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Fui Su Broma, Ahora Me Perdió
Fui Su Broma, Ahora Me Perdió
Author: Mónica Herrera

Capítulo 1

Author: Mónica Herrera
Cada año, cuando se acercaba nuestro aniversario, mi novio, Nicolás, se prestaba a las bromas de su amiga de la infancia, Beatriz, y fingía pedirme matrimonio.

El año pasado, Nicolás y Beatriz se rieron a carcajadas, sin importarles que el anillo se me hubiera atorado y casi me dejara el dedo sin circulación.

Para disculparse conmigo, Nicolás juró y perjuró que este año sí me pediría matrimonio.

Así que, cuando volvió a llamarme con urgencia para que fuera al lugar donde me había pedido que fuera su novia seis años atrás, me peiné, me hice las uñas, me maquillé con todo cuidado y me puse ropa nueva.

Incluso ya tenía escrito el texto para hacerlo oficial en redes.

Pero cuando entré llena de ilusión, me embarraron la cara de crema.

Entre la gente estalló la carcajada de una chica.

—¡Te dije que Aurora sí iba a venir, Nico! ¡Perdiste!

Nicolás me limpió la crema del rostro con la misma ternura de siempre.

—Te vestiste muy bonita. Qué lástima por ese look. Apostamos a ver si yo lograba convencerte de venir. Yo aposté a que no vendrías. Si ganaba, mañana te pediría matrimonio; si perdía, lo dejaría para el año que viene. Perdón. Como sí viniste, este año tampoco habrá propuesta.

Lo miré en silencio.

—Entonces, ¿sí sabes qué día es mañana?

Él sonrió, como si no tuviera importancia.

—Claro que lo sé. Es nuestro sexto aniversario. ¿Cómo se me iba a olvidar?

La crema pegajosa seguía embarrada en mi cara. En ese instante, de pronto sentí que todo había perdido sentido.

Nuestro aniversario tampoco era importante para él.

Y yo tampoco podía competir con Beatriz.

Me quité el anillo sencillo de pareja que había usado con él durante seis años.

—Entonces terminemos.

El tintineo del anillo al caer al suelo dejó todo el salón en silencio.

Nicolás frunció un poco el ceño.

—No hagas drama. Solo fue un poco de crema. Cuando lleguemos al departamento, te limpio bien la cara. Ya sabes que antes Beatriz hacía bromas mucho más pesadas. Contigo ya se ha moderado bastante. Nos costó mucho convencerte de venir. No hagas que los demás piensen que, desde que tengo novia, ya ni una broma se puede hacer.

Beatriz puso cara de tristeza.

—Solo era una broma. Si no te gusta, ya no jugamos y ya, ¿no? ¿Para qué sacas lo de terminar? Te dije que Aurora no aguantaba estas cosas, pero tú insististe en traerla. ¿Ya ves?

Ella se sentó en el sofá, molesta. Las miradas de todos cayeron sobre mí, frías y hostiles.

Beatriz era la única chica de su grupo. Era la consentida de todos. Mientras ella se pusiera triste, todos tenían que consolarla.

Nicolás no era la excepción.

La primera vez que la conocí, ella organizó una reunión para jugar verdad o reto. A los demás, en los retos, les tocaba salir a hacer el ridículo. Pero cuando llegó mi turno, me pidió gemir delante de todos como si estuviera en la cama.

Yo solo dije que no me gustaban ese tipo de retos subidos de tono, y a Beatriz se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. Luego salió corriendo.

Todos salieron detrás de ella.

Nicolás también.

La reunión que supuestamente era para darme la bienvenida terminó conmigo sola.

Después, Nicolás no dijo nada. Pero en las siguientes reuniones, si Beatriz no daba el visto bueno, él nunca volvió a llevarme.

Nicolás me miró con el ceño fruncido.

—Discúlpate con Beatriz.

Si hubiera sido antes, para encajar con ellos y para que Nicolás no quedara mal frente a sus amigos, yo ya me habría tragado mi orgullo. Ni siquiera habría esperado a que él me lo pidiera; habría sido la primera en disculparme y dar explicaciones.

Pero ahora, cuando mi decisión de terminar con él pesaba menos que una queja de Beatriz, por fin entendí que, de principio a fin, nuestra relación nunca había importado más para Nicolás que su amistad con Beatriz.

Tomé el bolso y el abrigo que había comprado especialmente para esa noche.

Bajo sus miradas acusadoras, dije:

—Lo nuestro se acabó. Y esta vez se acabó de verdad.

Me fui con unos tacones altos con los que apenas podía caminar.

Al cerrar la puerta, desde el pasillo alcancé a oír la voz burlona de Beatriz desde adentro.

—¿De verdad no vas a ir tras ella?

Nicolás se rio con frialdad.

—Solo está haciendo berrinche. Si de verdad voy tras ella, ¿y tú qué? Además, ella no tiene a nadie más que a mí. A ella se le pasa más rápido que a ti.

Sentí como si me abrieran una herida en carne viva. Sus palabras fueron como echar sal sobre una herida abierta.

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