el mar ha dejado de ser el mismo que conocí cuando era niño y eso se siente en todo lo que hacemos.
Recuerdo rutas de caza que mis padres recorrían sin pensar, sobre un hielo que crujía con seguridad; ahora ese hielo aparece y desaparece de formas que no logro predecir. Las focas llegan a otros lugares, las aves cambian de época, y los
barcos comerciales pasan por estrechos que antes estaban cerrados por meses. Eso no solo altera la comida que traemos a la mesa: cambia conversaciones, canciones y la forma en que enseñamos a los jóvenes a leer el paisaje.
La casa de madera donde viví
toda la vida se asienta sobre permafrost que se estaba hundiendo; han aparecido grietas, y el cementerio d
el pueblo se ha acercado a la orilla. Tenemos que reconstruir, mover cosas, gastar recursos que antes invertíamos en comunidad y cultura. A veces siento una mezcla de rabia y cariño: rabia por lo que se pierde y cariño por la gente que se reúne a compartir saberes y buscar soluciones. Me consuela ver a los jóvenes tomar notas, combinar
instrumentos modernos con saberes antiguos, pero no puedo negar que cada cambio deja una marca en nosotros.