LOGIN—Grite para mí, señora. Mi jefe es impotente. Me pagó un millón de dólares para que me acostara con su esposa, Hanna Castillo, una directora ejecutiva seria y bellísima, y la dejara embarazada. En la lujosa mansión de la montaña, usé la rodilla para abrirle a la fuerza las piernas, blancas como la nieve, que mantenía bien cerradas y deslicé por debajo de su camisón de seda rosa la pistola de masaje, que zumbaba sin parar. Por encima de la última capa de seda, ya húmeda por su emoción, apreté el cabezal vibrador justo contra su punto más sensible, y lo froté contra ella a un ritmo constante. Un hormigueo insoportable le recorrió el cuerpo hasta la coronilla. Aquella mujer siempre tan seria, medio desvestida, se desplomó sobre el sofá. Lloraba de humillación y odio, pero arqueaba la espalda sin poder contenerse y se estremecía frenética con cada embestida. Mientras ella dejaba escapar un gemido de placer, sus jugos brotaron y empaparon la pistola de masaje...
View More—Puede... puede que sea el pedido del supermercado... —A Hanna todavía le temblaba la voz. No se atrevía a mirarme; mantenía la cabeza gacha y las manos aferradas al borde del camisón.Bajé la mirada hacia Hanna. La tanga que le había desgarrado seguía enganchada a uno de sus muslos y se balanceaba con cada movimiento. Era imposible pasarla por alto.El timbre no dejaba de sonar.—Vaya a abrir. —Me subí el cierre y volví a verme impecable, como si un momento antes no hubiera perdido el control.—Yo... así no... —Hanna bajó la mirada hacia el desastre en que había quedado su ropa, angustiada y al borde del llanto.—Vaya a cambiarse. —Señalé hacia arriba—. Yo me encargo de esto.Hanna subió corriendo, como si le hubieran perdonado la vida. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Afuera, un muchacho con uniforme de repartidor sostenía varias bolsas térmicas grandes.Abrí la puerta.—Buenas, traigo el pedido de la familia Solano. ¿Me firma, por favor? —dijo el muchacho con amabilidad
—¿Lo quiere? —pregunté en un tono tentador—. Si lo quiere, ruégueme.—Ruégueme... y se lo daré.—No... No quiero...Hanna reunió las pocas fuerzas que le quedaban para negarse, aunque lo hizo sin convicción. Su razón le decía que no podía doblegarse ante mí. Pero el deseo la enloquecía y su cuerpo le pedía a gritos que se dejara penetrar.Esa sensación de vacío, esa necesidad que sentía hasta los huesos, estaba a punto de volverla loca.—Ah, ¿sí? —Al verla tan terca, empeñada en negar lo evidente, sonreí con más ganas.No dije nada más; me limité a embestirla con más fuerza y rapidez. Una embestida tras otra. Con cada embestida daba justo en ese punto tan sensible.El roce de la tela le provocaba oleadas de placer tan intensas que apenas podía pensar. Hanna se mordía el labio con tanta fuerza que casi se hacía sangre. Se retorcía desesperada e intentaba escapar de aquella sensación tan vergonzosa como adictiva, pero cada sacudida solo aumentaba el roce.Hanna ardía y respiraba cada vez
Hanna arqueó el cuerpo como si hubiera recibido una descarga. Un sentimiento de placer, más intenso que todo lo que había sentido hasta entonces, le recorrió el cuerpo. Se quedó con la mente en blanco; aquel placer repentino y avasallador le borró hasta el último pensamiento.Indefensa, solo pudo jadear entre temblores y espasmos incontrolables. La contemplaba, perdida en el placer, con una satisfacción perversa. Me encantaba verla deshecha por el deseo.Era como un lirio noble que yo mismo había arrancado de su altar y obligado a florecer obscenamente en el fango.Aumenté la potencia de la pistola de masaje.Bzzz, bzzz, bzzz…La vibración más intensa la hizo temblar con más fuerza. Se aferró a los cojines del sofá con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El sudor le perlaba la frente y le corría por las sienes.El camisón rosa, empapado de sudor, se le pegaba al cuerpo y acentuaba cada una de sus curvas. La tela entre sus piernas ya estaba empapada; una mancha oscura
Era puro deseo. Una mujer como cualquier otra, casada con un hombre incapaz de satisfacerla, no podía ser indiferente a un hombre joven, vigoroso y rebosante de testosterona como yo. Y mucho menos después de las descaradas provocaciones y caricias de unos momentos antes.Solo oponía una débil resistencia, aferrada a lo poco que le quedaba de amor propio.—Ya no quiero masajes... No eres nada profesional —dijo entre dientes, con la voz temblorosa.—Está bien. —La solté, pero no me moví de ahí.Volví a arrodillarme y le sostuve la mirada, consumido por el deseo.—Usted no es quien decide si necesita relajarse. ¿No se lo dije? Su esposo me pidió que me hiciera cargo de usted.Me miró desconfiada, pero no dijo nada.—Déjeme revisarla. —Tomé la pistola de masaje de la mesa, la encendí y la puse al mínimo.Bzzz, bzzz...El zumbido del aparato rompió el silencio de la sala. Acerqué despacio el cabezal a sus piernas cruzadas.—¿Qué... qué vas a hacer? —preguntó Hanna, pálida de terror.—No se
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