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La Maldición Gibson: Parí 3 Lobos

La Maldición Gibson: Parí 3 Lobos

Ethan Gibson, un multimillonario, estaba decidido a romper la maldición de su familia: terminar sin heredero. Se gastó una fortuna reclutando a diez "candidatas a ser madre" y nos llevó a todas a su isla privada, la Isla Brumazul. El día que llegamos, Ethan lo anunció ahí mismo, delante de todas: —La que dé a luz a mi primer heredero será la futura señora Gibson. La codicia creció más rápido que el deseo. En apenas unos meses, varias mujeres anunciaron sus embarazos con orgullo, casi presumiendo. Pero las tiraron al mar, a ellas y a los bebés que llevaban dentro, y las dejaron como alimento para los tiburones. La razón era simple: las habían encontrado con otros hombres. Cada noche, los gritos que subían desde el muelle no me dejaban dormir. Yo estaba aterrada, porque también había tenido un solo encuentro accidental con Ethan y ahora estaba embarazada. Cuando por fin llegó el día y vi lo que había parido, todo se me fue a negro. Esas mujeres que terminaron como alimento para los tiburones, al menos, llevaban bebés humanos. Yo había parido tres cachorritos diminutos.
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Desaparecida en el fuego

Desaparecida en el fuego

En el quinto año de matrimonio, Julieta Torres se quejaba de que la vitamina C que su esposo le había comprado sabía demasiado amarga. Con el frasco en la mano, fue al hospital. El médico lo revisó y dijo: —Esto no es vitamina C. —¿Perdón, puede repetirlo? —preguntó Julieta. —Lo repita cuantas veces lo repita, es lo mismo —señaló el frasco—. Esto es mifepristona. Si la tomas en exceso no solo causa esterilidad, también daña seriamente el cuerpo. La garganta de Julieta se sintió como si algo la obstruyera, y sus manos, aferraban el frasco con fuerza. —Eso es imposible, este medicamento me lo dio mi esposo. Se llama Bruno Castro, también es médico en este hospital. La mirada del doctor hacia ella se volvió extraña, cargada de un matiz difícil de explicar. Al final, sonrió levemente. —Señorita, mejor vaya a consultar a psiquiatría. Todos aquí conocemos a la esposa del doctor Castro, y hace apenas un par de meses dio a luz a un bebé. No se haga ilusiones, muchacha, no tiene caso.
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Tres Castigos para el Alfa

Tres Castigos para el Alfa

El día que Cole, mi compañero destinado, se paró frente al altar para unirse a Kate, su amor de la infancia, yo estaba ahí, de pie entre la multitud y aplaudiendo. La manada entera asumió que yo había perdido la cabeza por culpa del despecho. Cole pensó exactamente lo mismo. Se acercó hacia mí a zancadas, atrapó mi muñeca con una fuerza brutal y me gruñó una advertencia al oído: —Este es el mayor sueño de Kate, el único deseo que ha pedido en toda su vida. Está muy frágil. Quién sabe cuánto tiempo le quede. No querrás cargar con la culpa de verla morir con este arrepentimiento, ¿verdad? Le dediqué una sonrisa para ocultar mi asco y le di un trago a mi copa de champán. —Por supuesto que no —respondí. En mi vida pasada, vi a Kate burlarse de mí en mi cara mientras se escondía en los brazos de Cole. Esa vez perdí los estribos, grité a los cuatro vientos toda mi furia y arruiné la estúpida ceremonia hasta obligar al Alfa a cancelarla. Kate no soportó la humillación pública. Salió huyendo con su típica actuación de víctima y murió en un accidente de auto. Como venganza, Cole inventó cargos de traición a mis espaldas para destruir a mi manada. La Alianza encarceló a mis padres y los condenó a morir de hambre en una celda durante diez días. Yo fui exiliada. Me convertí en una renegada y encontré mi fin acorralada y despedazada por una jauría salvaje. Fallecí con una sed de venganza que me nacía del alma. Pero en esta nueva vida, le iba a dar justo lo que se merecía. Por cada traición en mi contra, le arrancaría uno de los privilegios que mi familia le otorgó a su manada. Tres traiciones. Tres privilegios. Y al final, el gran Alfa se quedaría sin nada.
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Colegiala Pública

Colegiala Pública

—Padrino, me equivoqué, no volveré a ir al club nocturno... Mmm, ahí no me puedes tocar. A altas horas de la noche, en la entrada del club nocturno, una atractiva mujer con medias negras estaba tirada en la calle, tan borracha que dejaba a la vista su calzoncito blanco. Me puse eufórico y deslicé la mano por debajo de su falda. Para mi sorpresa, me confundió con su padrino y creyó que venía a darle una lección, por lo que se quedó tan asustada que no se atrevió a moverse. Aproveché la situación para separarle las piernas y me abalancé sobre ella con fuerza. —¡Padrino! ¿Por qué me castigas de esta manera? —gritó aterrada.
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Cuando el Don lloró por ella

Cuando el Don lloró por ella

El banquete de la coalición mafiosa había alcanzado su punto álgido. De pronto, el ambiente en el gran salón cambió y la conversación se desvió hacia el joven y reservado líder de la familia Fumagalli. —Dante, antes de que ascendieras al poder, todos los viejos Dónes de las familias más importantes se morían por poner a sus hijas en tus manos —comentó uno de los invitados—. ¿Hubo alguna que te interesara de verdad? Me quedé a medio paso detrás de él; mis nudillos se volvieron blancos por la fuerza con la que sostuve mi copa. Dante no respondió de inmediato. Su mirada me recorrió de arriba abajo con una indiferencia gélida, para luego desviarse hacia Viviana Lombardi, quien acaparaba la atención de la multitud. —A ella —declaró él, con voz firme—. Siempre la quise a ella. Viviana se giró tan rápido que el vino de su copa se derramó sobre su muñeca. —¿Y entonces por qué demonios nunca apareciste cuando te di la tarjeta de acceso a mi hotel hace años? —reprochó ella, con los ojos enrojecidos. La aparente calma en el rostro de Dante se rompió por completo y frunció el ceño, desconcertado. —¿Tarjeta de acceso? Pensé que esa tarjeta era para Enzo Ricci. —¿Cómo pudo haber sido para Enzo? —refutó Viviana, con la voz quebrada—. ¡Es mi primo hermano! Una pregunta llevó a la otra y la verdad oculta durante años salió a la luz. Un soldado le había entregado la tarjeta de acceso a la persona equivocada; por culpa de ese maldito error, ellos jamás se habían encontrado. Viviana rompió a llorar allí mismo, y una expresión de profundo arrepentimiento nubló el semblante de Dante. Entonces, alguien entre la multitud soltó una risa burlona: —¡Qué tremenda coincidencia! ¿Cómo es posible que le hayan entregado la tarjeta a otra persona? ¿O acaso todo esto ya estaba planeado desde el principio? En un parpadeo, todas las miradas de la sala se clavaron en mí. Para el resto del mundo, yo solo era la mujer que seguía a Dante a todas partes como una tonta enamorada; todos en el entorno mafioso lo sabían. Me giré para mirarlo fijamente, esperando que abriera la boca, que dijera algo, que me defendiera. Deseaba que les recordara a todos que nos habíamos casado en secreto hacía cinco años y que él había sido quien me había cortejado con insistencia en aquel entonces. Pero Dante no pronunció una sola palabra. No negó la acusación tácita de la multitud. Se mantuvo en un silencio sepulcral, mirando al frente como si la humillación que yo estaba sufriendo no fuera de su incumbencia. Con los ojos fijos en él, me quité el anillo de bodas que había llevado puesto con orgullo durante cinco años.
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Renací: esta vez no seré su prometida

Renací: esta vez no seré su prometida

Después de renacer, hice todo lo posible por evitar cualquier cruce con Sebastián Luján. Él se inscribió en la universidad más prestigiosa del país. Yo elegí irme a estudiar en el extranjero . Cuando viajó hasta Grandoria para buscarme, me fui todavía más lejos, acepté trabajos como reportera en zonas de conflicto. Años después, regresé a mi país tomada de la mano del hombre que amaba, para celebrar nuestra boda. Sebastián fue detenido en la entrada del lugar, sus ojos estaban enrojecidos, y sólo decía: —¿Por qué… por qué dejaste de amarme?
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El programa de cría humana del CEO Alfa

El programa de cría humana del CEO Alfa

El CEO multimillonario Killian Blackwood estaba buscando los genes perfectos. Ofreció una recompensa masiva por una madre sustituta. Diez mil millones de dólares por un bebé. Pero las 77 mujeres antes que yo habían desaparecido sin dejar rastro. Ahogada en deudas, no tuve otra opción. Apreté los dientes y me convertí en la número 78. Cargué a su bebé durante diez meses. Di a luz. Y no desaparecí. Pero cuando extendí la mano hacia mi bebé, lista para recibir mis diez mil millones de dólares, estallé en lágrimas de terror. Mi recién nacido no era humano. Era una camada de tres cachorros de lobo.
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Me Torturó por Su Hermana

Me Torturó por Su Hermana

La hermana mayor de mi esposo, Aurora Castro, estaba embarazada cuando se arrojó desde lo alto de un edificio. Su última llamada me la hizo a mí. La policía me pidió que contara lo que sabía, pero no dije una sola palabra. Mis suegros se arrodillaron ante mí y me rogaron que hablara; yo los miré con frialdad. Aun así, mi esposo no me pidió el divorcio. Al contrario, me trató todavía mejor que antes. Pero cuando yo también quedé embarazada, empezó mi pesadilla. Me ató a la cama y llamó a un grupo de vagabundos para que abusaran de mí por turnos. Dijo que quería que yo también supiera lo que era la desesperación.
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Mi Bastardo Inocente

Mi Bastardo Inocente

Rebeca, la amiga de toda la vida de mi prometido, resultó que estaba embarazada, por lo que, Héctor, para salvar su reputación, decidió casarse con ella. Cuando, sin poder creérmelo, le pregunté qué iba a pasar con nuestro bebé y conmigo, Héctor me respondió con una calma que me dejó aterrada: —Mira, Gabriela, Rebeca no es como tú. Ella solo me tiene a mí en el mundo. No soportaría el escándalo ni los chismes por un embarazo así. Lo que él parecía olvidar era que yo tampoco tenía a nadie más en el mundo, y que nosotros dos también esperábamos un hijo sin estar casados. Tiempo después, mientras todo el mundo se burlaba y decía que el hijo que yo esperaba era un bastardo fruto de la infidelidad... Héctor, junto a Rebecca, se limitaba a observarlo todo con una indiferencia hiriente. Fue entonces cuando comprendí que, incluso en el amor, hay niveles. Así que tristemente decidí abortar a nuestro hijo, que de por sí no era ningún bastardo, para así dejarle el camino libre a él y a su «inmenso amor» por ella.
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La gota que colmó el vaso

La gota que colmó el vaso

Mientras el Alfa Leon bailaba con su asistente en la pista, yo bebía vino con los lobos. Para evitar ofender a alguien, permití que su ser embriagado rozara mi muslo con su mano fría. Aún así, Leon nunca me dirigió la mirada. Toda su atención estaba centrada en ayudar a su asistente a apartar un mechón de cabello rebelde de su frente, preguntándole suavemente si tenía hambre. Cuando el banquete terminó, la asistente se quejó de aburrimiento, y Leon se la llevó de inmediato, dejándome atrás para la siguiente ronda de festividades. —La joven loba ha estado muy ocupada con el trabajo últimamente. Solo la llevo a relajarse. A ti no te gustan los bares, así que no nos sigas. Además, no volveré esta noche. Pospondremos la marca de mañana para otro día. Habíamos sido compañeros durante cinco años. Aunque él me dio el título de Luna, nunca me marcó. Esta era la novena vez que, Alfa Leon Gray cancelaba unilateralmente el ritual para marcarme. Así que asentí. Como él siempre estaba ocupado, tal vez esa marca era innecesaria.
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