Recuerdo con cariño la primera vez que vi una representación de «El enfermo imaginario» y cómo casi me dolía el pecho de tanto reír. En el centro está Argan, un hombre dominado por la hipocondría y los médicos: vive obsesionado con sus supuestas dolencias y sigue a pies juntillas cada diagnóstico, aunque sea absurdo. Quiere casar a su hija Angélique con un joven médico, Thomas Diafoirus, para asegurarse cuidados perpetuos, sin importarle los sentimientos de ella ni su amor por Cléante.
La comedia despliega una galería de personajes irresistibles: la astuta criada Toinette, que desenmascara a los charlatanes y maquina un plan para salvar a Angélique; la segunda esposa Béline, interesada más en la herencia que en la salud de Argan; y el hermano sensato, Béralde, que ridiculiza la credulidad médica. Hacia el final se monta una farsa en la que Argan es engañado para que se crea doctor, y en ese proceso se observa lo ridículo del sistema que rodea la medicina.
Me sigue fascinando cómo Molière combina crítica social y humor físico: la obra no solo hace reír, sino que pone en jaque la autoridad de la medicina del siglo XVII, un tema que sigue resonando hoy. Me quedé con la sensación de que es una comedia con una mordacidad muy humana.
A menudo pienso que «El enfermo imaginario» es una lección magistral sobre cómo la comedia puede ser un instrumento de denuncia. No solo es la historia de Argan, el hipocondríaco que vive rodeado de médicos aprovechados y que pretende casar a su hija con un médico para asegurarse cuidados; es también un retrato de las relaciones familiares y del interés económico que muchas veces disfraza la supuesta bondad.
Me atrae especialmente la estructura teatral: Molière intercala monólogos expresivos con escenas de enredo donde el engaño y la actuación interior de Toinette permiten que se revele la verdad. La figura de Béline, que finge cariño mientras codicia la herencia, contrasta con la fidelidad engañosa de otros personajes, y Béralde actúa como voz de la razón. La resolución, con Argan «nombrado doctor» en una farsa que lo cura de su neuras, es brillante porque convierte el ridículo en cura definitiva.
Pienso que la obra sigue vigente porque satiriza la credulidad y la medicina mercantilizada, pero lo hace con una ternura cómica que me sigue conmoviendo cuando vuelvo a leerla o verla en escena.
Tengo una versión favorita de «El enfermo imaginario» que siempre recuerdo cuando hablo de esta pieza. La trama gira en torno a Argan, un hombre tan absorbido por la idea de estar enfermo que su vida gira alrededor de consultas, diagnósticos y medicinas. Quiere casar a Angélique con un médico para garantizarse atención constante, pero ella ama a Cléante, lo que arma el conflicto central.
Lo que me atrapa es cómo la criada Toinette se convierte en la heroína intelectual: ella urde planes, realiza disfraces y deja al descubierto a los pretendientes médicos y a la ambiciosa Béline. La comedia funciona por el contraste entre farsas y sinceridad, y culmina en una puesta en escena donde Argan es tocar para creer y, curiosamente, se 'cura' al ser nombrado médico en la farsa. Me encanta cómo ese giro mezcla burla y esperanza de una manera irresistible.
Me gusta pensar en «El enfermo imaginario» como una comedia que funciona tanto por sus situaciones como por sus diálogos afilados. Argan está obsesionado con su salud y se deja manipular por médicos que solo buscan beneficiarse; eso arma todo el conflicto: quiere casar a Angélique con un médico para blindarse de cuidados médicos, mientras ella ama a otro hombre. La criada Toinette es mi favorita porque actúa como conciencia y motor de la acción, organizando farsas y devolviendo sentido común a la casa.
La obra hace sátira del estamento médico, muestra a charlatanes, recetas absurdas y el ridículo de la gente que se cree experta solo por títulos. Al final, la burla culmina con un engaño que sirve para que Argan abra los ojos, aunque sea a través del enredo. Es una obra que combina ritmo, ironía y ternura, y siempre me deja con una sonrisa crítica sobre cómo confiamos en quienes tienen poder.
2026-02-04 18:20:02
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Me gusta cuando una comedia clásica se deja encontrar en las plataformas digitales y cuando ocurre, lo celebro como si fuera una caza del tesoro. Para localizar «El enfermo imaginario» en España lo primero que hago es mirar en Filmin, porque suelen tener teatro filmado y cine clásico; si está disponible allí, normalmente aparece con buena calidad y con opciones de subtítulos. También reviso RTVE Play, que a veces aloja adaptaciones teatrales o filmaciones de producciones nacionales antiguas.
Si no aparece en esos dos, consulto servicios de alquiler digital: Amazon Prime Video (compra o alquiler), Google Play, Apple TV y YouTube Movies suelen tener versiones en alquiler o compra digital. Por último, me fijo en FlixOlé para cine español y en MUBI si la versión es más de autor. En resumen, con estas comprobaciones rápidas suelo dar con una copia legal y decente; siempre prefiero pagar el alquiler antes que arriesgarme con fuentes dudosas, y además así apoyo a quienes hacen las producciones.
Recuerdo aquel día en que abrí una edición polvorienta y me encontré riendo de lo absurdo: «El enfermo imaginario» fue escrito por Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por su seudónimo Molière, y la obra se estrenó en 1673.
Me impacta cómo, a pesar de haber sido escrita en el siglo XVII, la sátira sobre la hipocondría y la medicina sigue picando la imaginación. Molière era un maestro en transformar vicios sociales en comedia, y en esta pieza lo hizo con una mezcla de ironía, música y situaciones tan exageradas que no dejan de ser reconocibles hoy.
A nivel personal, cada vez que leo pasajes de «El enfermo imaginario» me parece estar en un teatro barroco: los personajes hablan con precisión y sarcasmo, y el dato de que la obra apareció en 1673 la coloca en el cierre de la vida de Molière, lo que añade una capa melancólica a la comicidad. Me quedo con la sensación de que una obra tan puntual y mordaz no pierde mordiente con los siglos.