Me he encontrado muchas veces frente a ese hueco que algunos llaman vacío existencial, y lo que me ayuda no es una sola cura milagrosa sino una mezcla de pequeñas trampas creativas que me sacan del estancamiento. Para empezar, crear rituales diminutos ha sido clave: desayuno con una canción fija, escribir tres líneas cada mañana sobre cualquier cosa, o preparar una caminata fotográfica semanal. Esos actos funcionan como anclas que le devuelven ritmo al día y generan sensación de progreso aunque todo lo demás parezca difuso.
Otra técnica que uso es jugar con restricciones deliberadas: me impongo un límite absurdo (por ejemplo, contar una historia en 140 palabras, pintar usando solo tres colores, o cocinar un plato sin receta). Esas reglas raras despiertan la creatividad y transforman la sensación de vacío en un desafío divertido. También me apoyo en proyectos colectivos —un club de lectura para comentar «El hombre en busca de sentido», un taller de fanzines o colaborar en una transmisión en vivo— porque la conexión humana convierte la búsqueda individual en una conversación viva. La comunidad no borra el vacío, pero lo pone en perspectiva y lo llena de ecos.
Por último, mezclo prácticas que alimentan cuerpo y mente: moverme de forma deliberada (bailar, escalar, andar en bici), pasar tiempo en la naturaleza, y escribir cartas que nunca envío para exteriorizar lo que pesa. Reescribir mi propia historia desde ángulos distintos también ayuda: en vez de ver la vida como ausencia, la imagino como mesa en construcción —a veces falta una pata, pero puedo diseñarla, medirla y terminarla. Eso me da agencia. No es una solución instantánea, pero con constancia esas técnicas convierten el hueco en un taller donde puedo probar, fallar y volver a intentar con algo nuevo. Al final, me quedo con la sensación de que crear es un antídoto que, aunque no quite todas las dudas, sí me devuelve ganas de seguir explorando.
Vengo del bando de los curiosos impacientes que prefieren probar cosas cuanto antes, así que mis tácticas contra el vacío existencial son prácticas y rápidas. Si necesito un reset, saco un cuaderno y hago una lista de micro-proyectos: aprender un riff de guitarra, traducir una canción favorita, o empezar un diario de una línea diaria. Esos logros pequeños recompensan el cerebro y reducen la sensación de inutilidad.
También me gusta convertir el buscar sentido en un juego: me doy mis propias misiones con puntos y recompensas (ejemplo: 10 puntos por ayudar a alguien, 5 por acabar un capítulo de lectura). Añadir un componente lúdico hace que la búsqueda sea menos solemne y más manejable. Finalmente, cuando la presión aprieta, recurro a historias ajenas —leer «La náusea» o ver una película que cuestiona la vida— porque me recuerda que el vacío es una experiencia humana compartida, no una falla personal. Eso me calma y me deja listo para volver a intentarlo con menos dramatismo.
2026-04-01 01:32:37
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Kaugnay na Mga Aklat
Te abandoné con tu bebé
Linda Selva
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Cinco años como la Sra. Fernández bastaron para que Victoria Lima despertara por completo un mes después del nacimiento de su hija.
Daniel Fernández reservaba todo su cariño a su prima, mientras exigía que ella fuera sensata e independiente.
—¡Divorciémonos! ¡Estoy harta de estos cinco años! —exclamó ella frente a todos.
Él solo sonrió con sarcasmo:
—¿Por qué te has vuelto tan irracional de repente? Siempre con lo mismo del divorcio.
No fue hasta que ella desapareció que él descubrió que nada funcionaba sin ella.
Tres años después, se cruzaron en una cumbre internacional.
Ella brillaba como maestra de arquitectura.
Cuando él se arrodilló para rogarle que volvieran, ella pasó junto a otro hombre, sonriendo con elegancia.
Más tarde, Daniel recibió una invitación de boda.
La novia lucía un hermoso vestido blanco, recostada en el pecho de su amigo.
Con los ojos enrojecidos, irrumpió en la ceremonia, pero solo alcanzó a oír su susurro:
—Daniel, ser sensata cansa demasiado, ahora solo quiero vivir para mí.
Mi esposa profesaba su propia fe y seguía estrictamente sus perceptos, evitaba cualquier tipo de intimidad física.
Solo nos permitía estar juntos al decimosexto día de cada mes. Y aun así, todo debía estar bajo su control.
Si alguna vez sobrepasaba esos límites, no dudaría en interrumpirlo todo y marcharse.
Llevábamos cinco años de casados. Aunque me sentía insatisfecho, la complacía una y otra vez por amor. Me convencí de que, pese a su frialdad, al menos había algo de amor por mí.
Hasta que, durante una misión de rescate en un hotel en llamas, descubrí lo equivocado que había estado.
Cuando la encontré, mi esposa estaba recostada contra el pecho de otro hombre, y entre los dos había un niño pequeño.
El día en que Rosa, el amor de mi esposo, enferma terminal, dio a luz a su hijo, mis suegros contrataron a diez guardaespaldas para vigilar la sala de partos y asegurarse de que yo no apareciera a hacer un escándalo.
Pero la verdad es que nunca fui.
Mi suegra, Melina, le tomó la mano a Rosa conmovida:
—Rosa, mientras estemos nosotros aquí, ¡Fiona jamás podrá hacerte daño a ti ni a tu bebé!
Mi esposo, Benito Cruz, con ternura en la mirada, la acompañaba durante el parto, secándole el sudor de la frente.
—Tranquila, mi padre está con su gente en la entrada del hospital. Si Fiona se atreve a venir, la sacamos en el acto.
Al ver que pasaban las horas y yo no aparecía, por fin se tranquilizó.
Para él no tenía sentido pensar que yo fuera capaz de armar una escena. Solo quería cumplirle a Rosa su último deseo: ser madre antes de morir. ¿Por qué yo me empeñaría en arruinarlo?
Cuando escuchó el llanto del recién nacido en brazos de la enfermera, no pudo evitar sonreír con alivio.
Pensó que, si al día siguiente yo iba a disculparme con Rosa, se olvidaría de todas nuestras peleas. Incluso estaba dispuesto a dejar que yo criara al niño como si fuera mío.
Lo que él no sabía era que, en ese mismo instante, yo acababa de entregar mi informe en la ONU.
En una semana iba a renunciar a mi nacionalidad para unirme a Médicos Sin Fronteras.
Y desde entonces jamás volvimos a vernos.
—Puedo cuidarme sola —solté con frustración.Sus ojos oscuros me miraron divertidos mientras me agarraba del cuello.—Apuesto a que puedes. Sabes... esa actitud fogosa tuya es encantadora.********Heredar un bar era una aventura a la que Raven no podía resistirse. El único problema que no esperaba era heredar la deuda que venía con él. Luchando por sobrevivir, encuentra una oportunidad financiera en Adriano, el líder de la mafia local, y cae en una espiral de seducción y violencia para conseguir lo que más desea.Detrás de cada puerta cerrada se abre otra, y el salvaje viaje de ira, posesión y romance erótico la lleva a lugares con los que sólo podía soñar.¿Sobrevivirá al peligro que acecha en las sombras o caerá presa de él?"ADVERTENCIA DE CONTENIDO (CW): Esta historia puede incluir escenas o representaciones de violencia y placer sexual intenso. Sólo para adultos."Atrayendo a la clandestinidad" ha sido creada por Scarlett Rossi, autora de eGlobal Creative Publishing.
Aunque soy una Omega, mi pareja es un Alfa de la manada.
Aunque yo no tenga loba, puedo escuchar la voz del suyo.
De la boca de su lobo he sabido muchos de sus pequeños secretos.
Por ejemplo, que estaba preparando en secreto una gran ceremonia de apareamiento.
En tres días me propondría matrimonio, y yo fingía no saber nada.
Pero esa misma noche, Emilio Herrera trajo a su amiga de la infancia a la casa.
Yo estaba a punto de acercarme para preguntar, cuando escuché al lobo rugir y cuestionarlo:
—¿No era la ceremonia de apareamiento dentro de tres días para Lucía Reyes? ¿Por qué cambiarla por Carolina Torres?
Resultó que esa ceremonia que yo desconocía no era para mí en absoluto.
Aun así, seguí fingiendo ignorancia. En silencio le cedí mi habitación, mis tesoros, e incluso a Emilio, ya no lo quise más.
Compré un pasaje hacia la manada del sur y, con los gemelos que llevaba en mi vientre, me marché para siempre de la manada Colmillo el mismo día en que celebraban su ceremonia de apareamiento.
Dos semanas antes de la boda, Nelson decidió posponerla una vez más.
—Ivana inaugura su primera exposición de arte ese día —me dijo—. Estará sola y nerviosa. Tengo que estar ahí para apoyarla. Al final, tú y yo ya estamos juntos, ¿qué más da casarnos un día antes o después?
Pero ya era la tercera vez que aplazaba nuestra boda por aquella mujer.
La primera, Ivana acababa de operarse y sentía nostalgia de la comida de su tierra, por lo que Nelson no dudó en viajar al extranjero y quedarse con ella durante dos meses.
La segunda, Ivana decidió irse al bosque en busca de inspiración para pintar y él, preocupado por su seguridad, fue tras ella.
Esta era la tercera.
Colgué la llamada y miré a César, mi amigo de toda la vida, quien se encontraba sentado frente a mí, relajado, jugando con su bastón de esmeralda, cuyo golpeteo en el piso de mármol rompía el silencio entre nosotros.
—¿Todavía necesitas esposa? —le pregunté, sonriendo con picardía.
El día de mi boda, Ivana sonreía radiante, copa en mano, esperando el brindis del hombre a su lado.
Pero él, con los ojos rojos, observaba en silencio la transmisión en vivo de la boda del heredero del Grupo Santos, el imperio inmobiliario más grande del país.
Abrir un libro es como encontrar un refugio con ventanas a mil vidas distintas; eso es lo que siento cada vez que necesito llenar un hueco que no logro nombrar.
En mi experiencia, la lectura actúa en varios frentes: ofrece compañía sin expectativas, plantea preguntas que no sabía que tenía y, sobre todo, propone formas posibles de vivir. Hay libros que me han abrazado con ternura —esa prosa lenta y humana de «Tokio Blues»— y otros que me han sacudido hasta la raíz —la frialdad reveladora de «El extranjero» o la búsqueda mística de «Siddhartha». Esos contrastes me ayudan a entender que el vacío existencial no es necesariamente una falla, sino un hueco que puede llenarse con perspectivas nuevas. Leer transforma una sensación abstracta de pérdida en historias concretas de personajes que tropiezan, se reinventan o aceptan su propia soledad.
Además, la lectura funciona como laboratorio emocional. Al seguir a personajes que toman decisiones imposibles o que descubren pequeños significados, yo pruebo otras formas de reaccionar sin pagar el precio real. Eso me da práctica para la vida: aprendo a tolerar la incertidumbre, a disfrutar de la belleza cotidiana y a construir narrativas personales con más compasión. En ocasiones, un ensayo filosófico o una novela intimista me regalan marcos interpretativos —ideas sobre propósito, sufrimiento o libertad— que convierten el vacío en un tema con el que puedo dialogar en lugar de un abismo que me traga.
También hay un efecto físico y ritual: sentarme con un libro, hacer una taza de té, subrayar una frase, volver a leer un párrafo al amanecer. Esos gestos me devuelven un sentido de continuidad y control. Y cuando participo en clubes de lectura o comento en foros, el vacío se disipa porque el intercambio revela que no estoy solo en esas preguntas. En resumen, los libros no eliminan por completo la sensación existencial, pero sí la traducen, la acompañan y me enseñan a convivir con ella de maneras más ricas y menos aterradoras. Al cerrar un buen libro siento que un rincón de ese hueco quedó iluminado; no totalmente resuelto, pero un poco más habitable.
Me sorprende lo rápido que algunas terapias pueden aliviar ese vacío existencial cuando se combinan con acciones concretas y un poco de valentía para probar cosas distintas. He probado y leído sobre varias aproximaciones que, en mi experiencia y observación, dan resultados visibles en días o pocas semanas: la terapia centrada en el significado (inspirada en la logoterapia), la terapia de aceptación y compromiso (ACT), la activación conductual y técnicas breves de intervención focalizadas. Lo que todas comparten es que no se quedan en la abstracción: apuntan a cambiar lo que haces y cómo orientas tu atención hacia lo que encuentras valioso, y eso puede cortar el sentimiento de vacío de forma bastante rápida.
En la práctica, cuando me sentía desorientado, combinar sesiones cortas de ACT con ejercicios claros de valores funcionó muy bien. Por ejemplo, definir tres acciones pequeñas que representen algo importante para mí (llamar a una persona querida, trabajar 20 minutos en un proyecto creativo, o dedicar 10 minutos a escribir por qué algo me importa) me dio una sensación de dirección inmediata. La activación conductual hace exactamente eso: luchar contra la inercia con pequeñas tareas que producen reforzamiento positivo y, en conjunto, levantan el ánimo y el sentido. También aprendí que la meditación de atención plena, aunque no arregla todo de golpe, reduce la angustia y crea espacio para percibir opciones en vez de quedarme atrapado en pensamientos catastróficos.
Hay tratamientos que actúan muy rápido en lo biológico y pueden ser útiles si el vacío viene acompañado de depresión severa: terapias farmacológicas bajo supervisión médica, ketamina en entornos clínicos y, en investigación, terapias asistidas con psicodélicos como psilocibina han mostrado efectos profundos y rápidos en sentido y conexión. No obstante, mi recomendación personal es combinarlos con trabajo psicoterapéutico para que la experiencia se traduzca en cambios sostenibles. Al final, lo que más me salvó fue juntar técnicas enfocadas (hábitos pequeños, clarificar valores, apoyo social y, cuando fue necesario, ayuda médica profesional): eso baja el vacío de forma perceptible y me permite reconstruir sentido con pasos concretos.