera.
Pero todo esto era por su amor de la infancia. Isolde. La vampira de sangre pura había usado magia oscura de sangre para gestar a su heredero de sangre pura sin haber tenido relaciones.
El primer niño vampiro nacido en un milenio recibiría la bendición suprema del Progenitor. Purificaría la línea de sangre. Rompería una maldición que se había estado gestando durante generaciones.
—Ese honor le pertenece al niño de Isolde —dijo Justin, con la voz absolutamente gélida—. Ya tienes mi amor, Gracie. Este ataúd solo garantiza que des a luz después que ella.
El dolor de las contracciones me desgarraba. Le supliqué que me llevara al Santuario de la Fuente de Sangre.
Sin embargo, se inclinó hacia mí con sus dedos fríos sujetando mi barbilla.
—Deja de actuar. Debí haberlo visto antes. Tú nunca me amaste. Eras una paria en el mundo de los hombres lobo. Solo querías mi poder y mi título. Estás tan desesperada que pondrías en riesgo a nuestro hijo con tus trucos salvajes de loba, solo para arruinar la bendición de un sangre pura… Eres venenosa.
Las lágrimas corrían por mi rostro. Temblaba, mi voz estaba hecha pedazos.
—El cachorro ya viene… no puedo detenerlo. Por favor, haré un juramento de sangre. No me importa la bendición. ¡Solo te quiero a ti!
Él se burló, con un destello de dolorosa traición en sus ojos.
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Sin embargo, durante mi compromiso con Leonardo Pinto, ¿por qué era él quien estaba suplicándome entre lágrimas que me casara con él?
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La primera vez, destrocé todas las lámparas de piedra lunar de la habitación y tiré su ropa bajo la lluvia.
La segunda vez, lloré hasta dejar a mi loba afónica. Le preguntaba por qué tenía que ser yo quien se mantuviera a un lado.
La tercera vez, le rogué que dejara al menos una maleta, pues me aterrorizaba la idea de que no regresara jamás.
Cuando sucedió por quinta vez, ya había aprendido a doblar sus abrigos, prepararle el equipaje y guardar silencio para evitar su furia.
Siempre me besaba la frente y juraba:
—Siete días. Te prometo que será la última vez.
Siempre creí en su palabra. Hasta la sexta vez.
Cuando Silas me pidió que me hiciera a un lado de nuevo, le deslicé unos papeles en su escritorio sin que se diera cuenta. Firmó sin ver la portada si quiera, asumiendo que se trataba de otro formulario temporal para autorizar a una Luna sustituta. Él estaba tan ocupado pensando en esa otra hembra que no se dio cuenta de que firmó su propia condena.
Para entonces, yo ya había planificado todo y él no lo sabía...
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Pero cuando lo acusaron y terminó en la cárcel, no dudé en dar media vuelta y desaparecer de su vida. Me refugié en los brazos de su mejor amigo, buscando un poco de paz.
Cuando Bruno salió, volvió con más poder, más rabia… y me obligó a casarme con él. No le importó cómo: usó todo lo que tenía para hacerme suya otra vez.
Para todos, éramos la pareja perfecta, el amor que lo aguantó todo.
Pero nadie sabía que, cada noche, él llevaba a otra mujer a nuestra cama... incluso a mi propia hermana.
Decía que ese era el precio por haberlo traicionado.
Lo que Bruno nunca imaginó es que, mientras todos lo creían culpable, yo me metí en una red criminal para limpiar su nombre.
Y que, para conseguir esa prueba, perdí un riñón y medio hígado.
Lástima que... ya no me queda mucho tiempo.
Recuerdo la primera vez que puse «Brazil» y quedé pegado a la pantalla: Jonathan Pryce encarna a Sam Lowry, un tipo soñador y torpe atrapado en una burocracia distópica que se siente tan absurda como aterradora. Su interpretación tiene una mezcla de ternura y desesperación que todavía me estremece; es el papel que muchos citan cuando hablan de su habilidad para mezclar comicidad con tragedia. Esa película marcó el inicio de una carrera cinematográfica muy variada donde Pryce se mete en pieles completamente distintas.
Con los años lo vi en papeles más duros y reconocibles: en «Tomorrow Never Dies» fue el implacable magnate de los medios Elliot Carver, un villano elegante y calculador que revela otra faceta de su rango actoral. Luego, en «Evita» dio vida a Juan Domingo Perón, con una presencia que sostiene las escenas políticas y románticas por igual. Más tarde lo encontré como el bondadoso pero serio Governor Weatherby Swann en las películas de «Piratas del Caribe», un rol que aporta humanidad en medio del caos pirata.
Y no puedo olvidarme de su trabajo reciente en «The Wife» como Joe Castleman, el escritor cuya gloria se ve puesta a prueba, ni de «The Two Popes», donde interpreta a Jorge Bergoglio/Papa Francisco con una mezcla sutil de humildad y fuerza interior. Cada uno de esos papeles me dejó la sensación de que Pryce disfruta reinventarse; verlo actuar es siempre una lección de matices y sutilezas.
Me viene a la cabeza una imagen poderosa: Pryce en el escenario transformando un papel en algo inolvidable. Uno de los papeles que más marcó su carrera fue, sin duda, el del Ingeniero en «Miss Saigon». Ese personaje le permitió mostrar una mezcla explosiva de carisma, ambigüedad moral y virtuosismo actoral; no solo canta y maneja el ritmo del musical, sino que lo convierte en un retrato humano complejo. Para mucha gente ese papel fue su carta de presentación ante el gran público, porque condensó su facilidad para alternar entre lo grotesco y lo entrañable.
Además, lo que definió a Pryce a lo largo de décadas fue su relación con el teatro clásico y contemporáneo: roles dramáticos en obras serias, tanto de dramaturgos modernos como en repertorio shakesperiano, le dieron esa base de disciplina, dicción y presencia que luego trasladó a cine y televisión. En el teatro mostró una elasticidad impresionante: podía ser amenazante, frágil o cómico con igual credibilidad. Esa versatilidad —la capacidad de adoptar voces físicas y psicológicas muy distintas— es lo que, para mí, define su sello escénico. Al salir del teatro uno tenía la sensación de haber visto a alguien capaz de convertir cualquier personaje en una experiencia memorable.
Hace años que sigo la carrera de Jonathan Pryce y me encanta cómo ha sabido reinventarse sin perder esa presencia tan característica.
En lo estrictamente cinematográfico, su trabajo más reciente y visible incluye títulos como «The Two Popes» y la inolvidable colaboración con Terry Gilliam en «The Man Who Killed Don Quixote», que muestran bien el rango que todavía explora: desde biografías íntimas hasta comedias dramáticas extrañas. En los últimos años también lo he visto moverse entre producciones de estudio y proyectos más independientes, alternando papeles protagonistas con interpretaciones secundarias de mucho peso.
Ahora mismo, en mi lectura de su trayectoria, Pryce está centrado en dramas de autor y en papeles que le permitan explorar personajes complejos y ambivalentes; también ha participado en series y proyectos de plataforma que, aunque no sean puramente cinematográficos, suelen terminar alimentando su agenda para la gran pantalla. Me resulta fascinante ver a alguien de su generación seguir eligiendo papeles que desafían expectativas, y eso hace que cualquier proyecto nuevo suyo sea digno de atención para quienes amamos el cine con sabor a personaje.