Siempre me llamó la atención la persistencia de Verbitsky en temas de derechos humanos; desde mi punto de vista, comenzó a escribir sobre ello en los años setenta y cobró mayor relevancia durante y después de la dictadura militar argentina. He seguido varios de sus textos y parece claro que los sucesos de ese período lo empujaron a investigar desapariciones, juicios por crímenes de lesa humanidad y las redes de complicidad que rodearon aquellos años. A lo largo de los ochenta y las décadas siguientes, esa preocupación se convirtió en un rasgo constante de su trabajo; sus artículos y libros suelen retomar esas problemáticas, siempre con un enfoque crítico y de búsqueda de explicación y justicia, lo cual me parece fundamental para entender su trayectoria.
Me resulta evidente que Verbitsky empezó a tocar el tema de los derechos humanos ya en la década de 1970 y que su dedicación se profundizó a partir del brutal período de la dictadura. Yo lo leí primero en artículos y ensayos en los que investigaba causas relacionadas con víctimas de la represión y las estructuras que permitieron la impunidad. Esa intención investigativa y su mirada crítica se hicieron más visibles en los años ochenta, cuando la sociedad reclamó memoria y juicio a los responsables.
Como lector que disfruta de análisis políticos y sociales, veo su obra como una continuidad: no fue algo puntual, sino una línea editorial y personal que lo acompañó durante décadas. Sus intervenciones públicas y escritos posteriores muestran que el compromiso con los derechos humanos no fue coyuntural, sino una temática recurrente que lo define hasta hoy.
Me acuerdo bien de cómo se fue consolidando su voz en torno a los derechos humanos: Horacio Verbitsky comenzó a abordar esos temas desde finales de los años setenta y, sobre todo, los llevó al centro de su trabajo durante y después de la dictadura militar argentina (1976–1983). En mi experiencia leyendo crónicas y reportajes históricos, se nota que sus textos tomaron fuerza cuando la sociedad empezó a exigir memoria y justicia, y él respondió investigando desapariciones, violaciones a los derechos humanos y el entramado de impunidad que rodeaba esos hechos.
Con el paso de los años siguió escribiendo sobre esos asuntos con constancia, mezclando periodismo de investigación, entrevistas y análisis críticos. Para alguien que ha seguido su trayectoria, queda claro que los ochenta marcaron un antes y un después: su producción se volvió más sistemática y comprometida con las causas de derechos humanos, y desde entonces no ha dejado de abordar esas temáticas en libros, columnas y reportajes. Personalmente, valoro cómo mantuvo esa línea a lo largo de décadas, a pesar de los vaivenes políticos, lo que facilita trazar un hilo cronológico coherente desde los setenta hasta la actualidad.
2026-03-22 08:39:13
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Kaugnay na Mga Aklat
Seis Años y Aún Me Debes un Amor
Sofí Valiente
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Hace seis años, Noelia Bustos hizo de todo para enamorar al muchacho más guapo de la facultad de Derecho, Marcos Leiva.
Después de tres meses de relación, ella lo dejó así nada más.
—Me cansé de acostarme contigo —le dijo con total tranquilidad.
Seis años después de que terminaron, se volvieron a encontrar. Pero, todo era distinto.
Antes, ella era la niña rica y él, el muchacho pobre.
Ahora, él era un peso pesado en un bufete de primer nivel, mientras que ella cargaba con deudas, una hija y un pasado de violencia doméstica.
Cuando decidió separarse de su marido, Marcos apareció como su abogado para el divorcio.
—Todo esto te lo buscaste tú sola —le dijo él, con una sonrisa burlona.
Noelia sabía que Marcos la odiaba con toda el alma, e intentó que no volviera a pasar nada entre ellos. Al final, el día que ella se iba, con una sonrisa, le deseó:
—Que tengas una feliz boda.
Pero él cruzó mar y tierra para buscarla.
En el único hostal de un pueblo pequeño, en una habitación a oscuras, Marcos la acorraló y, con los ojos rojos, la abrazó fuerte.
—¿En serio fuiste capaz de dejarme otra vez?
Natalia Cantú conoció a Samuel Ximénez al borde de la muerte.
Como un caballero gentil, le hizo creer que estarían juntos de por vida.
Hasta que, engañada por él para que llevara el caso de divorcio de su primer amor, descubrió por accidente que cinco años de amor eran falsos, que el esposo obsesionado con mimarla era falso, ¡incluso su parálisis de las piernas era falsa!
Él sabía engañar y mentir, y ella también.
El día que obtuvo el divorcio, Natalia se convirtió en tendencia por las críticas. Ella aprovechó la situación y ganó notoriedad.
Un obsesivo magnate que la buscó durante cinco años voló esa misma noche, se arrodilló en un gesto solemne y, sosteniendo un anillo, le suplicó por su amor:
—Mi princesa, si ya me salvaste una vez, ¿cómo podrías abandonarme tan fácilmente?
Después de seis años de relación, justo cuando estaba a punto de casarse, su novio la dejó con una sola frase:
—Mi padre nunca permitirá que alguien con tu origen entre en nuestra familia.
Valeria Mendoza sintió una burla amarga en el pecho.
No necesitaba que le explicaran nada más.
La verdadera razón era evidente: el gran amor de Sebastián Ferrer había regresado… y ella ya no tenía lugar.
Cuando estaba completamente destruida, apareció el verdadero dueño del imperio Ferrer, el soltero más codiciado de Santa Verona, Alejandro Ferrer, con una propuesta inesperada.
—Cásate conmigo. Tendrás todo lo que quieres… y también podrás vengarte de él.
La buena noticia:
Diez millones al mes para gastar, recursos ilimitados, un esposo que supuestamente viajaba todo el tiempo por trabajo y una convivencia sin interferencias. Además, podía aplastar a su ex solo por el estatus de la familia Ferrer.
La mala noticia:
Lo de los viajes de negocios era mentira.
Lo de “no molestarse” también.
La misma noche en que firmaron el acta de matrimonio, Alejandro la acorraló contra la cama y la besó hasta dejarla sin aire.
Desde entonces, volvía a casa cada noche, con un interés peligrosamente constante por su “vida matrimonial”.
Más tarde, Sebastián se arrodilló en público suplicándole que volviera con él.
Alejandro rodeó la cintura de Valeria y lo miró con frialdad.
—Sebastián, si vuelves a decir una estupidez, te saco de la familia Ferrer.
Cuando la noche caía en silencio, Alejandro enterraba el rostro en el cuello de Valeria y murmuraba con voz baja y áspera:
—Valeria… olvida a los demás. Ámame solo a mí, ¿sí?
—Valeria, ¿en quién estás pensando?
—Valeria, solo puedes pensar en mí.
—Valeria… tengamos un bebé, ¿sí?
***
Valeria siempre creyó que su matrimonio con Alejandro era solo un intercambio de intereses.
Un acuerdo frío donde ambos salían ganando.
Por eso nunca se atrevió a entregarle su corazón.
Hasta que descubrió la verdad.
Aquel matrimonio que la había salvado del infierno…había sido planeado por él durante seis años enteros.
Soy Vicky Eaton, una Kindred sin vínculo. Es decir, no tengo una pareja o vínculo de sangre, el único humano del que se puede beber según la ley Kindred.He hecho todo lo posible por cumplir la norma, hasta que me di cuenta de que mi nuevo jefe huele demasiado bien como para resistirme y cumple todos los requisitos para ser mi pareja.Sin embargo, hace tiempo que hice el voto de quedarme sin pareja para toda la eternidad.**Mientras hablaba, me lamió la oreja. Mi corazón volvió a acelerarse. El aroma de su perfume de sangre, mezclado con la fragancia natural de su cuerpo, estimuló cada uno de mis nervios. Me besó el cuello. Gemí contra sus caricias mientras me quitaba la ropa por tercera vez en menos de doce horas.—Hagas lo que hagas... —le dije sin aliento—: No pares. Mis palabras le golpearon con fuerza y sus movimientos se intensificaron. De repente, se separó y giró el cuello hacia mí, revelando su gloriosa piel.Me quedé helada.¿Debía mantenerme fiel a mi pasado o dar un salto de fe y caer en el mundo del Vínculo de Sangre?
Cuando Samuel Ledesma trajo a su nueva amante a casa por décima octava vez y hicieron el amor frente a mí, yo solo me limité a recoger en silencio la ropa que habían dejado tirada por todo el suelo.
Sabía que eso era su venganza.
Hace cinco años, sufrió un secuestro y estuvo a punto de morir. A pesar de sus súplicas desesperadas, yo decidí romper con él y marcharme del país.
Cinco años después, se convirtió en el presidente de una empresa que cotizaba en bolsa y usó su dinero para mantenerme a su lado como su asistente.
Cada cierto tiempo, traía a diferentes mujeres a casa y me mostraba, justo delante de mí, lo enamorados que estaban, solo para humillarme.
Pero él no sabía que la persona que lo salvó de los delincuentes hace cinco años fui yo, y que la que no ha podido olvidarlo durante estos cinco años también era yo.
Hasta que esta vez, la mujer que trajo a casa fue mi prima Judith, a quien yo había financiado durante años.
Cuando ella, con una sonrisa de triunfo, acariciaba su vientre y me dijo que estaba embarazada de Samuel, yo simplemente la felicité con calma.
Luego me di la vuelta y marqué un número.
—Hola, respecto al proyecto de apoyo médico en la zona epidémica del que hablamos antes, ya lo he pensado bien. Estoy dispuesta a unirme.
Durante el banquete anual de capos de la familia, Marco Costa declaró ante todos que la organización brindaría protección a una sola mujer: Rosa Frost, su primer amor de la infancia, quien estaba recién divorciada y de regreso en el círculo de la mafia. Tras el anuncio, las demás mujeres se escabulleron una tras otra en la oscuridad de la noche, con su dinero, su dignidad y sus nuevos protectores ya asegurados.
Solo yo, Viola Rossi, la que alguna vez fuera su Donna, quedé completamente excluida de la familia Costa, sin un solo lugar a donde ir.
Veintiún años atrás, el sistema me había arrastrado a esta vida con un mandato brutal: lograr que uno de los cuatro hombres en juego se enamorara de mí. Si lo conseguía, podría regresar a mi vida real con un cuerpo sano. Pero fracasé; todos y cada uno de ellos terminaron eligiendo a Rosa.
—La última pizca de piedad del sistema termina aquí. Vuelve a casa.
Poco después, me encontraba atrapada en un almacén portuario en las ruinas de Brooklyn, con la pistola en mano. Cerré los ojos, resignada. Sin embargo, justo cuando la oscuridad estaba por cernirse sobre mí, un grito crudo y furioso que pronunciaba mi nombre rompió el silencio; sonaba como si el hombre que lo emitía estuviera dispuesto a quemar el mundo entero con tal de llegar hasta mí.
Recuerdo con nitidez cómo, en varias ocasiones, las investigaciones periodísticas terminaron empujando expedientes que antes estaban estancados. He seguido a Horacio Verbitsky desde hace años y, si estoy honesto, su trabajo tuvo un peso real en el imaginario judicial argentino: sus notas y denuncias sobre violaciones a los derechos humanos y casos de corrupción encendieron focos que la prensa y la sociedad no dejaban apagar. En más de una causa, lo publicado por él sirvió para desenterrar documentos, armar cronologías y darle voz a víctimas que luego fueron testigos en tribunales.
También hay que decirlo con claridad: ese empuje mediático no siempre significó una investigación impecable desde el punto de vista judicial. Sus textos obligaron a la justicia a mirar, pero muchas veces hubo que complementar o verificar su trabajo con peritajes, testimonios oficiales y diligencias formales. Además, su vínculo histórico con organizaciones de derechos humanos le dio un lugar central, tanto para bien —por exponer atrocidades— como para mal, ya que también fue objeto de críticas por supuesta parcialidad política.
En mi experiencia, la fuerza de Verbitsky estuvo en transformar historias fragmentadas en relatos coherentes que la sociedad y los jueces no pudieron ignorar. No siempre fueron el punto final, pero sí fueron detonantes: ayudaron a que causas avanzaran, que se abrieran audiencias y que se discutieran públicamente verdades que antes estaban ocultas. Esa mezcla de denuncia, persistencia y polémica es parte del legado que dejó en la investigación judicial argentina.
Recuerdo claramente cómo su nombre fue apareciendo en los artículos que devoraba en la universidad: Horacio Verbitsky comenzó a publicar relatos periodísticos a fines de los años sesenta y consolidó su presencia durante la década de 1970. Yo era muy joven cuando empecé a seguir la prensa argentina y noté que su trabajo ya circulaba en revistas y diarios alternativos de la época, con textos que mezclaban investigación, denuncia y un estilo personal bastante directo.
Más adelante, en los ochenta y con el regreso de la democracia, su voz se volvió aún más visible: amplió la cantidad y el alcance de sus investigaciones y pasó a estar presente con columnas y libros que recogían años de investigación sobre corrupción y violaciones a los derechos humanos. También lo asocié siempre a organizaciones y entornos vinculados a la memoria y la defensa de derechos; eso potenció la recepción de sus relatos periodísticos. Personalmente, me impresionó cómo un trayecto que arrancó en la prensa de los sesenta fue transformándose en una carrera larga y polémica, siempre marcada por una fuerte voluntad de investigar y contar.