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Capítulo 7

Author: Leep
—Puede... puede que sea el pedido del supermercado... —A Hanna todavía le temblaba la voz. No se atrevía a mirarme; mantenía la cabeza gacha y las manos aferradas al borde del camisón.

Bajé la mirada hacia Hanna. La tanga que le había desgarrado seguía enganchada a uno de sus muslos y se balanceaba con cada movimiento. Era imposible pasarla por alto.

El timbre no dejaba de sonar.

—Vaya a abrir. —Me subí el cierre y volví a verme impecable, como si un momento antes no hubiera perdido el control.

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  • Masajitos a Domicilio   Capítulo 7

    —Puede... puede que sea el pedido del supermercado... —A Hanna todavía le temblaba la voz. No se atrevía a mirarme; mantenía la cabeza gacha y las manos aferradas al borde del camisón.Bajé la mirada hacia Hanna. La tanga que le había desgarrado seguía enganchada a uno de sus muslos y se balanceaba con cada movimiento. Era imposible pasarla por alto.El timbre no dejaba de sonar.—Vaya a abrir. —Me subí el cierre y volví a verme impecable, como si un momento antes no hubiera perdido el control.—Yo... así no... —Hanna bajó la mirada hacia el desastre en que había quedado su ropa, angustiada y al borde del llanto.—Vaya a cambiarse. —Señalé hacia arriba—. Yo me encargo de esto.Hanna subió corriendo, como si le hubieran perdonado la vida. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Afuera, un muchacho con uniforme de repartidor sostenía varias bolsas térmicas grandes.Abrí la puerta.—Buenas, traigo el pedido de la familia Solano. ¿Me firma, por favor? —dijo el muchacho con amabilidad

  • Masajitos a Domicilio   Capítulo 6

    —¿Lo quiere? —pregunté en un tono tentador—. Si lo quiere, ruégueme.—Ruégueme... y se lo daré.—No... No quiero...Hanna reunió las pocas fuerzas que le quedaban para negarse, aunque lo hizo sin convicción. Su razón le decía que no podía doblegarse ante mí. Pero el deseo la enloquecía y su cuerpo le pedía a gritos que se dejara penetrar.Esa sensación de vacío, esa necesidad que sentía hasta los huesos, estaba a punto de volverla loca.—Ah, ¿sí? —Al verla tan terca, empeñada en negar lo evidente, sonreí con más ganas.No dije nada más; me limité a embestirla con más fuerza y rapidez. Una embestida tras otra. Con cada embestida daba justo en ese punto tan sensible.El roce de la tela le provocaba oleadas de placer tan intensas que apenas podía pensar. Hanna se mordía el labio con tanta fuerza que casi se hacía sangre. Se retorcía desesperada e intentaba escapar de aquella sensación tan vergonzosa como adictiva, pero cada sacudida solo aumentaba el roce.Hanna ardía y respiraba cada vez

  • Masajitos a Domicilio   Capítulo 5

    Hanna arqueó el cuerpo como si hubiera recibido una descarga. Un sentimiento de placer, más intenso que todo lo que había sentido hasta entonces, le recorrió el cuerpo. Se quedó con la mente en blanco; aquel placer repentino y avasallador le borró hasta el último pensamiento.Indefensa, solo pudo jadear entre temblores y espasmos incontrolables. La contemplaba, perdida en el placer, con una satisfacción perversa. Me encantaba verla deshecha por el deseo.Era como un lirio noble que yo mismo había arrancado de su altar y obligado a florecer obscenamente en el fango.Aumenté la potencia de la pistola de masaje.Bzzz, bzzz, bzzz…La vibración más intensa la hizo temblar con más fuerza. Se aferró a los cojines del sofá con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El sudor le perlaba la frente y le corría por las sienes.El camisón rosa, empapado de sudor, se le pegaba al cuerpo y acentuaba cada una de sus curvas. La tela entre sus piernas ya estaba empapada; una mancha oscura

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    Era puro deseo. Una mujer como cualquier otra, casada con un hombre incapaz de satisfacerla, no podía ser indiferente a un hombre joven, vigoroso y rebosante de testosterona como yo. Y mucho menos después de las descaradas provocaciones y caricias de unos momentos antes.Solo oponía una débil resistencia, aferrada a lo poco que le quedaba de amor propio.—Ya no quiero masajes... No eres nada profesional —dijo entre dientes, con la voz temblorosa.—Está bien. —La solté, pero no me moví de ahí.Volví a arrodillarme y le sostuve la mirada, consumido por el deseo.—Usted no es quien decide si necesita relajarse. ¿No se lo dije? Su esposo me pidió que me hiciera cargo de usted.Me miró desconfiada, pero no dijo nada.—Déjeme revisarla. —Tomé la pistola de masaje de la mesa, la encendí y la puse al mínimo.Bzzz, bzzz...El zumbido del aparato rompió el silencio de la sala. Acerqué despacio el cabezal a sus piernas cruzadas.—¿Qué... qué vas a hacer? —preguntó Hanna, pálida de terror.—No se

  • Masajitos a Domicilio   Capítulo 3

    Me acerqué a su cara y le susurré para que solo ella me oyera:—Parece que esta zona es muy sensible.Se le encendieron las mejillas de un rojo intenso. Las largas pestañas le temblaban como alas de mariposa, pero apretaba los ojos, sin atreverse a mirarme.Verla humillada y furiosa, debatiéndose entre resistirse y ceder, terminó de avivar el deseo que ya ardía en mí.El masaje de espalda ya no me bastaba. Con una mano seguí acariciándole la cintura mientras deslizaba la otra, centímetro a centímetro, por debajo del camisón hacia su entrepierna...Le subí poco a poco el camisón y dejé al descubierto su piel blanca como la nieve. La mezcla de nervios y emoción le erizaba la piel.Oía mi corazón latir con fuerza. Y cuando las yemas de mis dedos estaban por rozar aquella selva íntima que nadie había explorado... De pronto, Hanna me agarró la muñeca.Su mano estaba empapada de sudor, pero me sujetaba con una fuerza sorprendente.—¡Basta! —Abrió los ojos. Estaba avergonzada y furiosa, aunqu

  • Masajitos a Domicilio   Capítulo 2

    —Está más tensa de lo que imaginaba —murmuré con voz grave y seductora, casi contra su oído.Mi aliento cálido le rozó la oreja; al sentir el roce, encogió el cuello y las orejas se le tiñeron de un delicado rosa.—No... no toques ahí... —En su voz apenas se percibía un temblor.—Solo estoy comprobando cómo está el músculo. —Me hice el inocente, pero moví deliberadamente los dedos alrededor de sus omóplatos, justo en su punto más sensible.Aun a través de la delgada tela, percibía cada uno de sus estremecimientos. Acariciar su piel era como pasar los dedos por la seda más fina. No quería soltarla nunca. Sonreí un poco, pero conservé un tono profesional:—Tiene un nudo aquí por tanta tensión acumulada. Hay que deshacerlo con aceite esencial.Mientras hablaba, tomé el frasco de aceite de rosas y vertí un poco en una palma. Después, me froté las manos para calentarlo.El intenso aroma a rosas se mezcló con el tenue dulzor de su perfume e impregnó la habitación con una fragancia embriagado

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