Recuerdo el primer
relato corto que leí suyo con una mezcla de sorpresa y curiosidad, porque su voz entonces era cruda y directa, casi confesional. En sus inicios solía usar frases cortas y golpes de imagen: mucho ritmo, mucha música en el interior de las oraciones. Eso lo acercaba a lo íntimo, a lo urgente; los personajes parecían hablar desde el filo de algo que debía decirse ya.
Con el tiempo noté que se animó a experimentar más con la estructura. Aparecieron puntos de vista múltiples, saltos temporales y capítulos que se leían como escenas sueltas de una película. No perdió esa economía de
palabras, pero ahora la combinaba con recursos más ambiciosos: silencios largos, elipsis y episodios
fragmentados que exigían juntar piezas. En sus obras más recientes siento que volvió a una voz más serena, como si hubiese digerido todo lo experimentado y escogiera, con más intención, cuándo ser parco y cuándo extenderse. Al final, me dejó la sensación de haber seguido un proceso de aprendizaje honesto: de la rabia a la experimentación, y de ahí a una
madurez que sabe tocar sin estridencias.