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Capítulo 3

Author: Bonnie
Hay preguntas que se responden solas.

Al menos Enzo siempre fue generoso. Las cuentas a mi nombre tenían más dinero del que podría gastar en toda una vida. Podía irme, criar a este bebé sola y no volver a pedirle ni un centavo.

Me llevé la mano al vientre y, entre lágrimas, susurré:

—Ahora somos tú y yo.

No quedaban asientos en el último vuelo de esa noche. Compré un boleto a Los Ángeles para la noche siguiente y pasé las horas que faltaban tratando de no mirar el celular.

Durante toda la noche me llegó una foto nueva cada diez minutos.

Enzo le había comprado a Rosa una casa en el mismo conjunto residencial privado donde yo vivía. En una foto, aparecía detrás de ella, con la mano sobre la suya, mientras ella pintaba un letrero de madera para el cuarto del bebé. “Una familia feliz de tres”. Las palabras se borraron ante mis ojos y sentí una punzada en la parte baja del abdomen.

Los dedos se me aflojaron y el celular se me resbaló de la mano; golpeó el piso con tanta fuerza que la pantalla se rajó. Cuando volvió a encenderse, el fondo de pantalla mostraba una foto de Enzo besándome la noche en que nos enamoramos.

Estrellé el celular contra el piso. Después arranqué todas las fotos enmarcadas de la pared. La casa entera estaba inundada de esos recuerdos y, en cada uno de ellos, él miraba a la cámara repitiendo las mismas palabras: “Te amo”.

Esas mentiras tendrían que haber dolido más.

Para cuando amaneció, ya había hecho pedazos todas nuestras fotos, tirado las tazas de cerámica que habíamos hecho juntos, me había quitado el anillo de bodas y vendido todas las joyas que me había regalado.

Cuando terminé, la habitación quedó vacía, como si allí nunca hubiera existido un matrimonio. Entonces Enzo llegó a casa.

Venía cargado de bolsas de compras. Entró, vio la pared vacía sobre la chimenea, se detuvo y preguntó: —Gianna, ¿dónde está nuestro retrato de bodas?

—Se rajó el marco. Lo mandé a arreglar —dije, sosteniéndole la mirada.

El resto del día interpretó su papel a la perfección. Apagó el celular para cocinarme, buscando recetas para embarazadas e incluso preparó sopa, con las mangas subidas, como si no tuviera ningún otro lugar adonde ir.

Apenas pasadas las seis, me llegó la alerta del auto que había pedido; era hora de irme, pero justo entonces sonó el timbre.

Enzo miró hacia el recibidor, sonrió y dijo que debían de ser las flores. Se dirigió a la puerta con la espátula todavía en la mano, pero en cuanto abrió la puerta, se quedó pálido. La espátula se le resbaló de los dedos y cayó sobre el azulejo con un golpe seco.

Ni siquiera se quitó el delantal antes de tomar las llaves y volver a salir.

—Enzo.

Ya iba saliendo.

—¿Qué pasó?

No me dio más que un cortante “quédate adentro” antes de que la puerta se cerrara tras él. No necesitaba una respuesta porque, con semejante pánico, solo podía tratarse de Rosa; una vez más, corrió hacia ella sin mirar atrás.

Tomé mi maleta y salí a la calle a detener un auto, antes de ser devorada por el silencio de la casa. En ese momento, el rugido ronco de un motor interrumpió el silencio y un auto negro sin placas se plantó frente a mí.

Di la vuelta para huir por puro instinto, pero una mano me tapó la boca y la nariz antes de que pudiera dar el primer paso; la oscuridad me invadió de golpe mientras mi cuerpo se desplomaba.

Cuando recuperé el conocimiento, estaba metida en un costal. Cerca, una mujer lloraba con esa voz suave y empalagosa que había aprendido a odiar.

—Enzo, me duele muchísimo la incisión. Se infectó. ¿Y si me queda cicatriz?

Entonces escuché su voz, fría y desprovista de emoción; no tenía nada que ver con el hombre que me había abrazado la noche anterior.

—¿Esta es la carnicera?

Me quedé petrificada. Junté el aire que me quedaba como pude y apenas conseguí articular unas palabras a través de la tela.

—Enzo, ¡soy yo!

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