La noche que abrí el manuscrito supe que no habría vuelta atrás.
Empecé por lo clásico: leer y releer los textos prohibidos, traducir palabras muertas y repetir fórmulas hasta que dejaron de sonar ajenas. Encontré en «Ars Mortis» y en fragmentos del «Libro de los Susurros» técnicas sobre cómo nombrar a un individuo más allá de su cuerpo, y descubrí que controlar a los muertos no es imponer una voluntad, sino construir un puente. Ese puente se sostiene con símbolos, tiempo y respeto; los rituales necesitan sigilos precisos, objetos ancla —una prenda, un diente, una ficha con la voz grabada— y una cadencia en el habla que, si se rompe, devuelve caos.
Con la práctica vino el aprendizaje más duro: los errores se pagan con terribles retornos. Aprendí a medir la intensidad del llamado, a atar la conciencia a un punto concreto y a no prolongar las reanimaciones más de lo necesario. También fue vital entender la memoria del difunto; no es un recurso que se pueda explotar sin consecuencias. Por eso, además de técnica, desarrollé disciplina emocional: controlar a los muertos exige una mezcla de paciencia y responsabilidad que alguna vez creí romántica y que hoy sostengo con firmeza.
Con el paso de los años ajusté la nigromancia a algo parecido a un código: entradas, procesos y salidas.
Analíticamente, dividir el trabajo ayuda: primero recopilo información (nombre, historia, restos), luego preparo el ambiente (sigilos, anclas, reagentes) y por último ejecuto un protocolo con fases: apertura, diálogo, tarea y clausura. Usé muchos métodos descritos en el «Manual del Nigromante», pero lo que realmente cambió mi técnica fue sistematizar las respuestas: medir cuánto tiempo puede sostenerse una reanimación antes de degradar la funcionalidad, qué objetos funcionan mejor como anclas, y cómo detectar señales de resistencia.
También construí redundancias: una runa de cierre por si la conexión se vuelve inestable, un talismán que consume la energía sobrante y una palabra de disolución que nadie olvide. En lo personal, ese enfoque me dio tranquilidad; la nigromancia dejó de ser puro misterio y se convirtió en una disciplina con margen de seguridad, aunque siempre con la misma sensación de respeto hacia quienes vuelven prestados por un rato.
Recuerdo la vez que tuve que pedirle permiso a una anciana enterrada para que me prestara su memoria.
En ese episodio práctico entendí algo que no aparece en muchos grimorios: la negociación. No basta con pronunciar palabras bonitas; muchas almas responden a favores, a musica, a la devolución de un objeto olvidado. Empecé usando canciones y ofrendas suaves, y acudí a «Cantos del Silencio» por técnicas de calma. Para que un muerto coopere, hay que establecer límites claros: un círculo pequeño, una duración definida y un ancla físico que le impida vagar. Si rompes ese pacto, la criatura vuelve con fragmentos de lo que fue, pero sin orden.
Con el tiempo desarrollé rituales cortos para tareas puntuales —recuperar recuerdos vagos, obtener una respuesta simple— y otros más largos para atar voluntades complejas. También aprendí a preparar el entorno: luz tenue, objetos familiares, y una señal para liberar al espíritu cuando la tarea termina. Esa mezcla de tino, paciencia y respeto me salvó de más de un susto y me hizo valorar la elegancia de una práctica bien hecha.
2026-06-01 13:36:58
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Mi Novio Me Entregó a los Zombis
Mariana Guinto
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En pleno apocalipsis zombi, mi novio, José Halabe, insistió en retrasar la evacuación.
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Al ver que ella seguía sin aparecer, no me quedó más opción que noquear a José y subirlo conmigo al helicóptero.
Al final, Susana terminó devorada por la horda de zombis.
Yo, en cambio, logré sobrevivir gracias a esa decisión.
Después, viví una vida tranquila y feliz con José en la zona segura.
Pero la noche antes de que asumiera el mando del sector, justo cuando me preparaba para liderar al ejército humano en el contraataque, José me echó un sedante en el agua.
Luego me arrojó directo a una horda de zombis.
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Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara.
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A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba.
No lo acepté.
Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano.
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Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío.
Cuando volví a abrir los ojos…
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Mi prometido, Carlo Vesta, también conocido como el heredero de la familia Vesta, solo recuerda que existo tres días después.
Ahora, simplemente floto alrededor mientras lo veo abrazar mi cadáver congelado, con su cuerpo temblando violentamente. Noto cuán rota es su expresión y, pronto, soy testigo de cómo va armando la verdad que me llevé conmigo a la tumba.
Es demasiado tarde, Carlo. Pero está bien.
Estoy justo aquí, observándote.
Quiero ver cómo vas a enfrentar la verdad de que tú mismo encerraste a la mujer que amas en su propia tumba.
Me estaba muriendo por envenenamiento por plata, todo por salvar a mi familia. Y ahora Marcus, mi prometido, el Alfa que había jurado nunca abandonarme, quería que le entregara mi riñón sano para dárselo a Celeste, la hija adoptiva de mis padres.
A nadie le importa si vivo o muero. Así que rechacé el tratamiento conservador y me inyecté la poción de vida de una bruja. ¿El precio? En 72 horas, moriría de una falla total de todos mis órganos.
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Limpié todo rastro. Cuando llegó a casa, me derrumbé en sus brazos. Pero nunca se lo dije. No podía soportar que sintiera el dolor que yo sentía.
Ahora lo entendía. Esa misma noche, Isabella también había sido atacada por hombres lobo. Y la orden de Alistair a su consejo fue:
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Solo cuando mi conciencia comenzaba a desvanecerse, él respondió, con un tono de evidente fastidio.
—¿Qué quieres esta vez?
—Hermano, ayuda...
No pude terminar la frase. Me interrumpió bruscamente.
—¿Por qué siempre tienes problemas? A finales de mes es la ceremonia de graduación de Luna. Si no vienes, ¡te juro que te mataré!
Dicho esto, colgó el teléfono sin dudar.
No pude soportar el dolor. Cerré los ojos para siempre, con lágrimas aun corriendo por mi rostro.
“Hermano, no tendrás que matarme. Ya estoy muerta.”