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Capítulo 3

Author: Héctor Cerrajas
Me daba algo de miedo; no entendía por qué don Luciano quería que me subiera al mismo auto con él.

Pero negarme a esas alturas solo me habría hecho parecer más sospechosa y, además, no sabía por qué, aquello hasta me parecía emocionante.

Así que caminamos hacia el auto de prácticas que él señaló, a unos pasos de ahí. No sabía si era a propósito o por casualidad, pero don Luciano caminaba siempre un paso detrás de mí. Era imposible no sentirlo mirándome la espalda, repasándome de arriba a abajo sin descanso.

Hasta podía escucharlo tragar saliva. Me miraba con tanta intensidad, con tanto ardor, que era como si una mano enorme me recorriera de pies a cabeza. Se me calentaba el cuerpo cada vez más y el pánico me subía por dentro.

¿Ya se había dado cuenta de que la ofrecida del autobús era yo?

Si era así, ahora que íbamos a estar los dos en el mismo auto, ¿no intentaría hacerme algo…? Sentía miedo y, a la vez, una anticipación que no podía explicar.

Con el corazón en un puño, abrí la puerta para sentarme de copiloto.

—Danna, ven aquí.

Don Luciano me hizo una seña. No entendí qué quería, pero caminé hacia el asiento del conductor. No esperaba que, apenas llegara ahí, ya sentado adentro, me jalara y me dejara encima de él.

Sus manotas me agarraron la cintura.

—Don Luciano, ¿qué… qué hace?

Me asusté muchísimo. Don Luciano se pegó a mí y me susurró al oído.

—Enseñarte a manejar, ¿qué más? Así aprendes más rápido.

Aprender a manejar sentada encima de él era demasiado vergonzoso. Llevaba muy poca ropa de la cintura para abajo y, en cuanto me senté, mis pantaletas quedaron pegadas al enorme bulto entre sus piernas. Me sonrojé hasta las orejas y quise negarme.

Pero arrancó el auto, pisó el acelerador y avanzó despacio.

—Agarra bien el volante y fíjate por dónde vas, no vayas a chocar.

Me acomodó las manos sobre el volante y me hizo agarrarlo. Estábamos en una pista de la escuela de manejo que simulaba una carretera de montaña, bordeada por laderas cubiertas de pasto; chocar contra los bordes era bastante peligroso. No tuve más remedio que aferrarme al volante con las dos manos y mirar al frente.

Pero me costaba ignorar lo que sentía de la cintura para abajo. Con el traqueteo del camino, subía y bajaba casi sin parar sobre sus piernas, y mi trasero chocaba contra aquel bulto peligroso.

Incluso empujó las caderas hacia adelante y me sacudió tanto que no pude contener un chillido. Parecía que estuviéramos… Con los nervios de punta, sentí cómo la mano que me rodeaba la cintura subía un poco.

Él deslizó la mano hasta mis pechos y los apretó con fuerza unas cuantas veces. Temblé de pies a cabeza; las manos con las que sujetaba el volante casi perdieron toda la fuerza.

—No…

Solo se rio.

—No te asustes. Este tramo se mueve mucho y me preocupa que con tanto rebote te distraigas, así que nada más te estoy echando una mano. Con esos pechos tan grandes, debe de ser muy incómodo que te reboten así.

Muerta de vergüenza, me aferré al volante y dejé que siguiera amasándome. Con el vaivén, el tirante del vestido me bajó el escote y dejó al descubierto más de medio sostén. Él metió la mano por ahí y, por encima de la copa, empezó a frotarme el pezón, suave y sensible.

—Esa fuerza de voluntad tuya no te sirve de nada. Yo te voy a enseñar a usarla…

Sentí cómo sus dedos ásperos enganchaban el borde del sostén y lo apartaban, a punto de colarse adentro. Mientras tanto, bajó la otra mano poco a poco. La metió bajo mi falda revuelta y avanzó hacia mis pantaletas, que ya llevaban un buen rato empapadas…

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