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Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

A los siete años, papá llevó a casa a una mujer hermosa y fue ella quien me regaló una caja de mangos. Ese mismo día, mamá me vio comerlos con tanto gusto. Firmó los papeles del divorcio sin decir nada y, poco después, se lanzó del edificio. Desde entonces, el mango se convirtió en la pesadilla que me acompañaría toda la vida. Por eso, el día de mi boda le dije a mi esposo, Héctor Preciado, que si algún día quería divorciarse, solo tenía que regalarme un mango. Él me abrazó sin responder y, desde ese momento, el mango también se volvió su tabú. Cinco años después de casarnos, en Nochebuena, su amiga de la infancia dejó un mango sobre su escritorio. Ese día, Héctor anunció que cortaba toda relación con Violeta Sánchez y la despidió de la empresa. Y ahí sí creí, sin dudarlo, que él era el hombre indicado para mí. Hasta que, seis meses después, regresé del extranjero tras cerrar un trato de cien millones de dólares. En la cena de celebración, Héctor me pasó una bebida. Y, cuando ya me había tomado la mitad del vaso, Violeta, la mujer a la que había despedido de la empresa, apareció detrás de mí con una sonrisa provocadora y preguntó en tono despreocupado: —¿Está bueno el jugo de mango? Me giré para mirar a Héctor con incredulidad. Él apenas contenía la risa. —No te enojes —dijo—. Violeta insistió en que te hiciera esta broma. —No te di un mango, solo jugo de mango. Luego añadió, como si nada: —Pero, creo que Violeta tiene razón: que no comas mango es una manía tuya. —Mira lo feliz que estabas tomándolo hace un momento. Mi expresión se endureció. Levanté la mano, le arrojé el resto del jugo en el rostro y me di media vuelta para irme. Porque hay cosas con las que no se bromea. El mango no lo es. Y mi decisión de divorciarme, tampoco.
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Mi Novio Me Entregó a los Zombis

Mi Novio Me Entregó a los Zombis

En pleno apocalipsis zombi, mi novio, José Halabe, insistió en retrasar la evacuación. Todo para que Susana Campuzano, su amiga de la infancia, también pudiera alcanzar el último grupo de helicópteros de rescate. Pero esa era la última operación de evacuación desde que estalló el brote zombi. También era la única salida con vida para nuestro equipo de sobrevivientes. Al ver que ella seguía sin aparecer, no me quedó más opción que noquear a José y subirlo conmigo al helicóptero. Al final, Susana terminó devorada por la horda de zombis. Yo, en cambio, logré sobrevivir gracias a esa decisión. Después, viví una vida tranquila y feliz con José en la zona segura. Pero la noche antes de que asumiera el mando del sector, justo cuando me preparaba para liderar al ejército humano en el contraataque, José me echó un sedante en el agua. Luego me arrojó directo a una horda de zombis. Cientos, quizá miles de zombis me abrieron el vientre y me devoraron viva, hasta que morí en medio de un dolor insoportable. Él, en cambio, estaba de pie en lo alto de la muralla y soltó una carcajada helada. —Por culpa de tu egoísmo, Susana también perdió la oportunidad de vivir. Tenías que sentir en carne propia el dolor que ella sufrió. Tenías que pagarlo con tu vida. Al volver a abrir los ojos, regresé al día en que José insistía en retrasar la evacuación. Ya que tanto quería vivir y morir junto a Susana, entonces yo misma haría que terminara sirviendo de comida para los zombis junto con ella.
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Tras su preferida

Tras su preferida

Desde que me casé con Julián Mendoza, él puso punto final a todas sus andanzas. Para todos, yo era la mujer que había ‘domado’ al ‘playboy’, y mi vida familiar era la envidia. Hasta el día de nuestro noveno aniversario, cuando vi por accidente los mensajes en el grupo de chat con sus amigos: “Oye Julián, ¿qué tal la experiencia de ayer en el Bentley con tu compañera de universidad?” “Lo hemos probado en todos lados. Está locamente enamorada de mí.” Debajo había una foto íntima de ellos, y el grupo se llenó de comentarios calientes, felicitándolos entre risas y bromas. Miré la pantalla y un dolor punzante me atravesó el corazón. De pronto lo entendí: toda aquella felicidad a mi lado no era más que un montaje perfectamente preparado. Me quedé sentada, inmóvil, toda la noche, esperando su regreso. Cuando al fin Julián llegó, trayendo un pastel de celebración, no pude evitar soltar una risa fría. —Ya lo sé todo. ¿No te cansa fingir?
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Lecciones Nocturnas Con La Mamá Del Amigo

Lecciones Nocturnas Con La Mamá Del Amigo

—Quiero que tú y yo hagamos una demostración de la noche de bodas, para enseñarle a mi hijo cómo estar con una mujer. Es un cerebrito que no entiende nada, y ya está a punto de casarse. ¡No lo podía creer! La guapa mamá de mi amigo quería que hiciéramos juntos una demostración para enseñarle a mi amigo cómo consumar la noche de bodas…!
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La Decimoctava Traición, Enterré Mi Corazón

La Decimoctava Traición, Enterré Mi Corazón

Cuando mi novio piloto canceló por decimoctava vez nuestra boda, me cansé. La primera vez, dejó todo porque su alumna tuvo la regla y corrió a comprarle té de jengibre con azúcar moreno. La segunda, su alumna falló en una misión; él solo dijo que estaba de mal humor y me convirtió en el hazmerreír de todos en el banquete. En tres años de relación, siempre que ella tenía un problema, él me dejaba plantada sin pensarlo dos veces. Al fin, comprendí: quizá en su corazón yo nunca importé. Así que compré un billete a París y decidí viajar sola por el mundo. De esta forma, ya nadie volvería a abandonarme.
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El Elixir que Robó Mi Amor

El Elixir que Robó Mi Amor

Mi prometido era el neurocientífico más brillante del país. Pero su amiga de la infancia, enferma de cáncer terminal y solo tenía un mes de vida, por lo que, para acompañarla en ese último tramo del camino, él me obligó a tomar una dosis experimental de un fármaco que borra la memoria, una creación suya, aún secreta. Durante ese mes en que yo lo olvidé todo, él organizó una boda con su amiga, la llevó de luna de miel, y juntos, prometieron reencontrarse en otra vida, en medio de un campo lleno de flores. Un mes después, bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, él cayó de rodillas frente a mí, con los ojos llenos de desesperación y la voz hecha trizas: —La droga solo duraba un mes... ¿Por qué me olvidaste para siempre?
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Mi enemigo, mi pareja

Mi enemigo, mi pareja

Emma Levy
Ariana se esfuerza al máximo por cumplir sus obligaciones como hija de un alfa. Pero su vida se desequilibra cuando conoce a su misteriosa pareja. Él es fuerte. Es feroz. Y, de hecho, puede que sea su enemigo. Ahora se siente dividida entre el deber y el amor… ***** "Por favor, no te vayas", susurré mientras empezaba a besar su cuello una vez más. Me acarició la cabeza, pero empezó a decir las razones por las que sabía que estaba mal. "No podemos hacerlo, Tritón", me dijo. "Nos está matando y está destruyendo a nuestras familias. Imagina cómo reaccionaría la manada si nos descubrieran aquí. ¿Si descubrieran que estás en el bosque conmigo, besándonos y acariciándonos? Por mucho que te quiera y por más que seamos pareja, también somos enemigos, Tritón". "¡No!", dije, con mi cara aún enterrada en su cuello."¡No me importa lo que piensen! ¡No me importa lo que pueda pasar! Todo lo que quiero eres tú". «Mi enemigo, mi pareja», es una obra de Emma Levy, autora de eGlobal Creative Publishing.
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La Falsa Demencia de la Donna

La Falsa Demencia de la Donna

Durante tres años fui la Donna de los Valenti, una familia que no dejaba de ganar poder. Un día, Enzo se reunió en un club privado de puros. Como me preocupaban sus problemas de estómago, fui a llevarle sus antiácidos de siempre. Me quedé afuera del salón privado y escuché reír a sus hombres. —Don Enzo, ¿de verdad va a seguir escondiendo a Clara en la mansión de Lago Plateado toda la vida? —Esa heredera Moretti, la loca de la casa principal, sigue paseándose como si fuera la Donna de la familia Valenti. Enzo se masajeó el puente de la nariz. —Si no se hubiera llevado un balazo en la cabeza por salvarme ni perdido la razón, y de no haber necesitado yo con tanta urgencia el dinero de su familia, jamás me habría involucrado con una mujer ajena a esta vida. Suspiró con desprecio antes de sentenciar con frialdad: —Pero Clara es mi esposa legal. El fideicomiso familiar y el acta de matrimonio del registro civil están a su nombre. Stella no es más que un juguete que tengo guardado en la casa principal. En cuanto Clara dé a luz a un heredero, la traeré a casa para siempre. Apreté la caja de antiácidos hasta que mis nudillos palidecieron; el cartón se arrugó en mi mano. En la iglesia, él había intercambiado conmigo juramentos de sangre y anillos, pero fue Clara quien firmó los papeles en el registro civil. Me tomó por estúpida con tal de proteger la reputación de esa mujer. Apretando la caja contra mi pecho, di media vuelta y volví a perderme entre las sombras. Él no tenía ni idea de que yo había recuperado la cordura hacía tres días. Jamás se imaginaría que ya le había enviado un mensaje cifrado a mi hermano, quien dirigía un imperio empresarial desde nuestro hogar en Solaria, al otro lado del océano. Estaba harta de cargar con ese maldito título de los Valenti.
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Me Dejó el Alfa y Perdió Todo

Me Dejó el Alfa y Perdió Todo

Todos sabían que el Alfa de la manada Silver Moon amaba a su compañera más que a nada. Una vez pensé que sería la Luna más afortunada del mundo. Eso fue hasta hace seis meses, cuando la hija ilegítima de mi padre, Ivy, regresó de territorio de los renegados. Caleb la reconoció como la mujer lobo que había recibido un golpe letal para salvarlo durante una emboscada de renegados años atrás. Todo cambió después de eso. En cada cita, Ivy sufría una "recaída" justo en el momento preciso. Caleb siempre ofrecía una explicación forzada sobre cómo le debía la vida. Lo soporté innumerables veces, mintiéndome a mí misma con que era solo una deuda de gratitud. Pero en nuestra ceremonia de unión, Ivy se desplomó, derribando la torre de champaña. —Caleb... duele... mi corazón... El usualmente sereno Caleb entró en pánico y detuvo la ceremonia. Me miró con culpa. —Evelyn, la loba de Ivy resultó gravemente herida por salvarme. Ella todavía es muy frágil. Es una emergencia. Siempre has sido comprensiva, ¿puedes dejar pasar esto por ahora? —Adelante —dije con calma—. Llévala con el sanador. Caleb se quedó paralizado, luego prometió apresuradamente: —Una vez que esté estable, te compensaré con una ceremonia aún más grande —ni siquiera esperó mi respuesta antes de salir corriendo con Ivy en sus brazos. Lo vi marcharse y marqué un número que no había tocado en años. —Rey Alfa Silas, acepto el proyecto de investigación clasificado de cinco años sobre el Envenenamiento de Plata. Cuando finalmente desaparecí, Caleb se arrepintió de todo, buscando por el mundo entero algún rastro de mí.
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Lo último que el don esperaba era el divorcio.

Lo último que el don esperaba era el divorcio.

—Buenas tardes, señora. Acaba de salir del juzgado y se la ve radiante. ¿Hay algún motivo especial para esa sonrisa? —Sí. Me estoy divorciando. —¿En serio? Lo siento mucho. ¿Puedo preguntarle qué pasó? —Mi marido me engañó durante años. Se acostaba con la hermana de quien había sido su hombre de confianza. Lo hacían en todas partes: en mi estudio de arte, en mi yate, sobre mi escritorio privado, incluso sobre el piano de cola de la sala principal. El muy idiota estaba convencido de que nunca me enteraría. —No me imagino lo difícil que debe ser pasar por algo así. ¿Y ahora adónde va? —Al hospital. Tengo programado un control prenatal. En cuestión de horas, la entrevista se volvió viral. No solo por la absoluta frialdad con que aquella mujer relataba la traición de su marido, sino también por el impactante contraste entre su glamorosa imagen como esposa de la mafia y la cruel realidad que vivía. Las redes sociales no tardaron en descubrir quién era realmente la protagonista de aquel video. Yo. Elena. La donna de la familia Moretti. Tres años antes, Vincenzo Moretti —el hombre que gobernaba el bajo mundo de Boston con puño de hierro— había organizado una boda tan fastuosa que durante semanas acaparó los titulares de todo el país. En ese entonces, muchas mujeres me envidiaban. Creían que era la persona más afortunada del mundo. Pero ahora la realidad era otra. El video llevaba casi dos días en internet, mientras Vincenzo seguía refugiado en su estúpido nido de amor. Cuando finalmente se dignó a ver la grabación que sus hombres le habían reenviado, yo ya estaba lejos, en Nueva Zelanda. El mundo entero sabía que iba a dejar para siempre a Vincenzo Moretti. Todos, menos él.
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