«Theresa…», susurró él, y su nombre sonó como una advertencia y una plegaria al mismo tiempo. Un último recurso a una razón que se desvanecía rápidamente.«Héctor…», respondió ella, y no fue una súplica para que se detuviera. Fue una invitación. Un consentimiento silencioso y poderoso.Fue la señal que su carne, y no su mente, había estado esperando. Héctor se inclinó hacia ella. Lentamente, dándole a ella y a sí mismo todas las oportunidades para retroceder. Pero Theresa no retrocedió. Al contrario, se inclinó para encontrarse con él, cerrando los ojos en anticipación.Sus labios estaban a un milímetro de tocarse. El mundo exterior, el jazz, el aroma de las velas, la ciudad más allá, desaparecieron. Todo se redujo a aquel diminuto espacio entre sus bocas, al calor compartido, a las respiraciones agitadas que se entremezclaban. Casi podía saborearla, el dulce sabor del vino y algo que era intrínsecamente ella.Y entonces, en el preciso instante en que sus labios por fin iban a encontr
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