El Repartidor De Placer
Mi casera, una mujer madura, todavía estaba buenísima, y su hija todavía más, con carita inocente y unos pechotes.
Vivíamos en la misma casa. Esa noche, entre truenos y relámpagos, estaba metido en la cama. Saqué las pantaletas rosas que la hija de la casera se acababa de quitar, listo para calmar las ganas.
La hija de la casera abrió la puerta de mi cuarto en un camisón finito y se quedó mirándome. Me llevé un buen susto; pensé que me había descubierto robándole las pantaletas. Pero entonces me dijo:
—Esta noche los truenos me dan mucho miedo y mi mamá no está. ¿Puedo dormir en su cuarto?
Al verle la entrepierna marcada bajo el pantalón de la pijama, ¿qué me iban a importar las pantaletas? Levanté la cobija.
—Ven para acá.
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