Édgar temblaba de furia. Respiraba con dificultad, aferrado a la ropa del pecho, y el torso se le sacudía. El servicio doméstico no se atrevía ni a respirar; todos estaban atónitos. ¿Qué pasaba entre padre e hijo?¿Cómo habían llegado a una pelea así? Y más tratándose de Rafael. Si siempre era tan tranquilo, ¿cómo había estallado así? Por lo poco que alcanzaron a escuchar, parecía que don Édgar le había hecho daño a Vanessa.Quizá la gente de fuera no lo supiera. Pero ellos, los empleados de la casa, lo sabían bien; Vanessa era desde hacía mucho la esposa de Rafael; se habían casado en secreto. Rafael salía por la puerta cuando llegó Leonardo.Estacionó de prisa, se bajó y se plantó frente a él en un par de pasos.—Tú... —Leonardo notó que tenía la expresión helada, pero no una furia asesina fuera de control, y por instinto echó un vistazo al portón detrás de Rafael—. ¿Todo bien?Rafael lo miró de reojo, sin ganas.—¿Te mandó Sergio?—Le preocupaba que te pasara algo, así que me pidió
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