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Romper el guion, encontrar su luz

Romper el guion, encontrar su luz

Diego, heredero Zambrano y mi prometido de conveniencia —eso que llamaban el Príncipe—, mantenía una amante. La consentía tanto que la volvió caprichosa e insufrible. Justo cuando yo comenzaba los trámites para anular el compromiso, de repente vi un torrente de comentarios flotando ante mis ojos: “¿Qué culpa tiene el Príncipe? Solo quiere que le prestes atención.” “¡Nenita, no canceles la boda! Con solo unas lágrimas, él te entregaría hasta la luna.” Giré la cabeza. Afuera, por la ventana, aquella amante, cubierta de joyas de lujo, sonreía radiante mientras se colgaba del brazo de Diego. Él, por su parte, bajó la mirada con indolencia, con una suerte de condescendencia distraída. Sonreí y respondí al mensaje de mi abogado: “Continúe redactando el acuerdo de ruptura del compromiso.”
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Me ignoró 304 veces: me divorcié

Me ignoró 304 veces: me divorcié

Le rogué a mi esposo trescientas cuatro veces que me acompañara. Finalmente aceptó venir conmigo para cumplir el último deseo de mi padre, caminar junto al mar antes de despedirse de este mundo. Pero mientras yo esperaba en la orilla, sentada junto a la silla de ruedas, la temperatura del cuerpo de mi padre se iba apagando poco a poco… y Javier nunca apareció. Ese mismo día, Renata publicó una foto en sus redes sociales. Él estaba con ella, mirando las nubes en la pradera, como si nada más existiera. —Lejos del mundo, mientras estés tú. Sin querer, le di me gusta… y enseguida él me escribió para reclamarme. —¿Cuántas veces tengo que decirte que no molestes a Renata? Si no sabes controlarte, entonces divorciémonos. No recuerdo cuántas veces había usado el divorcio para amenazarme. Solo sé que esa vez… me cansé de escucharlo. Mi padre murió sin verlo llegar. Y yo, por primera vez en ocho años de matrimonio, dejé de insistir. —Está bien —respondí—. Divorciémonos.
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De Novia a Extraña, La Suerte que Gana

De Novia a Extraña, La Suerte que Gana

Al despertar de una pesadilla fatal, Liliana se da cuenta de que la vida le ha dado una segunda oportunidad. Ha regresado exactamente al mes anterior a su boda, en el momento en que su padre, Joaquim, la presionaba para cederle su prometido, Pedro, a Renata. En la vida pasada, sufrió en silencio. En esta vida, despertó a la verdad. Ante la hipocresía de su padre, Liliana no derramó una sola lágrima. En cambio, una sonrisa gélida curvó sus labios y propuso un acuerdo impactante. —Acepto —declaró Liliana, con la voz ronca y fría, cortando su discurso de raíz—. Quiero mil millones. Además, quiero la ruptura oficial y definitiva de nuestra relación de padre e hija. Si el afecto familiar es una mercancía barata, ella prefiere cambiarlo por oro. Vendiendo un matrimonio arreglado y renegando de una familia tóxica, Liliana inicia su jornada de venganza y libertad, ya no como la hija obediente, sino como una reina multimillonaria e indomable.
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Me traicionaron en el hotel y me divorcié

Me traicionaron en el hotel y me divorcié

El hotel me llamó para recordarme de forma sutil que anoche olvidé pagar los condones que usé, y que ya habían descontado el importe de mi tarjeta de membresía. Yo estaba algo confundida; ayer trabajé horas extras hasta muy tarde, ni siquiera estuve en un hotel. Pregunté a mi esposo, el único que sabía el número de mi tarjeta, sobre qué demonios había pasado. Él me miró con cara de total desconcierto. —Cariño, esa habitación cuesta más de diez mil la noche, ¿cómo iba yo a gastar eso? Seguro que fue un error del sistema. —Habrá sido alguien que ingresó mal el número de la membresía. Mañana iré a poner una queja. Ya no perdí el tiempo hablando con él. La inversora de ese hotel es Ángela, mi mejor amiga. Le llamé directamente. —Querida, ayúdame a revisar con quién demonios se registró Víctor Soto anoche. ¡Voy a pillarlo en la infidelidad!
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Traición a la luz en la cena de Navidad

Traición a la luz en la cena de Navidad

Aquella Navidad, mi esposo estaba lejos, atrapado en un viaje de trabajo que lo mantuvo apartado de mí en una fecha que siempre imaginé distinta. Como si eso pudiera remediarlo, ordenó que me enviaran una cena navideña de un restaurante elegante, directo hasta la puerta de mi casa. Pero al abrirla, algo dentro de mí se quebró. No solo estaba llena de mariscos —justo lo único que no puedo comer—, sino que además incluía un menú infantil. El repartidor, incómodo, bajó la mirada y se disculpó. Me explicó que mi esposo había encargado dos pedidos a direcciones diferentes, y que se había confundido. Dos pedidos. Esa idea se quedó flotando en mi mente, pesada, inquietante… imposible de ignorar. Sin pensarlo demasiado, fui a la dirección que aparecía en el recibo. Y ahí, frente a mí, la verdad tomó forma. En el jardín iluminado de una enorme mansión, lo vi. Mi esposo. Sonriendo como nunca conmigo. Estaba junto a una mujer y un niño, ayudándolos a recoger dulces de un árbol de Navidad decorado con esmero. El pequeño corrió hacia él y se lanzó a sus brazos con una naturalidad que me heló la sangre. —Papá, este año quiero un parque de juegos para mi cumpleaños —dijo, con los ojos brillantes. Él rio suavemente, como si ese momento fuera lo más importante del mundo. —Claro que sí… —respondió, pellizcándole la mejilla—. Y a mamá le regalaré un juego nuevo de joyas. La mujer se recostó contra su hombro, radiante, como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido. —Amor, eres increíble con nosotros. Saqué mi teléfono, temblando, y grabé cada segundo de esa escena que ya no podía negar. Después, envié el video a mi abogado. “Necesito el divorcio lo antes posible… para que mi esposo pueda volver con su verdadera familia”.
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No hay última oportunidad

No hay última oportunidad

La noche que le declaré mi amor, mi novia no podía parar de llorar. Decía algo sobre haber visto el futuro y que necesitaba que hiciéramos un pacto. —¿Por qué? —le pregunté. Ella respondió: —No recuerdo bien, solo sé que en el futuro me arrepiento mucho. —Rafael, pase lo que pase en el futuro, ¿me prometes que me darás tres oportunidades? ¿Sí? Claro que se lo prometí. La amaba profundamente. Pero con el tiempo, ella pareció olvidar por completo aquella promesa. Hasta que la vi meterse con su asistente y entonces empecé a entenderlo. En el momento exacto en que firmé los papeles del divorcio, una voz conocida resonó en mi mente. Era la Lorena de diecinueve años. Lloraba, suplicando: —Rafael, me lo prometiste que me darías tres oportunidades. ¿Verdad?
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Me Humilló por Pobre, y Ahora Me Suplica

Me Humilló por Pobre, y Ahora Me Suplica

Mi novia, Isabel Sánchez, es la heredera de la familia más poderosa de la capital. Su fortuna supera los cien mil millones de dólares. Para ponerme a prueba, durante siete años de relación, nunca me regaló nada, nunca gastó un solo centavo en mí. Ni siquiera cuando iba a comprar parches anticonceptivos: insistía en pagar a medias. Después, mi madre se enfermó de gravedad. Les pedí dinero a todos los familiares y amigos que pude. Solo me faltaban dos mil dólares para cubrir el costo de la cirugía. Le supliqué, le rogué. Pero Isabel no me prestó ni un dólar. Tuve que pagar yo solo los gastos del funeral de mi madre. Cuando regresé a casa para recoger mis cosas, encontré por casualidad una lista de regalos que le había comprado a Marco Aguiñaga: una villa de lujo, bolsos de marcas exclusivas, trajes de gala masculinos de alta costura… También encontré los audios en el grupo con sus amigos: —Isabel, ¿es cierto que César se arrodilló para pedirte dos mil dólares? Isabel se rió con frialdad; su voz sonó despreocupada, casi divertida. —Marco tenía razón: quien se arrodilla por tan poco dinero no es más que un interesado. Apenas llevamos siete años juntos y ya está desesperado por sacarme dinero. Resultó que siete años de "prueba" no valieron más que un comentario venenoso de su vecinito de al lado. No importa. Desde el momento en que mi madre murió, ya lo había decidido: desaparecer de su vida para siempre.
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Me Echó Por Su Esposa Plagiadora

Me Echó Por Su Esposa Plagiadora

El primer día que volví a la empresa, durante la hora del almuerzo, apoyé la cabeza en el escritorio para descansar. De pronto, oí varios golpes secos sobre mi escritorio. Levanté la cabeza y vi a Flora Vargas, una diseñadora que hacía poco había empezado a aparecer por la oficina y a meterse en los asuntos del área de arquitectura. —La hora del almuerzo terminó hace cinco minutos y tú sigues aquí durmiendo como si nada. A partir de mañana, ni te molestes en volver a trabajar. Le expliqué que acababa de volver de reunirme con un cliente y que, por ese proyecto, llevaba varias noches seguidas casi sin dormir. Ella hizo una mueca de desprecio. —¿Y eso qué tiene de difícil? No es más que salir a comer con clientes, entretenerlos con tragos y luego hacer unos cuantos planos para salir del paso. Además, tú ni siquiera tienes que marcar entrada. Casi nunca te apareces por la oficina. ¿Con qué cara te atreves a dormirte en pleno horario laboral? Me dio tanta rabia que terminé soltando una carcajada de pura incredulidad. Como arquitecta principal de la empresa, yo había sacado adelante la mayoría de los proyectos. Podía decirse que, si la empresa había llegado tan lejos, gran parte del mérito era mío. Ella solo veía que yo no tenía que estar todos los días en la oficina ni marcar entrada, pero no veía que me la pasaba viajando por todo el país para buscar proyectos y reunirme con clientes. Además, como arquitecta reconocida en el sector, la mayoría de los clientes venían a colaborar con nosotros precisamente por mi reputación. Contuve el enojo y le pregunté: —Tú ni siquiera eres de Recursos Humanos. ¿Quién te crees que eres para despedirme así porque sí? Ella respondió: —Me basta con que mi esposo sea el director general de esta empresa. Me quedé helada. ¿Desde cuándo mi novio tenía esposa?
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Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Giorgo Romero, el Don de la familia Romero, cayó en una emboscada tendida por un demente suicida que llevaba explosivos atados al cuerpo. Cuando eso ocurrió, mi esposo, Fabio López, y sus hombres ya se habían marchado a un desfile de moda con su amor de la infancia, Reina Digiorno, para escoltarla y protegerla allá. En lugar de presionar el botón de señal en mi anillo, me lancé hacia Giorgo a pesar de estar a punto de dar a luz. Así, con mi propio cuerpo, lo protegí de la explosión. Sin embargo, en mi vida anterior, sí había presionado el botón. Fabio había dejado plantada a Reina para regresar corriendo a la escena y salvarle la vida a Giorgo. Gracias a ese mérito, lo ascendieron al puesto de subjefe. Pero Reina se enfureció con Fabio por abandonarla antes de tiempo y, por pura rabia, cruzó la autopista sin mirar a los lados. Así fue como la atropellaron y murió. Fabio no dijo nada… pero el día en que entré en trabajo de parto, me mandó a una casa de subastas clandestina. —¡El Don tenía a tantos soldati protegiéndolo! ¿Por qué me obligaste a volver, entonces? ¿No es porque solo querías la gloria de ser la esposa del subjefe? ¡Si no fuera por ti, Reina no habría muerto! ¡Debes sufrir mil veces lo que ella sufrió! Yo solo podía mirar cómo los invitados pujaban por mis órganos, uno por uno. Ni siquiera el cordón umbilical de mi recién nacido se salvó de la subasta. Al final, morí por una infección que se produjo mientras me arrancaban los órganos. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que emboscaron a Giorgo.
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Renacida como la Donna

Renacida como la Donna

En el primer día de mi renacimiento, entré directamente en la habitación de Don Raffaele Caruso y empecé a quitarme la ropa. En mi vida anterior, tuve un matrimonio de conveniencia con su hijo, Matteo Caruso, pero no había amor entre nosotros. Ambos éramos conocidos en el círculo mafioso de Liberty City. Matteo creía que yo era la razón por la que perdió a su primer amor. Pensaba que había entrado deliberadamente en su habitación la noche en que lo drogaron con un afrodisíaco, atrapándolo así en un matrimonio. Por lo tanto, durante ocho años después de nuestra boda, él se emborrachó cada noche y se negó a volver a casa. Incluso cuando entré en trabajo de parto obstruido y estuve al borde de la muerte, nunca preguntó por mí ni una sola vez. Entonces, llegó el huracán. Una tormenta ciclónica se tragó Liberty City. El puerto se derrumbó bajo las olas y solo quedaba un asiento restante en el barco de evacuación. Todos pensaron que Matteo se lo quedaría. En cambio, me empujó con fuerza hacia el barco. —¡Vete! Te doy mi oportunidad de vivir, Chiara. Si hay otra vida, no vuelvas a intentar salvarme. Solo quiero estar con Lucía. Al instante siguiente, su cuerpo fue arrastrado al mar tan negro como la boca del lobo. Yo sobreviví, solo para ser asesinada a machetazos por una familia rival. Lo que Matteo nunca supo fue que no fue el único drogado esa noche. Su padre también lo fue. Así que, esta vez, entré en la habitación justo cuando los efectos del afrodisíaco empezaban a surtir efecto. Raffaele se estaba obligando a soportarlo, con su control al límite. Me acerqué y le dije en voz baja: —Déjeme ser su antídoto, Don Caruso.
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