Tengo una fascinación por ver a actores que dan el salto detrás de la cámara, y
jonah hill lo hizo con una confianza sorprendente al dirigir proyectos muy personales.
Como fan que sigue cine indie y mainstream por igual, para mí las dos piezas que realmente definen su carrera como cineasta son la película «Mid90s» (2018) y el documental «Stutz» (2022). «Mid90s» es su debut como director y guionista: una película de coming‑of‑age ambientada en la cultura del skate de los noventa, rodada con un pulso nostálgico y una estética que remite a la época (se nota la influencia del 16 mm y una banda sonora que suena orgánica). Lo que más me llamó la atención fue cómo Hill quiso contar esa historia desde una mirada muy íntima y sin glamourizar demasiado; el casting incluyó rostros jóvenes y, en general, el tono es honesto, crudo y, a
ratos, dolorosamente dulce.
Por otro lado, «Stutz» es un giro radical: es un documental íntimo y terapéutico centrado en el propio terapeuta de Hill, el Dr. Phil Stutz. Allí Jonah adopta un papel distinto: no solo
dirige, sino que se muestra vulnerable, conversando abiertamente sobre salud mental, métodos terapéuticos y herramientas prácticas. Es más confesional que «Mid90s» y demuestra que su interés como cineasta no es solo narrar historias de ficción, sino explorar la experiencia humana desde ángulos más íntimos. Ambas piezas revelan a un cineasta que prefiere el riesgo emocional a la fórmula segura.
Además de esos dos trabajos, Hill ha participado en la realización de materiales más pequeños y personales —clips, entrevistas extendidas y contenido detrás de cámaras—, pero si hablo de proyectos cinematográficos dirigidos a gran escala, «Mid90s» y «Stutz» son los que imperan. Personalmente, me entusiasma ver a alguien de su trayectoria arriesgarse con propuestas tan distintas: una ficción nostálgica y un documental terapéutico. Me dejó con ganas de ver qué tono elegirá la próxima vez y cómo seguirá mezclando lo personal con lo cinematográfico.