Me entretiene pensar en la jerigonza como un pequeño truco lingüístico que convierte cualquier frase en un acertijo sonoro; la uso mucho para hacer reír a los sobrinos y para esconder mensajes cuando juego en el parque.
Sigo unas reglas bastante simples pero con variantes: cada vocal se duplica añadiendo una consonante intermedia, típicamente 'p' seguida de la misma vocal (por ejemplo, 'hola' → 'hopolapa' y 'casa' → 'capasapa'). Mantengo las consonantes en su lugar, así que las palabras siguen siendo reconocibles al mirarlas. La 'h' muda no altera el proceso: 'habla' → 'hapablapa'.
Hay excepciones y estilos: algunos prefieren usar 't' o 'c' en vez de 'p', o tratan diptongos como una sola unidad (lo que cambia cómo suena «agua»). Yo normalmente respeto los acentos y la puntuación del original y no los cambio; por ejemplo, las mayúsculas y signos se mantienen, solo transformo las vocales. Me divierte imaginar cómo suena cualquier refrán en jerigonza; es un juego sencillo pero muy efectivo para conectar con gente joven y curiosa.
Recuerdo las tardes en el patio donde la jerigonza era casi un idioma secreto entre los niños. Jugábamos a esconder palabras y a transformarlas con trucos: a veces metíamos una consonante y repetíamos la vocal, otras veces simplemente silenciábamos sílabas para que los mayores no entendieran. Hoy veo esa misma lógica en los críos que usan filtros de voz y retos en redes: la intención es la misma, crear complicidad y juego.
Aunque parezca una cosa de niños, la jerigonza también pervive en grupos cerrados: pandillas de barrio, equipos deportivos y hasta en colegas de trabajo que adoptan expresiones para marcar pertenencia. En mi caso, me hace sonreír cuando un adulto revive esos juegos en reuniones; es una forma de volver a ser pequeño sin perder la inteligencia social que trae el lenguaje.
Me quedo con la idea de que la jerigonza no es solo un capricho infantil, sino una herramienta de identidad que se adapta. Verla mutar con memes, audios y apps me recuerda que el lenguaje siempre juega, y que esa travesura es parte de cómo nos reconocemos unos a otros.
Recuerdo que en las reuniones familiares se soltaba la jerigonza como si fuera un juego secreto y siempre provocaba risas instantáneas.
En mi infancia la escuchaba en nanas y en rimas de mano: las sílabas se estiraban introduciendo una consonante y repitiendo la vocal (por ejemplo, «casa» -> «capasapa», «hola» -> «hopolapa»). Eso la convertía en una especie de código divertido que sólo entendíamos los chicos. En los libros infantiles y en los cuadernos de juegos aparece mucho: las editoriales la usan para atraer la atención, enseñar fonética y fomentar la memoria auditiva.
Con el tiempo noté que la misma técnica reaparece en canciones populares y en piezas de humor, donde la jerigonza funciona como recurso rítmico y como forma de subversión ligera. Me encanta oírla porque despliega creatividad oral pura; me hace pensar en cómo jugábamos con el lenguaje para crear comunidad y complicidad, y aún hoy me saca una sonrisa cuando la encuentro en cuentos o canciones nostálgicas.