INICIAR SESIÓN
VICTORIA
El papel crujió dentro del auto, sumido en la oscuridad del estacionamiento subterráneo.
Mi corazón se aceleró mientras esperaba el resultado, sin atreverme a mirar hacia el asiento del copiloto.
—La prueba es… negativa. No estás embarazada, Vicky.
Cerré los ojos, intentando controlar las lágrimas y tragarme el nudo que tenía en la garganta, pero un sollozo ronco se me escapó de todos modos, y ya no pude detenerlo.
Estaba agotada de esta lucha por darle un heredero a mi compañero destinado, Luca, el Alfa de la manada Creston.
—No te pongas así. Ya verás, la próxima vez saldrá positiva.
La mano de Marcella, mi asistente y mejor amiga, se deslizó con suavidad por mi espalda.
—Siempre es la próxima vez, Marcella. ¿Qué demonios está mal conmigo que no puedo quedar embarazada? —gruñí, golpeando el volante frente a mí para descargar mi frustración.
Ella no respondió, pero bajó la mirada, con la lástima escrita en todo el rostro.
Lo odio. Odio cómo todos me miran con condescendencia o burla, como si solo estuvieran esperando verme caer.
Los ancianos de la manada están presionando a Luca, y mi matrimonio se está yendo al demonio porque no puedo concebir un heredero, aunque soy una Omega.
Supuestamente, el rango más fértil de nuestra raza de hombres lobo.
—Lo siento, Marce… perdón por gritarte —dije con la voz temblorosa, limpiándome las lágrimas que no dejaban de caer.
Toqué su mano junto a mí, agradecida, recordando cómo la había acogido cuando llegó huyendo de su pareja abusiva.
Era una renegada fugitiva, y yo le pedí a Luca que la aceptara. La convertí en mi asistente, y desde entonces había sido mi apoyo incondicional.
—No me lo tomo personal. Sé perfectamente bajo qué clase de presión estás —respondió comprensiva, y la vi guardar el informe médico en su bolso.
—No te preocupes, Vicky. Yo te cubro… esconderé esto para que el Alfa no se entere de que fallaste otra vez.
Esa última frase atravesó de lleno lo poco que quedaba de mi autoestima, pero la dejé pasar porque sabía que no lo decía con malicia, y le agradecí en voz baja.
Respiré hondo, despejando mi mente para conducir de regreso a la manada, y entonces escuché sonar el teléfono.
Me tensé en cuanto reconocí el tono de llamada. Luca me estaba llamando.
Marcella me pasó el teléfono desde la guantera, y me aclaré la garganta, fingiendo que no había estado llorando.
—Hola, amor. ¿Cómo va tu nego…?
—¿Dónde estás, Victoria? —su pregunta fría cortó mi saludo de golpe.
Fruncí el ceño, mirando mi reflejo en el retrovisor. Llevaba el cabello castaño recogido en una cola algo desordenada, y mis ojos color avellana estaban rojos de tanto llorar.
—Salí con Marcella a hacer unas compras…
—Sabes lo peligrosas que se están poniendo las calles para las Omegas. No quiero que salgas sin el chofer…
—Pero, amor, estamos en el centro, a plena luz del día. Tampoco es como si viviéramos en la selva —suspiré, sintiendo que apenas le importaba.
Con los problemas de fertilidad que los Alfas y Betas venían enfrentando en los últimos años, solo las Omegas habían conservado su fertilidad y sus ciclos de celo.
Toda la situación de la procreación, en una sociedad donde los herederos lo eran todo, se estaba volviendo crítica.
Las Omegas nos habíamos convertido en “mercancía valiosa”.
Estábamos en la mira de traficantes ilegales, vendidas a burdeles clandestinos y subastas para Alfas adinerados que no podían procrear con sus parejas oficiales y querían Omegas para usarlas como reproductoras.
—Ya vamos de regreso —respondí con un suspiro.
—Ve directo al edificio del Consejo. Hay una reunión de emergencia y tienes que estar presente —añadió, convirtiéndolo de pronto en una orden. No me gustó ese tono urgente.
—¿Pero no estabas de viaje de negocios?
—Ya regresé a la manada. No tardes.
—Ya voy a… —bip, bip, bip.
El sonido de la llamada cortándose, dejándome con la palabra en la boca, hizo que la cara me ardiera de vergüenza.
Fingí que me estaba despidiendo, incluso le mandé un beso. Cualquier cosa para que Marcella no se diera cuenta de lo patético que se estaba volviendo mi matrimonio.
—Volvemos. Hay una emergencia —murmuré, encendiendo el auto.
Los faros iluminaron las paredes oscuras del estacionamiento subterráneo del Hospital General Fairmont, la gran ciudad donde se asentaba nuestra manada.
Me incorporé al caótico tráfico de la mañana. Altos rascacielos y edificios empresariales llenaban el próspero centro.
Fairmont estaba controlada por cuatro grandes familias que administraban las manadas menores bajo su mando.
Los Bianchi, los Vasiliev, los Brona, pero por encima de todos estaba la familia Greco.
La mayoría de esos edificios y negocios estaban controlados por Lorenzo Greco.
El Alfa tirano en las sombras, el hombre con fama de hacerte orinar del miedo con una sola mirada salvaje.
Nunca lo he conocido. Ni siquiera cuando yo solía ocupar una posición más alta en la sociedad.
Yo era la hija del jefe de la familia Bianchi.
Mi padre me exilió de nuestra manada principal cuando elegí a Luca por encima del apareamiento arreglado que él había planeado para mí.
Con la amargura ahogándome por dentro, por fin llegué a mi hogar actual.
La manada Creston estaba bajo el control de la familia Vasiliev.
Pasé el puesto de control, escuchando a medias la charla distraída de Marcella.
Conduje hasta el imponente edificio del Consejo y fruncí el ceño al ver al Beta de Luca esperándonos.
En cuanto estacioné, abrió mi puerta, aún más arrogante de lo que solía ser conmigo.
Me quité el cinturón y salí.
—Llegas tarde. Te están esperando… —dijo con brusquedad, mirándome con esos ojos oscuros que combinaban con su cabello.
—Luna… —añadí, sin moverme.
—¿Disculpa?
—Olvidaste llamarme por mi título. Y no olvides dirigirte a mí como corresponde. No te he dado esa clase de confianza —aclaré, levantando la barbilla mientras caminaba a su lado sin dedicarle una segunda mirada.
Aun así, pude sentir sus ojos venenosos clavándose en mi espalda. Cada día me siento menos valorada en esta manada.
Mis tacones resonaron sobre el piso pulido, y detrás de mí escuché las bailarinas de Marcella.
Llegué a la sala principal y empujé la puerta con decisión.
Me impactó un poco ver a todos los ancianos presentes, y mi mirada fue directo a los ojos de Luca, sentado en el asiento principal al fondo de la sala.
Caminé hacia él.
—Caballeros, lamento llegar tarde…
—Quédate en el centro de la sala —me interrumpió Luca al ver que tenía intención de ocupar el asiento a su lado… mi asiento como Luna.
—¿Qué está pasando, cari… Alfa? —me corregí, porque estábamos rodeados por los directivos de la manada.
Todos mis sentidos se pusieron en alerta máxima.
Mi loba Omega intentó acercarse al Alfa de Luca, pero él la rechazó sin piedad.
—Esta reunión ha sido convocada para despojarte de tu posición como Luna de la manada Creston —las palabras de Luca cayeron como un martillo, aplastándome el pecho.
—¿Qué?! Luca… ¿qué significa eso? —palidecí. Ni siquiera estaba preparada para un rechazo tan repentino.
Los murmullos estallaron a mi alrededor, acusaciones y quejas, pero yo solo podía mirar los ojos verdes del hombre por quien traicioné a mi familia.
—Lo que escuchaste. Iré directo al punto —respondió con frialdad—. Victoria Bianchi prometió ayudar a esta manada con la influencia de la familia Bianchi y darme un heredero. ¡No ha hecho ninguna de las dos cosas!
Palidecí aún más ante su rugido, que hizo hervir toda la sala. ¿Cuándo había prometido yo la ayuda de mi familia?
Intenté hablarle a través del vínculo, llevar esto a la privacidad de nuestro dormitorio, pero Luca mantuvo el enlace entre nosotros completamente cerrado.
—Así que propongo removerla como mi Luna y disolver nuestro vínculo…
—¡Espera, Alfa! —rugí, con la voz temblorosa mientras daba un paso al frente.
—Yo nunca prometí la ayuda de mi padre. ¡Sabes perfectamente que me exilió cuando dejé la manada Bianchi!
—Eso no fue lo que me dijiste en ese entonces… —mintió sin vergüenza delante de todos—. Me aseguraste que solo era una rabieta inicial, que jamás dejaría desamparada a su única hija.
La incredulidad me dejó congelada, incapaz de reaccionar ante semejante absurdo.
Papá me lo advirtió aquella noche, con una claridad brutal, mientras mi madre me abofeteaba el rostro:
“Si sales de esta casa, no vuelvas nunca. Para nosotros, estás muerta”.
—Y dejando ese detalle de lado, aquí está lo más importante… —Luca siguió apuñalándome sin piedad.
—Eres una Omega infértil. Dos años de matrimonio y todavía no has quedado embarazada.
—Tú sabes la razón. ¡No quiero hablar de nuestra vida sexual aquí! —grité, con la rabia ardiéndome en las venas.
Nuestro matrimonio se había enfriado hasta el punto de que ya ni siquiera compartíamos habitación.
Había pasado mis últimos celos sola, atrapada entre el dolor del deseo y la agonía de necesitarlo mientras él se iba en sus interminables viajes de negocios.
—Así que ahora es mi culpa por no follarte. Tal vez deberías revisar bien qué está mal contigo en la cama —su resoplido burlón me hizo apretar los puños con fuerza.
Miré alrededor, con las mejillas ardiendo, enfrentando las miradas retorcidas de esos viejos depravados de la manada.
—Luca… esto no es justo…
—Entonces, si la culpa es mía, ¿por qué escondes las pruebas de tus fracasos? —me desafió, hostil.
—¿De qué estás hablando? —susurré, con el corazón golpeándome como si fuera a salirse de control.
Lo vi hacer un gesto hacia un lado y, para mi absoluto horror, Marcella caminó hasta él como un corderito, mostrando una sonrisa demasiado familiar mientras sacaba un papel de su bolso.
Temblé de pies a cabeza cuando reconocí el informe médico. La misma prueba de embarazo que ella me había acompañado a recoger.
—Aquí está, caballeros. ¡Una de las muchas pruebas que demuestran que esta Omega no puede quedar embarazada y que es inútil como mi Luna!
—¡No, no! ¡Marcella, cómo pudiste hacerme esto?! Luca, ese papel no significa nada, amor. ¡Podemos seguir intentándolo!
—Estoy embarazada del bebé del Alfa.
Esas palabras, saliendo de la boca de esa arpía, me helaron la sangre en las venas.
Me quedé allí como una idiota, a pocos pasos de distancia, incapaz de procesar que había estado alimentando a una víbora justo a mi lado.
—Aquí está la prueba. El Alfa sabe que es suyo —anunció ante la sala, levantando los resultados.
Mis ojos bajaron hasta su vientre, abiertos de par en par.
Me lo había ocultado demasiado bien… todo este tiempo había fingido ser mi amiga para poder espiar mi matrimonio.
La rabia me hizo lanzarme hacia ella y arrancarle el documento de las manos.
Lo miré desesperada, buscando una prueba de que fuera falso, pero me equivoqué.
En ese mismo hospital, el día en que me pidió tiempo libre, esa zorra confirmó que estaba embarazada… ¡del bebé de mi esposo!
—¡No es del Alfa! ¡Estás mintiendo, Marcella! Luca, ¡di que está mintiendo! ¡DILO DELANTE DE TODOS, DI QUE ESTÁ MINTIENDO! —rugí, con el dolor de la traición desgarrándome el pecho.
—No está mintiendo. El bebé es mío, y voy a nombrarla mi Luna. Estoy casi seguro de que Marcella es mi verdadera compañera destinada. Lo sabré cuando rompa el vínculo contigo.
Las piernas me fallaron y caí de rodillas.
Mi loba rugió de agonía, mientras todo mi mundo se derrumbaba.
—¿Cómo pudiste, maldita perra? —levanté mis ojos rojos, llenos de resentimiento y de un odio que me estaba pudriendo por dentro.
—¡Me consolabas mientras te reías a mis espaldas y te acostabas con mi esposo! ¡¡¡Puta asquerosa!!!
La adrenalina me hizo arrojarme sobre ella. Esa sonrisa cínica en la comisura de su boca me hizo querer destrozarla.
Cada momento vulnerable que le había mostrado pasó por mi mente, recordándome lo patética que había sido.
—Sujeten a esta loca. ¡No dejen que lastime al futuro heredero! —el rugido de Luca puso en movimiento a su Beta.
Sentí cómo se estrellaba contra mi espalda como un perro rabioso, obligándome a bajar con brutalidad.
Grité cuando me torció los brazos detrás de la espalda, mis rodillas golpearon con fuerza contra el suelo y las lágrimas de dolor se derramaron por mi rostro.
Pasos lentos se acercaron mientras la sala gritaba exigiendo que me quitaran de allí.
Levanté el rostro, llena de furia, y miré directo a los ojos del hombre por quien había desafiado a mi padre.
—Yo, Alfa Luca Miller, te rechazo como mi Luna, Victoria Bianchi, por no traer ni poder ni herederos a la manada Creston, y te condeno a servir como Omega reproductora para beneficio de mi pueblo.
LORENZOLas lágrimas empezaron a deslizarse por los ojos verdes de la feroz loba, ahora cubierta de sangre y heridas.Podía ver a Alina reflejada en ellos."No me odias, Alina. Me amas de una forma enferma. Siempre lo hiciste. Nunca debimos firmar ese papel..."Las palabras salieron más amargas de lo que había querido.Demasiados recuerdos.Yo también tenía la culpa. Debí haberme dado cuenta del daño que le estaba haciendo a esta mujer y terminar lo que teníamos.Lo único que hacía era arrastrarla más profundo a la miseria, día tras día."Solo acaba con esto de una puta vez. Quiero ir con mi hijo", dijo de la nada, y su loba dejó de luchar, dejándose caer sobre el césped y exponiendo un lado del cuello.El corazón de Eros golpeó con fuerza contra su pecho. Incluso ahora, justo al final, todavía quería dejarme cargando con la culpa."Acaba conmigo, Lorenzo. HAZLO, O VOY A IR A ARRANCARLE LAS TRIPAS A ESA PERR...!"No llegó a escupir el resto.Mi lobo Alfa cerró las mandíbulas alrededor
LORENZO—Ese viejo Brona ni siquiera estaba tan enfermo. Solo era un resfriado. Y de alguna forma terminó demasiado débil para salir de la cama mientras su hijo controlaba quién podía entrar y salir de su habitación... —bufé, disfrutando de su miedo.—Por supuesto que la enfermera que tenías en el bolsillo después de pagar el éxito de su hija estaba dispuesta a hacer cualquier cosa... incluso drogar al verdadero líder de la familia Brona y envenenarlo poco a poco... justo, hasta que su preciosa hija hacker cayó en mis manos.—Así que por eso... por eso ya no lo escuchan...—No lo escuchan porque el verdadero hombre al mando despertó después de recibir el tratamiento adecuado, y adivina qué... lo sabe todo,— mi voz se volvió depredadora.—Recuperó el control de su gente y quiere venganza. Por mucho que yo quisiera destripar a Nikolai Brona con mis propias manos, creo que su padre tiene algo mucho más horrible planeado para él.Como si hubiera sido una señal, mi teléfono empezó a sonar.
LORENZOElla rugió, con los ojos inyectados en sangre, y desde el otro lado llegó un disparo... luego un silencio tan afilado que me tensó cada nervio.Mi rostro permaneció indescifrable mientras el de Alina pasaba de una emoción a otra.—¡Bernard, respóndeme, maldito idiota! ¡Bernard!—Dame un segundo. Te mostraré qué está haciendo.Con calma, presioné una tecla en mi teclado y giré la iMac hacia ella para que pudiera ver la transmisión en directo, desde arriba, de todo lo que estaba ocurriendo en aquel terreno vacío.Los ojos de Alina se abrieron de golpe con incredulidad, y el teléfono casi se le resbaló de la mano temblorosa.Bernard había disparado siguiendo su orden, pero no a la pierna de mi preciosa Omega.Le había disparado a Nikolai Brona en la pierna, donde estaba arrodillado sobre la grava, sangrando con fuerza.Su rostro se había endurecido por la agonía y la rabia mientras hacía señas furiosas para que sus hombres lo protegieran.Pero nadie se movió.En cambio, las armas
LORENZOMiré directo esos ojos brillantes por las lágrimas, con los puños apretados a los costados, apenas logrando mantenerme sereno.Solo un poco más...—Confías en mí, ¿verdad? —volví a preguntar, y ella asintió con rigidez.El cañón frío del arma rozaba su piel perlada en sudor.Estaba empezando a arrepentirme de esta parte, pero ya estábamos aquí.Tenía que llevarlo hasta el final y confiar en que Victoria interpretaría su papel a la perfección.—Pero... tu madre... —tartamudeó, mirando un punto fijo frente a ella. Sabía que ese bastardo de Nikolai estaba justo allí.—Olvida a mi madre. Olvida todo. Concéntrate en ti, en el bebé... vamos a estar bien...—Eso también me dijo a mí, pequeña tonta estúpida, y mira dónde terminamos... —Alina giró de pronto la cámara hacia su rostro, burlándose de Victoria.La rabia dentro de mí ardió con más fuerza mientras daba un paso hacia ella.—Ahora no eres más que su puta, pero llevas a su hijo y yo lo quiero. Ni se te ocurra perderlo, o yo mis
LORENZOTodavía recordaba el dolor... y cómo había tenido que interrumpir mi viaje de negocios y volver de prisa porque ella se había caído en el centro comercial y había perdido al bebé.Llevaba unos tacones absurdamente altos, tacones que no tenía por qué usar en su estado, y ahora me culpaba a mí y armaba toda una conspiración con eso.—No quería que investigaras, que metieras la nariz. Me quedé callada sobre el ataque y sobre el dolor horrible de perder a mi bebé... y de perder algo más. Algo que ni tú ni tu estúpida madre podían descubrir jamás.Hizo una pausa, limpiándose las lágrimas con manotazos furiosos.Fue entonces cuando noté la carpeta que tenía en la mano. No la había soltado ni una sola vez.—¿Cuál es ese gran secreto, Alina? No te contengas. Suéltalo todo. Todo el odio que tienes por mí, toda la mierd4 que te empujó a planear tu propia muerte... y la mía...—No puedo quedar embarazada... nunca más... —dijo, y fruncí el ceño.Eso... ya lo sabía perfectamente.—Cuando p
LORENZO—Parece que ni haber estado a las puertas de la muerte pudo descongelar ese corazón de acero tuyo.Su voz salió más fuerte ahora que cuando fingía debilidad.Caminó hasta el centro de la habitación, entrando en la luz que derramaba la lámpara del escritorio que yo había encendido.—Y todo este tiempo me repetí que así eras con todas las mujeres. Que aunque te follaras putas por todas partes, tampoco le entregabas ese frío corazón tuyo a ninguna de ellas... —dijo con una sonrisa amarga y retorcida.—Pero ahora veo que estaba equivocada. Ni siquiera me había enfriado en la tumba y tú ya estabas revolcándote en mi cama con esa zorra que vendió su vientre por poder...—¡Ya córtala con esa mierd4 de esposa traicionada! No hay nadie más aquí, Alina. ¡Solo tú y yo! —interrumpí sus palabras venenosas antes de que pudiera seguir.Nadie iba a insultar a Victoria en mi cara.—Mírate, tan alterado solo porque la mencioné... ¿De verdad te enamoraste de ella? —Su rostro se volvió helado.La
VICTORIAEntré al baño público sin siquiera prestar atención a las mujeres que conversaban junto a los lavabos.Me metí en uno de los cubículos con el cuerpo aún temblándome.No sabía si de verdad me habían descubierto o si tal vez el sol les había bloqueado la vista.Quizá estaba montando todo ese
VICTORIA—Aquí… aquí la Luna solo venía las noches en que… bueno, cuando dormía con el Patriarca, ya sabe. Se encontraban aquí para… para…—Follar.La palabra se me escapó de la boca antes de que pudiera detenerla.Las mejillas de Valentina se pusieron rojas como fuego mientras asentía.Giré la cab
VICTORIAPero Lorenzo se acercó a la ventana del lado del copiloto y se inclinó para hablar con el chofer.—Señor…—No te bajes. Solo vine a decirte que mañana me recojas aquí, en la empresa —ordenó, enderezándose otra vez.Ni siquiera me dedicó una segunda mirada antes de dirigirse hacia el Ferrar
VICTORIAEl corazón me latía con fuerza mientras me inclinaba para besarlo.Me encantaba la forma en que me cuidaba, cuando la mayoría de los Alfas solo se preocupaban por su propio deseo.Su aroma delicioso me hacía querer estar con Lorenzo… más allá del sexo.Mi loba seguía intentando llamar la a







