No soy de las que guarda todo en papel, pero cuando quiero leer a Cristina Fallarás sé dónde buscar: su nombre aparece con frecuencia en «ElDiario.es», y de vez en cuando en otros medios digitales de opinión. También publica enlaces y notas en redes y en boletines, lo que facilita seguir sus columnas actuales.
Personalmente valoro que su estilo se pueda encontrar en plataformas que permiten más contexto y espacio que los titulares rápidos; eso me deja leer sus piezas completas y reflexionar. Siempre salgo con alguna idea nueva o con ganas de discutir lo leído con amigos.
Veo sus columnas como lecturas obligadas cuando quiero ponerme al día en debates sociales: la encuentro sobre todo en «ElDiario.es», donde publica con regularidad, pero no se limita a una sola cabecera. He leído su trabajo en espacios digitales que cuidan la opinión y el análisis, como «Público» en su momento, y también en portales de periodismo independiente que recogen firmas y colaboraciones.
Lo que me llama la atención es que su presencia no se agota en la prensa: a veces comparte textos en boletines, participa en conversaciones en redes y contribuye con relatos largos en plataformas de ensayo. Yo tengo varias de sus columnas guardadas y me sirve como referencia cuando preparo lecturas para debates en el club al que voy; siempre aporta una mezcla de rabia y lucidez que me engancha.
Hace años empecé a seguir a Cristina Fallarás por una recomendación y desde entonces la rastreo en varias cabeceras digitales. Su trabajo aparece con cierta regularidad en «ElDiario.es», que es uno de los sitios donde centraliza sus columnas y piezas de opinión. Además, suele colaborar puntualmente con medios afines al periodismo crítico y a la agenda social, como «Público» o portales independientes que dan espacio a voces críticas.
Si te interesa su producción completa, conviene mirar también su perfil público en redes y newsletters, porque allí comparte enlaces directos a sus artículos y reflexiones más recientes. Yo la sigo tanto por lo agudo de su mirada como por esa sensación de lectura urgente que tienen muchas de sus piezas.
Me pirra seguir a Cristina Fallarás porque siempre tiene una voz clara y sin filtros, y normalmente encuentro sus columnas en plataformas digitales que apuestan por el periodismo independiente. Principalmente publica en «ElDiario.es», donde mantiene columnas y artículos con frecuencia; además, suele colaborar con otros medios online que permiten piezas de opinión y reportajes largos.
También difunde mucho su trabajo a través de su presencia en redes y a veces en newsletters personales o en espacios colectivos de periodistas. Antes y después de cambios en la prensa tradicional, la he leído en cabeceras como «Público» y en portales de análisis como «InfoLibre» o «CTXT», según el tema.
En mi archivo tengo enlaces a columnas suyas sobre feminismo, memoria y política; me parecen una lectura imprescindible para entender debates actuales, y la sigo por la forma directa y la contundencia de sus textos.
2026-05-30 14:38:14
5
View All Answers
Scan code to download App
Related Books
Esta vez mi historia se escribe sin ti
Zafira
6
16.1K
Después de renacer, tomé la firme decisión de dejar de obsesionarme con mi amigo de la infancia, Federico Torres.
En su fiesta de cumpleaños colgó un cartel que decía: «Prohibido perros y Clementina». Sin titubear, me largué a Hawái y puse océanos de por medio.
Cuando comentó que el simple olor de mi perfume le revolvía el estómago, obedecí y me mudé sin chistar.
Al graduarnos anunció que no pensaba respirar el mismo aire que yo en ninguna ciudad; hice mis maletas —rápido— y desaparecí para siempre.
Por último, aseguró que mi mera existencia podía malinterpretarse ante su amor imposible.
Asentí y, muy pronto, presenté en redes a otro chico como mi novio.
Una y otra vez elegí lo contrario a lo que hice en mi vida pasada.
Porque, en aquella otra vida, cuando por fin me casé con él, su amor ideal se arrojó desde un acantilado.
Él me llamó asesina, me torturó, me quebró… y acabé devorada por los peces.
Esta vez, lo único que quiero es vivir de verdad.
Así que tomé de la mano a mi nuevo novio.
Pero Federico se plantó en medio de la calle, con los ojos encendidos de rabia.
—Clementina, ven conmigo ahora y olvidaré esta broma.
Después de que la empresa consiguiera el financiamiento, mi esposa, la presidenta Esther Arreola, estaba a punto de hacer pública nuestra relación.
Pero Joel Chávez, su excompañero de la universidad, más joven que ella y recién incorporado a la empresa, subió de repente al escenario y, con una sonrisa arrogante, soltó:
—Esther, ¿no crees que me estás consintiendo demasiado al hacer público lo nuestro?
Esther ni siquiera lo negó. Al contrario, sonrió y de inmediato metió a Joel en uno de los proyectos clave de la empresa para inflarle el currículum.
Al instante, todos los empleados presentes rompieron en aplausos y se deshicieron en elogios, como si de verdad fueran la pareja perfecta.
Un colega con el que llevaba años trabajando, al ver que yo no decía nada, incluso se inclinó hacia mí y me susurró:
—Felipe, ¿no eras buenísimo para quedar bien con todo el mundo? ¿Qué haces ahí parado? Ve y felicítalos.
No armé ningún escándalo ni reclamé nada. Simplemente le deslicé a Joel mi credencial de jefe de proyecto y, con una generosidad fingida, dije:
—Solo participar en el proyecto es poca cosa para alguien como tú. Mejor quédate con mi puesto de jefe de proyecto. Considéralo mi regalo por haber hecho pública tu relación con Esther.
Era la prometida de Ian Chávez, conocido como el "Príncipe Cisne", ofreció su posición de Primer Bailarín para casarse conmigo.
Él, tan arrogante y solitario, sin embargo, ofreció la más absoluta sumisión en el escenario a mi coreografía de "La Corona Eterna".
Tres años de estudio en París después, a mi regreso, descubrí que esa bailarina suplente, cuya espalda se parecía a la mía, ya se había adueñado de nuestro salón de ensayos privado.
En la fiesta de bienvenida, Ian abandonó a los patrocinadores para correr detrás de la suplente, que lloraba.
Tras el terciopelo del telón, escuché las palabras tiernas que nunca me había dirigido a mí:
—Yamina, al principio te elegí porque eras su sombra, solo buscaba un sustituto.
—Pero eres tan diferente, tu coreografía me embriaga, incluso más que la suya.
—Solo asegurémonos de que ella no lo sepa antes de la función de despedida de “La Corona Eterna”.
Desde el salón de ensayos llegaron gemidos sofocados y esa frase:
—Te daré incluso mi posición de Primer Bailarín.
Y justo allí, donde él una vez tomó mis manos y juró que Yo, Estrella López, sería su única alma gemela para toda la vida.
Di la vuelta y me fui.
De vuelta en el camerino y llamé al Sr. Díaz, su mayor rival.
—Director Díaz, acepto el contrato para cambiar de compañía. Y por favor, prepáreme un regalo. Que la función de despedida de Ian se convierta en el mayor escándalo que el mundo del arte haya visto.
Firmó nuestra ruptura… mientras planeaba nuestra boda
Bagel
0
2.1K
Tras tres días sin dar señales de vida, mi prometido —el Capo de la familia Moretti— se fue de viaje con su asistente, Bella.
Esperaba que, como siempre, yo me muriera de celos.
Pero cuando regresó a Valmont un mes después… se encontró con alguien completamente distinta.
Me pidió que le cediera mi oficina. No discutí. Recogí mis cosas y se la entregué.
Para hacer brillar a Bella, me dejó en evidencia frente a un socio clave durante la reunión anual de la familia. No me defendí. Acepté el castigo sin decir una palabra.
Cuando decidió ponerla al frente del negocio más rentable… tampoco reaccioné. Le entregué todos los documentos y me aparté.
Bella sonreía con aire triunfante.
—¿Ves? Te lo dije.
—A mujeres como ella hay que saber llevarlas. Con un viajecito basta para que se asuste y vuelva dócil.
Lucas se lo creyó todo. Incluso la elogió por su “gran intuición”.
Después, en un gesto que jamás había tenido conmigo, prometió organizar una boda tan ostentosa que haría historia en el bajo mundo de Valmont.
Pero había olvidado algo.
El acuerdo de ruptura que firmó… justo antes de subirse al coche aquel día.
Yo ya había cortado todos los lazos.
Me iba.
Y él… ni siquiera lo sospechaba.
"Tal vez nunca lo sabría. O tal vez era la mujer que veía ante mí quien tenía las respuestas. Esta no era una princesa ni una reina. Esta era una guerrera, una guerrera que pretendía luchar."
**
Yo, Constance Cladwell, era la hija del Rey Alfa en los Territorios del Norte—una princesa destinada a reinar hasta que el Rey del Sur invadió mis tierras, matando a mi manada y a mi familia.
Huí buscando protección del Rey Alfa de los Territorios del Este para advertirles de los peligros que se avecinaban, solo para enfrentarme con lo que nunca esperé: mi compañero destinado.
Ahora arrojada a un mundo donde la guerra estaba a la vuelta de la esquina y atrapada entre el hombre que anhelaba y las atenciones del Rey, me quedo con una decisión. ¿Me sacrificaré y me convertiré en la Reina Luna para asegurar venganza contra mi enemigo, o aceptaré el destino y lucharé por el amor de mi compañero?
**
«La Princesa Rechazada» es una obra de Claire Wilkins, una autora de eGlobal Creative Publishing.
El día en que Rosa, el amor de mi esposo, enferma terminal, dio a luz a su hijo, mis suegros contrataron a diez guardaespaldas para vigilar la sala de partos y asegurarse de que yo no apareciera a hacer un escándalo.
Pero la verdad es que nunca fui.
Mi suegra, Melina, le tomó la mano a Rosa conmovida:
—Rosa, mientras estemos nosotros aquí, ¡Fiona jamás podrá hacerte daño a ti ni a tu bebé!
Mi esposo, Benito Cruz, con ternura en la mirada, la acompañaba durante el parto, secándole el sudor de la frente.
—Tranquila, mi padre está con su gente en la entrada del hospital. Si Fiona se atreve a venir, la sacamos en el acto.
Al ver que pasaban las horas y yo no aparecía, por fin se tranquilizó.
Para él no tenía sentido pensar que yo fuera capaz de armar una escena. Solo quería cumplirle a Rosa su último deseo: ser madre antes de morir. ¿Por qué yo me empeñaría en arruinarlo?
Cuando escuchó el llanto del recién nacido en brazos de la enfermera, no pudo evitar sonreír con alivio.
Pensó que, si al día siguiente yo iba a disculparme con Rosa, se olvidaría de todas nuestras peleas. Incluso estaba dispuesto a dejar que yo criara al niño como si fuera mío.
Lo que él no sabía era que, en ese mismo instante, yo acababa de entregar mi informe en la ONU.
En una semana iba a renunciar a mi nacionalidad para unirme a Médicos Sin Fronteras.
Y desde entonces jamás volvimos a vernos.
Me resulta fascinante observar cómo Cristina Fallarás consigue poner temas incómodos sobre la mesa.
Con los años he visto muchas voces romper el confort mediático, pero la suya tiene ese tono filoso y urgente que no pide permiso: cuestiona, señala hipocresías y fuerza conversaciones que muchas veces estaban escondidas bajo eufemismos. Para gran parte del público, su trabajo amplifica relatos que antes quedaban fuera de los grandes titulares, especialmente en torno a las violencias simbólicas y estructurales que afectan a las mujeres.
También hay que decir que su estilo polariza. No todos coinciden con su forma de decir las cosas, y eso provoca reacciones en cadena: debates en mesas, discusiones en redes y, a veces, una respuesta institucional que termina abordando el tema aunque sea por presión pública. Creo que esa capacidad para incomodar es precisamente lo que alimenta su influencia, porque obliga a que temas antes invisibles pasen a la agenda pública y eso cambia la conversación social a medio plazo.
Al final, me queda la impresión de que su papel no es suavizar, sino remover, y eso —aunque choque— es útil para que las cuestiones difíciles dejen de ser tabú.
Me resulta fascinante cuánto revuelo puede provocar Cristina Fallarás entre distintos lectores.
En mi experiencia, parte de la polémica viene de su forma de hablar sin muletas: es directa, a veces hiriente para quienes prefieren matices, y eso choca con un público que quiere literatura tranquila o ensayo académico. Sus textos mezclan lo personal con lo político y eso genera dos cosas: empatía feroz entre quienes se sienten identificados y rechazo contundente entre quienes se consideran aludidos o contrarios a sus ideas.
También hay un componente de escenario público y redes sociales. Cuando alguien escribe con rabia y convicción se convierte en tendencia, y las cámaras amplifican cualquier error o frase desafortunada. Por último, no se puede ignorar el factor género: muchas reacciones virulentas parecen venir más por lo que ella representa que por lo que escribe. Yo suelo leerla pensando en esa tensión; me interesa su sinceridad, aunque no coincida siempre con su tono, y eso me deja reflexionando sobre hasta qué punto queremos voces incómodas en la misma mesa.
No puedo evitar sentir una mezcla de rabia y ternura cuando pienso en las entrevistas de Cristina Fallarás.
Desde una esquina personal y combativa, su discurso me golpea porque no se conforma con el lenguaje cómodo: cuestiona instituciones, nombra violencias y pone nombres propios a realidades que muchos prefieren ocultar. Hay un tono directo, casi sin filtros, que a veces choca pero que también libera; eso hace que sus entrevistas no sean solo información, sino llamada y espejo al mismo tiempo.
Me resulta refrescante que no se limite a datos fríos: trae experiencias personales, ironía y una urgencia moral. Para mí, eso transmite autenticidad y coherencia, aunque su estilo polarice. Al final, me quedo con la sensación de que intenta despertar conciencia y responsabilizar, algo que valoro profundamente como lectora comprometida.