LOGINMientras hacía prácticas de manejo con el papá de mi amiga, me salió con que tenía que aprender sentada encima de él. El camino estaba lleno de baches, y yo no dejaba de subir y bajar sobre él; era imposible no sentir algo caliente y duro apretado contra mi trasero, a punto de entrar en acción, frotándose contra mi entrepierna al ritmo de mis movimientos. Me pasaba las manos por todo el cuerpo, con el pretexto de que me estaba ayudando a controlarme. Hasta que me metió los dedos y sentí una humedad inconfundible ahí abajo. Entonces lo supe. Todo estaba por salirse de control.
View MoreEstaba expuesta ante él, con la intimidad al aire, y me temblaba todo el cuerpo. Cuando ya se me echaba encima entre risitas, afuera se armó un alboroto. Por fin había llegado la policía.El hombre se quedó con las ganas. Frustrado, me dio varios pellizcos fuertes antes de bajarse de mala gana.En cuanto abrió la puerta del auto, los policías lo agarraron. Me vestí, bajé del auto y fui con ellos a la delegación. El examen médico confirmó que había sido agredida sexualmente.Luciano Rueda jamás imaginó que me atrevería a denunciarlo. Ni siquiera alcanzó a prepararse; se lo llevaron a la delegación.Claro, tampoco alcanzó a mandar los videos. Fue lo único bueno en medio de tanta desgracia. Con el apoyo de la policía, todas las demás compañeras contaron cómo las habían forzado.Los chats y las transferencias que Luciano guardaba en el celular terminaron de probar sus delitos. Cayeron todos, incluidos los demás instructores de la escuela de manejo.Mientras dudaba si buscar a mi novio para
Don Luciano cerró la puerta del auto. Los dos hombres, fuera de sí, me sujetaron contra el asiento, listos para arrancarme la ropa.—Me moría por tenerte desde hace tiempo. El profe nos dijo que eres una caliente; ahora nos vas a divertir un buen rato.—¡Carajo, están enormes! No me caben ni en una mano. Valió cada centavo; voy a vaciar hasta la última bala, cueste lo que cueste.—Mira nada más la cara de necesitada que traes. Con pagar alcanza. A una mujer así la usas como se te dé la gana, y la próxima vez podemos volver por más.Los escuchaba, sentía sus manotas por todas partes y me quedé helada.—Valió cada centavo.—Hazle lo que quieras.Entonces lo entendí. El dinero que don Luciano sacaba de la escuela de manejo no venía de nada limpio.Con solo pagar, estos tipos podían abusar de las alumnas a su antojo. ¿A las demás compañeras también les pasaba lo mismo?Si era así, don Luciano y los suyos estaban ganando dinero a costa nuestra. Mientras más lo pensaba, más miedo me daba; me
Solo entonces entendí lo de los autos de práctica que había visto entrar y salir. Seguramente dentro pasaba lo mismo. Entonces, las demás compañeras... ¿sería que a todas les pasaba lo mismo...? Al pensarlo, me invadió un remordimiento terrible. Yo había sido quien las había arrastrado a ese abismo.Desesperada por saber qué estaba pasando, empujé al instructor con todas mis fuerzas y salí corriendo hacia la oficina. Iba a exigirle a don Luciano una explicación.—Don Luciano, ¿usted no decía que todo era por las metas de la escuela? ¿Por qué los instructores les hacen eso a todas mis compañeras...?No pude terminar la frase. Él ni se inmutó. Tomó el vaso de agua del escritorio, bebió un trago y me hizo una seña para que me acercara. Seguía furiosa y no me moví de mi lugar.Negó con un gesto, sacó del cajón un sobre grueso, se me acercó y me rodeó la cintura con un brazo.Me metió el sobre por el escote. Solo entonces vi que el sobre estaba abierto y que adentro había un fajo de billete
Llamé a varias compañeras y, en cuanto escucharon lo del descuento, todas aceptaron encantadas tomar clases de manejo. Al día siguiente las llevé a la escuela de manejo. Don Luciano respetó el descuento y hasta les puso instructores con experiencia.Eso me quitó un peso de encima. Después de todo, yo había sido quien las llevó; si no aprendían bien, yo también la iba a pasar mal. Cuando todas se fueron, don Luciano me pasó su manota por la cintura.—Danna, ¿me extrañaste?Mientras hablaba, su mano ya empezaba a sobrepasarse.—No haga eso...Estábamos en plena oficina de la escuela de manejo; me asustó que alguien entrara y me apuré a apartarlo.—Vamos a aprender a manejar —dijo con una sonrisa.Me llevó de la mano hasta el auto y, como la vez pasada, me sentó sobre sus piernas.—¿De verdad hay que... aprender a manejar así?Se me calentó la cara de vergüenza al recordar lo que había pasado el día anterior. ¿No pensaría hacerme lo mismo otra vez?—La primera vez cuesta; la segunda ya sa






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