En el cole y en los patios la jerigonza era práctica para contar cosas sin que los mayores pillaran el sentido: se encuentra mucho en canciones infantiles, rondas y en juegos de mano. Más allá de la infancia, aparece en lecturas juveniles y en algunos relatos cortos como guiño a la oralidad: los autores la insertan para dar voz a personajes infantiles o para mostrar argot local.
Desde un punto de vista lúdico, la jerigonza también es comparable a otros juegos de lenguaje como el «pig latin» en inglés o el verlan en francés; todos sirven para crear identidad y cierta exclusividad. En música moderna, especialmente en géneros que mezclan tradición y calle, aparecen fragmentos en jerigonza para sumar ritmo o humor. A mí me resulta fascinante cómo algo tan simple puede funcionar como llave de grupo y como herramienta estilística que trasciende edades.
En canciones folclóricas y en tonadas infantiles la jerigonza funciona como pegamento rítmico; muchas veces no busca ocultar el sentido sino sumar cadencia. Pienso en rondas y canciones de tablero donde la repetición «pa/pe/po» después de las vocales ayuda al público a seguir el compás y a participar en coro.
También en música popular contemporánea se usa en estribillos para hacer frases más pegajosas o para convertir una frase común en un gancho memorable. Como oyente me fijo en esos trozos porque tienen la capacidad de transformar una letra sencilla en algo casi hipnótico: la gente los aprende rápido y los canta en grupo, lo que da una sensación de pertenencia y diversión compartida.
En barrios y plazas la jerigonza ha sido históricamente un código lúdico y, a veces, de protección: se la emplea para que los niños hablen sin ser entendidos por adultos o para que grupos mantengan chanzas privadas en público. La oralidad la mantiene viva; la encuentras en ferias, en pregones, en improvisaciones callejeras y en juegos que pasan de generación en generación.
Sociolingüísticamente es interesante porque muestra cómo la comunidad manipula el habla para construir identidad. Cuando la escucho me remite a esos espacios comunitarios donde el lenguaje no es solo instrumento de comunicación sino también de juego y desafío. Me agrada pensar que, a pesar de la digitalización, la jerigonza sigue viva en la voz de la gente y en pequeños actos de complicidad.
Recuerdo que en las reuniones familiares se soltaba la jerigonza como si fuera un juego secreto y siempre provocaba risas instantáneas.
En mi infancia la escuchaba en nanas y en rimas de mano: las sílabas se estiraban introduciendo una consonante y repitiendo la vocal (por ejemplo, «casa» -> «capasapa», «hola» -> «hopolapa»). Eso la convertía en una especie de código divertido que sólo entendíamos los chicos. En los libros infantiles y en los cuadernos de juegos aparece mucho: las editoriales la usan para atraer la atención, enseñar fonética y fomentar la memoria auditiva.
Con el tiempo noté que la misma técnica reaparece en canciones populares y en piezas de humor, donde la jerigonza funciona como recurso rítmico y como forma de subversión ligera. Me encanta oírla porque despliega creatividad oral pura; me hace pensar en cómo jugábamos con el lenguaje para crear comunidad y complicidad, y aún hoy me saca una sonrisa cuando la encuentro en cuentos o canciones nostálgicas.
Me fascina la manera en que escritores y poetas incorporan jerigonza para romper la línea narrativa y jugar con la sonoridad del texto. En cuentos cortos destinados a niños y en poemas populares la técnica de insertar sílabas repetidas crea un eco que altera el tempo y obliga al lector a pronunciar, a sentir el idioma.
En ficción adulta se usa menos como juego absoluto y más como recurso para caracterizar voces: por ejemplo, un personaje infantil o marginal puede hablar con jerigonza para mostrar inocencia o resistencia. También aparece en novelas experimentales y en teatro para generar efectos cómicos o estridentes, y en traducciones de juegos de palabras de otros idiomas se recurre a ella para mantener la vivacidad sonora. Personalmente disfruto cuando encuentro jerigonza bien usada: me recuerda que el lenguaje es flexible y que un autor puede retorcerlo para provocar una risa o un sobresalto.
2026-05-15 06:14:33
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