Recuerdo con nitidez la sensación de ver a Steve
collins contra Chris Eubank: no fueron combates espectaculares por nocauts, pero sí una lección de boxeo inteligente y pura
resiliencia. En ambos pleitos Collins ganó por decisión de los
jueces, y lo hizo porque supo imponer un plan muy concreto contra un púgil de estilo singular como Eubank. Mientras Eubank buscaba mantenerse erguido, con el juego de piernas y los contragolpes clásicos que lo habían hecho famoso, Collins trabajó para romper ese ritmo con presión constante y muchas manos al cuerpo.
Collins no trató de pelear igual que Eubank; fue paciente, metódico y físicamente superior en
el intercambio largo. Atacó la distancia media-corta, cerrando el espacio y castigando con uppercuts y ganchos al torso, desgastando al rival poco a poco. Además mostró una defensa efectiva para neutralizar los golpes largos de Eubank: se agachaba, contraatacaba y no se exponía de más. Esa combinación de aguante, trabajo al cuerpo y control del centro del ring le dio la ventaja en las tarjetas.
Al final me quedo con la imagen de un Collins que ganó mentalmente la pelea de desgaste: no buscó el KO desesperado, sino sumar asaltos dominando la acción y manteniendo la compostura. Esa forma de ganar, con oficio y temple, es lo que hizo la diferencia en ambos encuentros y me pareció fascinante desde el punto de vista táctico.