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Él me engaña, yo muero en silencio

Él me engaña, yo muero en silencio

En el año en que mi novio, Nelson Castro, estaba más a la miseria, sin un peso, lo dejé. Después, se convirtió en el gran boss de la mafia y puso a trabajar a medio mundo, con sus métodos más bajos, para obligarme a casarme con él. La gente cuchicheaba que yo era su primer amor, su obsesión, la mujer que de verdad le importaba. Pero luego, se paseaba con una mujer distinta cada noche, y yo terminé siendo el hazmerreír de todos. A pesar de la humillación, nunca hice un escándalo. Me encerraba en mi cuarto, en silencio, para no interferir con sus asuntos. Una noche, fuera de sí, Nelson me besó con furia y me preguntó casi en un susurro: —¿No tienes celos? Pero en realidad... lo que él no sabía era que yo estaba enferma. Él podía comprar al mundo entero con su dinero, usar la violencia, las amenazas y lo que fuera, podía forzar este matrimonio y acostarse cada noche con las mujeres que quisiera. Pero no tenía ni idea de que a mi vida solo le quedaban siete días.
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La Mujer Detrás Del Delantal

La Mujer Detrás Del Delantal

—Señora Sterling, ¿está segura de que quiere terminar con este matrimonio de veinte años y renunciar a la custodia? —Sí. Inicie el trámite. Ya tuve suficiente —respondí con calma por teléfono mientras tallaba una mancha de grasa difícil en la isla de granito. Durante veinte años, me entregué a esta familia. Me hice cargo de las casas, de la educación de los niños y me mantuve al lado de mi esposo, apoyando su ascenso en el sindicato sin quejarme nunca. Pero mi esposo, Alexander, llevó a Chloe, su joven hermana adoptiva, a la entrevista y dijo: —Todo mi éxito se lo debo a mi hermana. Incluso mis propios hijos me menospreciaban; decían que yo era una simple ama de casa, alguien corriente. Se habían aliado con su eterna “tía”, esa mujer que parecía creerse la verdadera señora de la casa. Firmé los papeles del divorcio y me fui, dejándolos para que se convirtieran en la “familia perfecta” que tanto querían. Pero fue entonces cuando todos entraron en pánico…
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Alfa, nunca me dejes ir

Alfa, nunca me dejes ir

Todos me envidiaban. Una huérfana que se había convertido en la Luna del Alfa más poderoso del Territorio del Sur, Cain. Durante los tres años de nuestro apareamiento, él me trató como si yo fuera el centro de su mundo. Entonces Serena, su amor de la infancia, rompió el vínculo con su anterior compañero y regresó a nuestra manada. Cain comenzó a patrullar el territorio todas las noches, regresaba a casa cada vez más tarde. Ni siquiera me preguntó antes de mudar a Serena a nuestra casa de la manada. —Su excompañero la ha estado acosando. Ella y yo crecimos juntos, ¿cómo podría quedarme de brazos cruzados y dejar que alguien la amenace? Serena pasaba todo el día en lencería, recostada sobre Cain. Los dos hojeaban fotos viejas, recordando la vez que Cain se metió en una pelea porque un lobo había estado coqueteando con ella. No dije ni una palabra. Guardé silenciosamente la prueba de embarazo y le traje a Cain un tazón de “tónico calmante.” Él lo bebió sin dudarlo. Lo que no sabía era que se trataba de una poción de bruja, una que podía romper a la fuerza un vínculo entre compañeros. Haría efecto en la próxima luna llena. Cuando terminé, hice una llamada telefónica. —Alfa Ethan, estoy lista para ir al Territorio del Norte. Ven por mí.
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La boda que nunca fue mía​

La boda que nunca fue mía​

El crucero tuvo un accidente, pero solo quedaba un lugar en el bote salvavidas. Los tres sorteamos, y me tocó a mí, pero quise cederle la oportunidad de vivir a Ezequiel. Mientras forcejeábamos, su amiga de la infancia se adelantó y subió de un salto. Pensé que nuestras vidas terminarían allí, pero, inesperadamente, el equipo de rescate llegó a tiempo y nos sacó de la inmensidad del mar profundo. Después de esto, Ezequiel y yo nos casamos. Pero nunca imaginé que, el día de nuestra boda, su amiga de la infancia regresaría a aquella misma área marítima y se lanzaría al vacío. Al enterarse de su muerte, Ezequiel se llenó de un dolor inmenso y luego echó toda la culpa sobre mí. ​Me encerró en el sótano cuando estaba embarazada, haciendo mi vida peor que la muerte. El día del parto, tuve una hemorragia masiva. Él le dijo al doctor que priorizara al bebé, abandonando mi vida sin dudar. A mi única hija que quedó le puso por nombre "Ana", y el nombre de su amiga de la infancia, fue "Anabel". Al final, morí llena de resentimiento. Cuando revivía, había vuelto al día después del accidente del crucero, cuando él me pidió matrimonio. Al ver a él tomando mi mano como en la vida pasada, diciendo que estaba dispuesto a satisfacer cualquier petición mía, retiré mi mano con tranquilidad. —Ezequiel, terminemos.
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La sustituta abandonada del Don

La sustituta abandonada del Don

Descubrieron a mi prometido con mi propia hermana la misma noche de nuestra fiesta de compromiso… en una bodega privada, cruzando todos los límites. Mi apellido quedó manchado. Mi nombre, arrastrado por el suelo. Y yo… convertida en la burla de toda la mafia de Chicago. Entonces, como salido de la oscuridad, apareció Don Lorenzo Falcone. Frente a todas las familias, sin titubear, me pidió matrimonio. Con una sola jugada, limpió mi honor… y selló una alianza mucho más peligrosa. Durante cuatro años, me trató como a una reina. Intocable. Intensa. Suya. Pero había algo que él no podía darme: un heredero. Una vieja herida lo condenaba. Hasta este año. Gracias al médico de confianza de la familia… quedé embarazada. Y desde ese momento, su atención hacia mí se volvió obsesiva. Devota. Absoluta. Creí que lo tenía todo. Que ese hombre frío y poderoso era mi salvación. Mi refugio. Mi único aliado. Hasta que una noche… escuché lo que nunca debí. —Jefe, Arabella te ama. ¿Cómo pudiste hacerle esto? —dijo su mano derecha, con rabia contenida—. Manipulaste al médico… cambiaste los frascos… la convertiste en la portadora del heredero de los Moretti. ¿Todo porque Isabella no soportaba el dolor? El bebé nacerá en dos meses… ¿qué piensas hacer? Silencio. Y luego… su voz. Helada. Cruel. —Cuando nazca, Isabella se lo llevará. Es la única forma de asegurar su lugar con los Moretti. —¿Y Arabella? —Le diré que el bebé murió. Mi mundo se rompió en ese instante. —Seguirá siendo la señora Falcone —añadió, sin emoción—. Tendrá todo lo que quiera. Así que eso era yo para él. Un medio. Un cuerpo. Un sacrificio. Mi “protector”… siempre perteneció a otra. ¿Ese hijo que crecía dentro de mí, manchado por su mentira? No lo quería. ¿Y ese matrimonio construido sobre traición? Se terminó.
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Fui El Reemplazo De Mi Hermana

Fui El Reemplazo De Mi Hermana

Tras la muerte de mi hermana, firmé un contrato matrimonial por cinco años con su esposo, Horton Falcone, un hombre de la mafia. Me convertí en la madrastra de mi sobrino de cinco años, Luca. El día de mi cumpleaños, me puse el collar con la cruz de diamantes de mi difunta hermana, sin darme cuenta de lo que representaba. Durante la cena familiar, Luca se me acercó con una copa de vino tinto y me la aventó a la cara. El vino tinto escurrió por mis mejillas; su olor penetrante me ardía en los ojos y manchaba mi vestido blanco. Echó la cabeza hacia atrás para mirarme; tenía los ojos tan crueles como los de su padre. —No creas que vas a reemplazar a mi mamá nada más porque te casaste y entraste a la familia Falcone —dijo con una sonrisa maliciosa—. Tú tienes la culpa de que esté muerta. Ojalá te hubieras muerto tú. Así podría romper tu lápida en vez de celebrar este cumpleaños estúpido. ¡Cuando sea grande, voy a tirarte al Río Hudson! El recuerdo ardía tanto como el vino, y lo único que me quedaba era un sabor a desesperanza. Me quedé mirando al niño que había criado como propio durante cinco años y sentí mucho dolor. Había pensado que podía entregarme a la familia Falcone, que podría ganármelo con mi cariño. Pero ahora, ya estaba harta. Era una familia sin amor, con un niño que me veía como su enemiga. Dejé de engañarme. Era hora de dejarlo ir. Pero después de irme, ese padre arrogante y su hijo regresaron arrastrándose hacia mí como perros para suplicar mi perdón.
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El símbolo sexual que el Don nunca podrá tener

El símbolo sexual que el Don nunca podrá tener

Mi figura siempre atrae miradas adondequiera que vaya. Mis ojos, intensos y penetrantes, tienen esa extraña capacidad de desarmar a cualquiera que se cruce en mi camino. En Hollywood me consideran uno de los mayores símbolos de belleza y sensualidad. Sin embargo, después de cinco años viviendo en esta ciudad, ningún productor se ha atrevido siquiera a acercarse a mí. La razón es simple: el hombre que comparte mi cama es Don Vincenzo, el jefe más temido y despiadado de la mafia de Nueva York. Pasé siete años a su lado y, durante todo ese tiempo, me hizo creer que era especial. Después de cada encuentro, cuando por fin recuperábamos el aliento, me envolvía entre sus brazos, me besaba con devoción absoluta y me llevaba al baño para borrar con delicadeza cualquier rastro de la pasión que acabábamos de compartir. ¡Qué ingenua fui al pensar que sería la única mujer de su vida y que algún día llegaría a ser su Donna! Todo cambió la noche de mi cumpleaños número veintiocho. Después de la cena familiar, lo escuché hablar de mí y reírse con uno de sus hombres de confianza. —Chloe sirve para pasar el rato, pero mi Donna tiene que ser alguien diferente. En ese instante, arranqué de mi pecho el corazón frágil que había creído en cada una de sus promesas y decidí convertirme en lo que él, aparentemente, deseaba: una amante perfecta, una mujer interesada únicamente en su dinero. Pero, para mi sorpresa, ni siquiera eso fue suficiente para Vincenzo. Sus ojos oscuros y penetrantes se clavaron en los míos. —¿De verdad no quieres nada más de mí, además de un penthouse en Manhattan? Deslicé suavemente los brazos alrededor de su cuello y fingí sorpresa. —¿Me estás diciendo que también puedo pedirte un Ferrari?
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Detrás de las mentiras

Detrás de las mentiras

Estuve ocho años con un hombre divorciado. Nos separamos noventa y cuatro veces y nos divorciamos cinco. Una más, y sería la número cien, pero me cansé. La primera ruptura fue la noche que le entregué mi primera vez: dejó todo a medias porque su ex lo llamó para comprar pan. La quinta, cuando me abandonó embarazada en plena carretera para consolar a esa misma mujer. Tuve un accidente, perdí al bebé… y él llegó después, desarreglado, como si nada. Y aun con todo el dolor que me causó, nunca tuve el valor de dejarlo del todo. La última vez que nos divorciamos fue por otra razón absurda: su ex y su hijo participarían en un programa familiar, y para cuidar la imagen de familia feliz, volvió a divorciarse. Cuando el show terminó, me llamó para hablar de reconciliarnos. Pero esta vez dije que no… porque ya había decidido casarme con otro.
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La ira de una esposa de la mafia

La ira de una esposa de la mafia

Todos sabían que yo, Isabella Marino, era la mayor debilidad de Vince Moretti: lo único que el jefe de la mafia nunca toleraría que fuera tocado. Hace años, cuando fui secuestrada, Vince se desarmó a punta de pistola, arriesgando la muerte para recuperarme, incluso pagando toda su fortuna por mi rescate. Para mantenerme a salvo, caminó al borde del abismo, navegando el peligro a cada paso. Después de que quedé embarazada, me atendía sin descanso, apenas permitiendo que mis pies tocaran el suelo. Había rumores de que mantenía a una amante mimada afuera, una mujer a la que malcriaba sin límites. Nunca les creí. Pero entonces ella se pavoneó frente a mí. Para rogar por mi perdón, Vince se cortó su propio dedo. Al día siguiente, esa mujer me mostró en la cara los resultados de su prueba de embarazo, burlándose y diciendo: —¡Vince quería tanto un bebé conmigo que simplemente no pudo evitarlo! Ya estaba frágil. La conmoción y la rabia me llevaron a un aborto espontáneo.
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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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