Me atrapa la sensación de orden perfecto que transmiten sus
versos, una mezcla de precisión y asombro que no encuentro en muchos poetas contemporáneos.
En mis lecturas de «Cántico» siempre me topé con una celebración contenida: imágenes claras, sustantivos nítidos, y un lenguaje que huye de lo retórico para buscar lo esencial. Guillén maneja una impersonalidad feliz, casi escultural, donde el yo se diluye en la percepción del mundo. Esa depuración le da a sus
poemas una especie de brillo clásico, como si arrancara lo superfluo hasta dejar solo la estructura luminosa de las cosas.
Formalmente, su voz se caracteriza por la economía léxica y la musicalidad contenida: versos de ritmo cuidado, uso inteligente de la sinalefa y la pausa, y enjambres de imágenes breves que funcionan como mosaicos. Con el tiempo, esa celebración se matiza en «Clamor», donde aparece una gravedad distinta, más áspera. Me quedo con la sensación de que su poesía es una búsqueda constante de la perfección capaz de resistir el tiempo, y eso me conmueve cada vez que vuelvo a sus páginas.